Before We Say Goodbye Before We Say Goodbye

Álbumes

Donnacha Costello Donnacha CostelloBefore We Say Goodbye

7.5 / 10

Donnacha Costello Before We Say Goodbye POKER FLAT / DECODER

En cierto momento de su carrera, allá por 2005, Donnacha Costello tuvo la oportunidad de ser verdaderamente popular en el circuito techno. Y no un personaje de la gama media, sino un primer espada capaz de esgrimir sus argumentos contra las vedettes del circuito, los Hawtin, Magda y compañía. Demonios, si hasta se dejó flequillo rubio. Si no había sido más relevante el irlandés hasta aquel entonces era porque su auténtica semántica sonora no era la del hedonismo, sino la de la introspección y la exploración de los sentimientos por medio del ritmo; él estaba destinado a ser figura de culto y de minorías gracias a su dominio sincero y sin alardes de las técnicas del techno clásico y el ídem inteligente británico: sus vinilos estaban envueltos en ambient, salpicados de progresiones efusivas, de melodías robóticas y algo atempanadas, y en cierto momento, quizá porque fichó por el sello Force Inc. durante un breve lapso de tiempo –el de “Growing Up In Public” (2000) y la réplica ambiental en la marca madre, Mille Plateaux, en el entristecido y majestuoso “Together Is The New Alone” (2001)– hasta anduvo en órbita de aquella vanguardia europea de los clicks’n’cuts. El minimalismo le seducía, tanto que bautizó a su propio sello como Minimise. Y trabajó bien, con corazón, y su fama, merecidamente, creció, tanto que desde esa posición quiso atacar otras cotas.

Hoy ya podemos decir, con cinco años de perspectiva, que el intento de Costello se vio lamentablemente frustrado. Él estaba fascinado por el híbrido digital-analógico del minimal techno frío de la época, el de los Troy Pierce y Adam Beyer de turno –¿por dónde andan?; parecen borrados del presente–, pero no se puede hablar de fracaso porque, aunque errado en sus objetivos, su música y su pasión por ella siempre le ha mantenido a flote. Costello, durante la breve correspondencia epistolar que mantuvo con el abajo firmante en aquellos días, confesaba que no quería pasar a la breve historia de la música electrónica como un nostálgico revivalista. La obra que le había encumbrado como un creador singular y entrañable fueron los diez vinilos de su “Colorseries”, una recreación del sonido bleep, techno-dub e intelligent techno con máquinas antiguas y sensaciones eternas, como las que en su día marcaron a fuego Orbital o LFO. Pero él no quería ser ese joven que pensaba como los viejos. Quería ser contemporáneo de los suyos, vivir su tiempo y no recrear el antiguo. No era revival, pero se sentía así. Su desazón era comprensible.

Pero “Before We Say Goodbye” es la escenificación de una marcha atrás: aquí Donnacha vuelve al estilo antiguo, a sus bien perfiladas artes de demiurgo de la vieja escuela, y conociendo lo que ha pasado por su cabeza es posible entenderlo como una humillación maquillada como retirada a tiempo. Pero una retirada a tiempo no siempre es de cobardes: muchas veces es una victoria –aunque pírrica–, y a Costello no hay que darlo por corrido ni con los colores subidos a la cara. Esto era lo mejor que podía hacer, porque el techno que sonaba como M_nus, o como Mobilee o Vakant, no era lo suyo –y ha resultado ser caduco, como la hoja de árbol en invierno–. Tampoco se había dado todavía el refresco de marcas como Delsin o Rush Hour, que le habrían ayudado a evolucionar naturalmente por su buen camino. Lo hecho, hecho está, de todos modos; lo importante es que Costello ha vuelto. Algunos de los últimos maxis publicados en Minimise y Look Long – The Only Way To Win Is Not To Play The Game, It Simply Is, etc.– ya anunciaban este álbum: eran vinilos de corazón y no de cerebro, de techno de otra época hecho con artes eternas.

Y aunque el fichaje por Poker Flat pudiera ser un hándicap de moderneo y deep house de diseño para el irlandés, al final ha recibido toda la libertad para hacer lo suyo. Aquí hay mucha nota de piano que martillea al compás de cuerdas sintéticas ( “Leaving Berlin”, “A Warm Embrace”), próximo en estética a lo que a Aril Brikha le sale tan bien. Hay, por supuesto, ejercicios clásicos de tech-house con más o menos nervio, según el momento ( “Stretching Time”, “No-One Is Watching”, “It’s What We Do”), pero sobre todo es el reencuentro fugaz con el Donnacha Costello que evolucionó de este sonido –algo parecido es lo que hacía antañazo, cuando aún era un artista en el sello dublinés D1 Recordings– al más inglés y norteño, el más bleep, como en “Roll It Out” –suena a epílogo de su serie de los colores– o el más ciberdélico y orbitaliano “Last Train Home”. Y, cómo no, hay ambient recogido, apasionado, dulce como una caricia, el que siempre azucarado le sale sin esfuerzo ( “With Me Still”, un “The Tug” casi cósmico). Mirando hacia atrás sin ira, Costello ha reseguido sus pasos, se ha reencontrado en medio del camino y ha completado, quién sabe si a su pesar pero muy al gusto de sus verdaderos fans, un disco de presencia clásica y latidos verdaderos.

Javier Blánquez

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