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Scott Walker Scott WalkerBish Bosch

8.8 / 10

De los muchos momentos impagables que contiene “30 Century Man” (2006), ese documental que utilizó la grabación del penúltimo disco de Scott Walker, el inmenso “The Drift” (2006), como excusa para adentrarse en las zonas de sombra del crooner angloamericano, posiblemente mi favorito es uno en el que Walker obliga a su percusionista habitual (Alasdair Malloy, percusionista principal de la orquesta de la BBC) a dejarse los puños golpeando un costillar de ternera de una manera muy específica, hasta conseguir que se reproduzcan los sonidos que tiene en su cabeza. Es una secuencia corta, poco más de un minuto, pero refleja de manera muy certera la manera que tiene Walker de acercarse a la música; los rasgos, particularidades y actitudes que le han convertido en un personaje único.

Para empezar, está la cuestión de la libertad. Como muchos en esta sala sabrán ya, Walker es un tipo que siempre ha ido por libre; no tiene límites, o al menos no le atenazan los mismos límites que al resto de los mortales. Hablamos de alguien que en la década de los sesenta no tuvo empacho en abandonar a los Walker Brothers en un momento en el que era la única banda capaz de hacer sombra a los Beatles; que acto seguido prefirió enfrentar su carrera en solitario como un kamikaze visionario (“ Scott 3” y “ Scott 4”, ambos de 1969, se han convertido en dos clásicos incontestables, pero en el momento de su publicación fueron rechazados por crítica y público); y que a mediados de los setenta, cuando comprobó que plegarse a los dictados de los sellos sólo podía llevarle a producir discos entre lo discreto –en contra de lo que se suele decir, “’Til The Band Comes In” (1970) es un trabajo más que decente– y lo rematadamente malo, decidió retirarse a su casa de campo para dedicarse a la pintura. Eso sí, recuperando antes a los Walker Brothers de manera breve y estelar. Desde entonces, sólo ha publicado tres discos y un par de bandas sonoras (un formato con el que se siente sorprendentemente cómodo); tres discos completamente libres, que existen a espaldas del mundo, y que no se parecen a nada más que a sí mismos. “Bish Bosch”, el cuarto de esa breve lista, no es una excepción: a lo largo de setenta minutos largos deja caer sobre el oyente una inabarcable sucesión de ataques sónicos y de silencios ominosos, de lujosas orquestaciones y de ruidos alienígenas. Un inmenso patchwork en el que todo es inestable y puede cambiar de un segundo a otro: desde el tempo a la instrumentación, desde la manera de cantar a la propia producción de la canción. Enfrentarse a este disco, en fin, exige deshacerse de conceptos como “estructura”, “estribillo”, “arreglo” o incluso “letra”; exige desnudarse de prejuicios y abrir las orejas como un niño pequeño, maravillado ante todo lo que sucede a su alrededor. Porque, aunque la superficie de la música que graba Walker puede parecer tremendamente intelectual (algo a lo que ayudan unas letras repletas de imágenes alucinadas y de referencias crípticas), escuchar “Bish Bosch” a un volumen generoso es una experiencia que tiene mucho de físico y de emocional. Es imposible discernir el motivo por el que una pieza extravagante y laberíntica, tan enfermiza como “SDSS1416+13B (Zercon, A Flagpole Sitter)”, consigue dejarnos clavados al asiento, casi con miedo a respirar, sin tener eso claro: que se trata de música que no apela al cerebro, sino al estómago y a los intestinos.

Pero volvamos a la escena del costillar, que también es interesante porque demuestra la particular relación que nuestro hombre guarda con el sonido. Desde la publicación en 1983 de “Climate of Hunter”, el primero de sus discos “difíciles”, toda la carrera de Walker ha consistido en una lucha continua contra los límites físicos y psicológicos del sonido; contra la manera en la que se crean los sonidos y también contra la manera en la que el oyente percibe los sonidos. En ese sentido, la introducción de elementos extraños dentro de sus canciones es una estrategia que utiliza de manera constante, y que está encaminada a crear tensión y desorientación en los pobres incautos que se atreven a poner alguno de sus discos en el equipo de música. El golpeteo de la pieza de carne es un ejemplo perfecto: un sonido extrañamente familiar, pero que nadie sería capaz de localizar (salvo, tal vez, un carnicero). Y en “Bish Bosch” el catálogo de sensaciones incómodas es interminable: ¿es eso que chirría en “Tar” el ruido de dos espadas frotándose entre sí? ¿De dónde diablos salen esos crujidos que parten por la mitad el fondo de “Pilgrim”? ¿Aquello es una persona caminando sobre cristales? ¿Estamos escuchando una grapadora? ¿De verdad se ha atrevido a grabar sus propios pedos? ¿Ese ruido ominoso es el gruñido de un animal? Un trabajo de grabación y manipulación marciano y exhaustivo que, además, sólo supone un detalle dentro del cuadro completo: ahí están también todos esos instrumentos “clásicos” que Walker utiliza de manera extravagante, todas esas referencias que introduce en sus canciones para desestabilizar aún más al oyente (como en “Corps de Blah”, donde utiliza todo un repertorio de recursos habituales en el cine de terror, que incluye cuerdas arremolinadas, theremines, sintetizadores fantasmales, órganos de iglesia y drones) o para disolver fronteras entre géneros. Porque “Bish Bosch” es un disco que salta sin respiro, y muchas veces en una misma canción, de la música dodecafónica al free jazz, a la samba y a la canción de cuna; que tiene guitarras de orientación metalera, fragmentos que suenan a electrónica extrema –la brutal sección intermedia de “SDSS1416+13B (Zercon, A Flagpole Sitter)”, que recuerda a Whitehouse– y particulares interpretaciones del cut & paste. Y cosiendo todo ese babel de retales enfermizos está la voz de Walker: un instrumento más (el más grande e impresionante de todos, en realidad) que repta y se retuerce, que gobierna con mano dura todo lo que sucede en el plano de fondo. Que incrementa el nivel de toxicidad por medio de unos textos dolorosos y abrasivos.

Si han llegado hasta aquí, ya se habrán percatado de que “Bish Bosch” no es un disco para cobardes; no es una escucha agradable ni algo que uno pueda ponerse como música de fondo. Es una cornucopia repleta de emociones, de detalles meticulosos, de soluciones inesperadas, que exige paciencia y dedicación, que exige tiempo y mucha fuerza. Que puede resultar devastadora o purificadora, o las dos cosas al mismo tiempo. En otra secuencia de “30 Century Man”, cuando “The Drift” está ya terminado y masterizado, Walker exige que se lo pinchen a un volumen atronador porque “después de esta ocasión, ya nunca volveré a escucharlo más”. Es una actitud, la de escuchar el disco a volumen brutal, como si no existiera un mañana, que resulta perfecta para enfrentarse a un monstruo como “Bish Bosch”: el Apocalipsis comienza aquí.

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