Beyoncé Beyoncé

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7.9 / 10

Las circunstancias personales en las que ha aparecido el quinto álbum de Beyoncé son las siguientes: instalada cómodamente en la cima de la fama mundial como la superestrella del pop por excelencia en este siglo, cómodamente casada con Jay Z –hasta el punto de que el apellido Knowles ha desaparecido por completo y se refiere a sí misma como Mrs. Carter, título por cierto de su inminente gira mundial–, feliz madre y en persecución de un sueño que queda resumido en la intro de “Pretty Hurts”: “my aspiration in life is to be happy”. “Beyoncé” es, por lo tanto, un retrato a pelo de la misma Beyoncé: un disco que bascula entre la euforia contenida, el lujo y esos manuales de autoayuda que tanto triunfan entre el pijerío y los nuevos ricos, que incitan al autoconocimiento y la aceptación personal como medios de progreso hacia ese nirvana que ella lleva habitando desde hace un largo tiempo, cuando puso su vida en orden. Las fans de Beyoncé son muy distintas a las de Katy Perry o Lady Gaga, por poner dos ejemplos que juegan en la misma liga: su actitud es positiva, constructiva, trabajadora, su ejemplo moral es casi siempre irreprochable. Y todo esto se transmite en “Beyoncé”: primer punto a favor.

Las circunstancias artísticas en las que aparece el disco son algo más complejas. Para preparar este concepto titánico –14 canciones, 17 vídeos, descrito como ‘álbum visual’, y del que necesitaremos la versión física completa para comprender cuál es su verdadero alcance creativo– no queremos ni imaginar la cantidad de contratos con cláusulas de silencio que se debieron firmar: aquí participan desde Drake a Hype Williams (el director de vídeos, no el dúo fumeta), y de Frank Ocean a Jonas Akerlund. La inversión en talento y stardom ha sido mastodóntica, irá acompañada de una gira mundial con visos faraónicos y, a pesar de todo el esfuerzo que ha rodeado a “Beyoncé”, que consiguió aparecer en iTunes en secreto el pasado 13 de diciembre, viernes, y no precisamente un día nefasto, ha surtido efecto: la sorpresa nos la llevamos todos, y de la atención dormida hacia Beyoncé se ha pasado de repente a una renovación de la admiración por la diva. Porque aunque “Beyoncé” no contiene ningún hit estratosférico del calado de “Crazy in Love”, “Single Ladies” o, en lo que respecta a las baladas, un “Halo”, sí es un trabajo que mantiene el tipo de principio a fin, sin que se aprecien fisuras notables. Con “4” se produjo una división de opiniones entre quienes se aburrían con el giro hacia lo lento del repertorio de Beyoncé –un mal disco para salir de gira, pero un buen disco para escuchar en un dormitorio– y quienes la veían como la nueva Tina Turner. Difícilmente habrá disenso con el quinto.

La acumulación de firmas es abultada, pero todo al servicio de una estrella que lo tiene todo: voz, carisma, juventud (¡por dios, sólo tiene 32 años!) y dotes de líder. Cada una de las 14 canciones parece pensada para satisfacer las necesidades de Beyoncé y potenciar sus virtudes: cada letra está escrita para adornar su aura de mujer emprendedora, cosmopolita, inquieta y en contacto con las últimas corrientes. Y si lo último en música negra es un regreso a los sintes –gracias, R&B alternativo–, los beats importados desde Europa –el garage de “Haunted”, con producción de un nombre misterioso, BOOTS–, leves detalles dance con bases deep house y la autoconfianza emocional promulgada por Drake, sin miedo a mostrar todas las debilidades, todo eso está en el trabajo desplegado por figuras que ayudan a elevar el listón de “Beyoncé”: Sia escribe “Pretty Hurts”, Caroline Polachek se marca notas y letras en parte del baladón indie-friendly “No Angel”, Justin Timberlake y Timbaland le sacan lustre a “Blow” y “Partition”, el marido Shawn Carter mete cucharada y trae a golpe de talonario y palmadita de amiguete en la espalda a Drake ( “Mine”, que la escribe como Majid Jordan), Frank Ocean (featuring en “Superpower”), Hit-Boy y The-Dream. Al final de todo, incluso aparece sampleada la voz de su hija, Blue Ivy ( “Blue”), al más puro estilo Will Smith. Y en ningún momento se percibe un exceso de baba, azúcar o ego: es un equipo bien coordinado, que juega fácil, que saca buena parte de su talento.

Como decía, no hay un hit inmediato –algo que podría haber ayudado a la estrategia de difusión, sin pre-calentamiento de singles, para que el disco se apreciara como un todo completo, al momento y sin establecer una jerarquía–, y eso funciona como virtud antes que como defecto. Y fruto de ese buen rollo –en lo artístico y lo personal– tenemos el disco que se le esperaba a Beyoncé como reina del lujo y el glamour: uno donde los temas estrella son el yo y el sexo, una lección moral de superación y triunfo y una exposición hedonista de ese mismo triunfo reflejado en un contenido tórrido que anima a disfrutar de lo que se tiene y a darle alegría al cuerpo, que el cuerpo está para darle alegría y cosa buena. Cuando todos esperábamos para 2013 el disco de Solange, al final ha sido Beyoncé la que se ha llevado el gato al agua. Y muy bien llevado: aquí hay mucha tela que cortar, “Beyoncé” no se acaba, exige escuchar repetidas y todas son satisfactorias.

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