Bird Brain Bird Brain

Álbumes

Claude Vonstroke Claude VonstrokeBird Brain

7.3 / 10

Claude Vonstroke  Bird Brain DIRTYBIRD

Claude Vonstroke es fan de los pájaros. No de la película de Hitchcock (que a lo mejor le gusta, nadie me malinterprete). Me refiero a esos bichos alados, plumíferos y picotudos que suelen anidar en árboles y tejados y, de vez en cuando, manchan nuestra americana arremangada con sus bombas fecales de guano verdiblanco. A lo mejor el tipejo es ornitólogo, a lo mejor un día le picó una codorniz radioactiva y desde entonces se comunica mentalmente con todas las aves del planeta Tierra, a lo mejor lo abandonaron en un maizal cuando era bebé y, cual Mowgli pajaril, fue criado por una bandada de urracas… Quién sabe. Lo cierto es que Claude tiene una fijación malsana por jilgueros, gorriones, estorninos, águilas reales, hombres halcón de Flash Gordon, colibríes, garzas e incluso las aves más maltratadas y esclavizadas por el coronel Sanders: los pollitos. Basta con echar un vistazo a la delirante portada para comprobarlo. Qué se puede decir de un hombre cuyo anterior trabajo se llama “Beware Of The Bird” (2006), tiene un sello llamado Dirtybird, se fotografía con un pollo en la cocorota y vuelve a la carga con otro disco, el que nos ocupa, con pajarraco incluido también en el título. Diablos, si el tipo fuera a comprar chopped al badulaque vestido de Caponata ni siquiera me haría el sorprendido. Ese freakismo plumífero, a priori surrealista, se entiende si uno entra en su particular corral de sonidos: Vonstroke es especial y divertido no sólo de puertas afuera, sino también de tímpanos adentro.

Así lo atestigua su segundo esfuerzo, un disco de plumaje sintético que no parece haber salido de un cascarón yanqui, sino europeo. Pero Claude Vonstroke, amigos, es de San Francisco y está cebado cual berraco bellotero: si por un momento su música evoca imágenes de chilenos desnutridos afincados en Alemania, ya podéis quitaros el cliché de la cabeza. Al tipo le pirra el alpiste house y se lo come a toneladas. Eso sí, tiene algo en su forma de entender este juego que le hace entrañable: hay un sentido del humor casi infantil en algunos de sus cortes que servidor aprecia sobremanera en momentos de necesidad hedonista. Aquí se perciben eructos, pedos, respiraciones de gordo, risas, gemidos, cabras balando, cacareos gallináceos y un espíritu travieso, en definitiva, que se echa de menos en gran parte de la facción europea. Lo suyo es house minimalista, con un punto gordo –en los bajos y en los latigazos analógicos, no en las pantorrillas– de nueva generación con sarpullidos technoides y algunas espinillas acid, pero sin ganas de tocar mucho los cojones. Vaya, que Claude nos lo pone fácil.

En esta tesitura, es en cortes como “Vocal Chords” donde se refleja con mayor nitidez el meneo pistero, la potencialidad ibicenca y la capacidad celebratoria de su discurso. Lejos de apostar por reducciones electrónicas con bacterias alienígenas y bleeps imposibles, Vonstroke prefiere bañarse en una charca de sonidos simpáticos (guturales y escatológicos en muchas ocasiones) que le dan a su producto un acabado tan anecdótico como burbujeante. En este magnífico corte se basta con un sample de voz manipulado hasta la nausea para generar una escala melódica y unos subidones que entran sin estridencias, con la facilidad con que un buen nigiri de toro se deshace en tus molares. Podríamos decir lo mismo de “Beat That Bird” –y dale con los pajarracos–, otro puntal del álbum con sonidos acuosos, base house de proporciones microscópicas y un fraseado ( “le doy al pájaro con un bate”, creo que dice) que se deforma hasta convertirse en una melodía de eructos ideal para comenzar la fiesta. Incluso en los cortes más technoides, como “Storm On Lake St. Claire” o la sensacional y narcótica “Aundy” (atención al minuto 5 con 27 segundos, porque se oye un tremebundo cuesco, presumo que de obra de nuestro hombre), Vonstroke esquiva la profundidad de Detroit sin renunciar a los chispazos sonoros de la ciudad del motor, casi como en su gran hit, allá por 2006, “Who’s Afraid Of Detroit?”. De todos modos, su rollo es el deep house chistoso y superficial, divertido a la par que bien hecho, y así lo demuestra en momentos de bastante entidad como “The Greasy Beat”, con el legendario funkyman Bootsy Collins, o “Monster Island”, atractiva progresión con tambores a lo Kunta Kinte, melodías mareantes y sample de peli de terror.

Sí, el ritmo es trotón, de marcha suave y mueca de felicidad. En ese sentido, “Bird Brain” es un LP juguetón, un dorayaki sonoro de consumo goloso. Se agradece encontrar en un álbum con poquísimas capas de sonido y actitud tan perezosa (en ningún momento sobrepasa el límite de velocidad para ciclomotor en ciudad) semejante falta de ambiciones y tan poco afán de trascendencia. Además, hay algo más en los surcos de esta pequeña maravilla que no puedo explicar, pero está ahí: “Bird Brain” es San Francisco. Así de sencillo. Sabe a San Francisco, huele a San Francisco, incluso tiene esa neblina de media tarde que recubre las cumbres de la ciudad ( “Jasper’s Baby Robot”). Las razones están más allá de mi comprensión, es algo intuitivo que los que han estado allí y escuchen el disco sabrán detectar enseguida. Seguramente, es éste un álbum que olvidaré dentro de 15 días y nunca más volveré a escuchar. No está hecho para marcar un punto de inflexión en la historia de la música de baile, no pretende cambiar la vida de nadie, pero debo admitir que su house pajaril para pajareos me ha divertido, incluso me ha hecho reír y me ha proporcionado un viaje en autobús al trabajo, justo antes de escribir esta crítica, muy placentero. Cuando ocurre algo así, lo mejor que puede hacer uno es dejarse llevar por el momento, mover tímidamente las tetillas y no decir ni pío.

Óscar Broc

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