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Crisopa CrisopaBiodance

7.6 / 10

Antes de “Biodance”, Crisopa ya había editado un puñado de EPs –lo de puñado es un decir, pues es absolutamente imposible cogerlos con la mano, cerrarla y hacer puño, pues eran todos EPs digitales, distribuidos vía descarga directa por esforzados netlabels, pero ustedes ya comprenden lo que se quiere decir–, y en esos EPs estaban plenamente formados los rasgos distintivos de su sonido: la alternancia entre fases de profundo ambient reflexivo y agitación de ritmos, el doble lenguaje de la IDM quebrada –de la escuela M3rck o Skam– y de las bandas sonoras para cine, que es de donde Crisopa viene y a través de las cuales ha sabido integrar sus estudios de música clásica en su electrónica alborotada. “Biodance”, por tanto, era el paso siguiente: llevar todo eso, que permanecía semi-oculto en el underground del underground –la escena netlabel a veces nos parece como una segunda división supeditada a la edición en formato físico, a pesar de que hay artistas que consiguen el ascenso y se codean con la elite e incluso llegan a ganar trofeos continentales, como es lógico– y enseñar sus artes en un sello de primer nivel. Premio merecido, por tanto, que n5md, una de las marcas más longevas, puras y dedicadas a la IDM que hay en Estados Unidos, le haya reclamado este álbum, que es pura ambrosía.

Crisopa, para quien no le conozca: madrileño, de nombre verdadero Santiago Lizón, en activo desde 2005, un músico con un directo polícromo y una intuición muy viva para las melodías, fascinado con la vertiente más pastoral de la IDM, aunque nunca le hace ascos a sacarse un beat casi techno de la manga y colocarlo ahí, como si fuera la cereza del pastel. Pese a ser un artista para minorías emocionadas –es decir, de culto, con mucho proselitista que cantaba sus virtudes con pasión para quien las quisiera escuchar, y haría mal ese quién en no escucharlas–, posiblemente haya sido el mayor secreto a voces de la escena netlabel española. Sus aportaciones a Plataforma-LTW (el inicial “Bisagra EP”), Escala, Miga y Pwlow.es, a quienes ha entregado EPs enteros o temas sueltos, desarrollan una narrativa de esfuerzo y fe que ha acabado desembocando en un álbum que, más allá de su calidad –que es mucha–, se observa como un premio, como un merecimiento justo tras mucho tiempo labrando una música hecha con amor.

“Biodance” no es un álbum ‘único’, en el sentido de que abre puertas y desbroza caminos –aunque sí es único para Lizón, y se nota que se ha volcado en él en cuerpo y alma–, pero sin duda es una escucha agradable (hasta que se corta “North Left”, en remezcla de Kit De Crein, de manera completamente abrupta y sin avisar, como si sucediera una interrupción de la corriente eléctrica), adornada con cuerdas y sintes extendidos como alfombras persas. Es ese tipo de disco que cumple con las necesidades del fan incondicional de la IDM –pongamos, la persona que se compra discos de Kettel, Boards Of Canada y los primeros de Apparat–: abanicos sonoros adornados de estrellas y vientos suaves, crepitaciones como de fuego avivado, voces suntuosas –la “Intro” suena como Manual remezclado a Sigur Rós, por ejemplo–, y los inevitables sube-y-baja de intensidad, en lo que se notan las diferentes influencias que acaban de darle forma a “Biodance” como algo más que un álbum de IDM hecho, como si fuera una estantería de Ikea, siguiendo al pie de la letra el manual de instrucciones.

En “Cosmos Wall-Clock” asoman ciertos rasgos estéticos del post-rock (sobre todo para diseñar el crescendo final; ocurre algo parecido en “Que Nos Ataquen”, con piano y orquestación a lo Mogwai), y “Todo Es Mental” adapta a los códigos de la música digital los algodones del shoegaze, en una línea muy parecida a las mejores referencias del sello Morr Music de hace diez años. A partir de esos rasgos –y algún patrón post-dubstep, como la vagamente burialesca “Gaviot”, con sus voces andróginas y todo, o incluso en una línea más agitada en “Biodance With Me”, que suena como un reprise extendido–, Lizón va dándole forma a un álbum que más se comprende y más gusta cuantas más oportunidades se le dan. “Biodance”, de hecho, no permite una escucha apresurada: es como una tela de araña, que necesita tiempo para formarse y acabar atrapando a su presa. De hecho, él ha tardado casi siete años en dar el salto del EP digital al álbum monolítico –y oportunidades de haberlo hecho antes, aunque fuera regalándolo, seguro que ha tenido–. Aquí se advierte la paciencia con la que se ha ido haciendo esta música, el afán meticuloso de su autor, que no parece dejar nada al azar. Y una vez consumido todo el dulce –las campanillas, los suspiros, los pianos–, debajo queda un sólido lecho de roca rítmica, un eficiente trabajo de armonía que suena como la banda sonora de un futuro caótico –el que se nos viene encima– pero con esperanza. Incluso en tiempos duros, Crisopa no renuncia a soñar, y eso es algo que le hace mejor.

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