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6.8 / 10

ONE LITTLE INDIAN

Björk conocía la fórmula secreta de la pócima para hacer vanguardia, ella era la mujer que consiguió que del hielo emanaran emociones, ha sido la guía espiritual que todos querrían ser (aunque muy poco/as se hayan atrevido a imitarla). Y sí, hay que hablar en pretérito. Tras fraguar cuatro álbumes de estudio capitales para entender cómo podían desarrollarse las múltiples conexiones entre el pop, la música culta y su hibridación con la electrónica experimental, las cosas se empezaron a torcer a partir de “Medúlla” (One Little Indian, 2004). Ahí, la islandesa dejó de satisfacer a su legión de simpatizantes y comenzó a recrearse en unos experimentos personales y algo caprichosos, sin un rumbo claro, al mismo tiempo que empezaba a mostrar síntomas de flaqueza creativa. “Volta”, de esto hace ya cuatro años, no aportó prácticamente nada a su legado (además de caer en la trampa y el recurso fácil de contratar a Timbaland, el hombre de moda por aquel entonces), aunque siempre ha quedado la inocente esperanza de que en su nueva entrega corrigiera sus errores y volviera a sacarle brillo a su batuta, esa con la que ha dictado el tempo de la modernidad pop en las últimas décadas.

Cuando llegaron las primeras noticias sobre “Biophilia” a lo largo y ancho de la red, se encendieron todas las alarmas. Todo sonaba muy ambicioso: instalaciones de arte inundadas de instrumentos de nuevo cuño, una aplicación mastodóntica para iPad e iPhone a modo de pasatiempo divulgativo, canciones cuya temática giraba alrededor de la ciencia, de la creación del cosmos y el lugar que nosotros ocupamos en el universo. Parecía querer engullir de una sola tacada un espectro multidisciplinar que sólo ella (en el caso de mostrarse inspirada) sería capaz de abarcar en nuestros días. Por esta razón, ahora más que nunca, esperábamos que Björk hubiera puesto toda la carne en el asador con tal de recuperar su trono y ese estatus de privilegio en el que su nombre sigue grabado a fuego. El conseguirlo estaba en sus propias manos.

Pero algo nos puso la mosca detrás de la oreja: a raíz de su vuelta a los escenarios, en el Manchester International Festival, pareció darse cuenta de que las nuevas canciones del proyecto “Biophilia” necesitaban una mayor musculatura en el estudio. ¿Era Björk capaz de publicar un disco del cual no se sintiera absolutamente segura? Su amiga y colaboradora histórica, Leila Arab, acudió urgentemente a su llamada para barnizar las canciones, aunque desconocemos cuál ha sido su papel definitivo (me juego un pie a que la anglo-iraní es la culpable de esos beats que sacuden el novedoso clavicordio de la destacable “Sacrifice”). Sea como fuere, aunque estos temas requirieran de unos meses extras de gestación antes de ver la luz (la hoja de ruta promocional no podía demorarse aún más, aunque se retrasara el lanzamiento del disco un par de semanas), el resultado definitivo, que es lo que cuenta, nos lleva irremediablemente a un déjà vu de resultados desiguales.

En positivo, Björk ha vuelto a demostrar que con una melodía delicada de las suyas puede seguir poniendo los pelos de punta con total eficacia. “Virus” (tema basado en los acordes de un nuevo instrumento, el ‘gameleste’, híbrido entre un gamelan y una celesta) es su nueva “Cocoon”: una canción minimalista, sinuosa, en la que se explica una aterradora y destructiva historia de amor. En el lado opuesto está “Mutual Core”, un corte con beat pasado de vueltas en la línea de “Pluto” o la menospreciada “Declare Independence”, en el que meten mano Matthew Herbert y 16bit y que se erige en una de las grandes sorpresas del álbum, pese a terminar en ese preciso momento en el que las placas tectónicas de las que trata la pieza se deforman en una orgía industrial. Puestos a encontrar puntos a favor, también hay que destacar que haya cambios en el coro de “Crystalline” en comparación con la versión primigenia del single (ahora es Björk la que replica al son del gameleste, y no al revés), así como el empleo de la hipnótica bobina de tesla en ese gaseoso himno eclesiástico de coros islandeses (que recuerda a la columna estructural de “Vespertine”) titulado “Thunderbolt”.

Más allá de esto, acaba apareciendo un inevitable atisbo de tedio que acaba por dominar el resto del álbum. “Dark Matter” es un tema que colaría como hipotético descarte de “Drawing Restraint 9”, “Hollow” suena a melodía ancestral (con una arritmia metida con calzador por el antes mencionado Herbert) más propia de un film de terror o ballet de Stravinski, “Cosmogony” es un single que ya conocíamos, pero ahora deslucido después de haber extirpado los metales originales, “Moon” tiene un inicio inspirado en los ciclos lunares, pero se queda en poca cosa incluso contando con las programaciones de El Guincho y la maestría al arpa de Zeena Parkins, y “Solstice” es un punto final que gana enteros en los directos con la gigantesca arpa gravitatoria, pero que comparada con su glorioso currículum deja una sensación un poco fría.

Así es “Biophilia”, un trabajo que no sabemos si nació primero como una aplicación de iPad o como un disco pensado como tal, pero que en cualquier caso no responde a su ambición incial, la de renovar las maneras de hacer y consumir música en la década en curso. A pesar de esconder algunas joyas (que no brillan con la solera de las de antaño), el álbum acaba desinflándose irremediablemente. Björk sigue dominando el apartado teórico y fetichista, rodeándose de gadgets divertidos y curiosos, diseñando instrumentos originales y reconstruyendo, de paso, los límites musicales de lo multimedia. Pero lo que también tuvo en “Homogenic”, “Post” y “Debut”, las canciones que marcaban una época, se acaba echando de menos. Su núcleo duro de fans seguirá anhelando ese día en que se les vuelva a erizar el vello con sinfonías pop sin necesidad de recurrir a teorías que parecen recortadas de un viejo número de la revista Wired.

Sergio del Amo

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