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Busdriver BusdriverBeaus$Eros

7.1 / 10

Quienes hayan seguido de cerca la carrera musical de Busdriver en la pasada década saben que su rap es salvaje, indómito, apabullante. Y sí, a ratos roza lo insoportable. No en vano, Regan John Farquhar afiló sus colmillos en los 90 en el colectivo Project Blowed, que con crews como Freestyle Fellowship o Abstract Rude renovó el rap con un concepto de improvisación vocal muy parecido al del jazz –llegando incluso a la vertiente free– y unas bases que tan pronto eran tocadas por músicos de sesión como se aventuraban en sonidos electrónicos entonces poco habituales en el hip hop. Buena parte de lo que se coció en el avant-rap de la década pasada –estilo al que, maliciosamente, se le llegó a llamar por aquí rap-gafapasta – proviene de las jams que dicho colectivo auspiciaba en el Good Life Café angelino y que todavía hoy da frutos suculentos: escuchen el LP que sacó Open Mike Eagle el año pasado. Busdriver es producto de aquella época: un repaso rápido a su discografía la permite resumir en dos constantes: un flow en el que tritura las palabras con la rapidez y la voracidad de un critter y una paleta de estilos interminable de la que, curiosamente, su pieza más reconocida es “ Imaginary Places”, donde rapea sobre el último movimiento de la Suite Orquestal Número 2 en Si Menor de Bach, compitiendo con una flauta que sopla que se las pela: rap barroco en semicorcheas a tempo Allegro molto vivace, toma virtuosismo.

Por eso, sorprende que a este John Zorn de las palabras se le ocurra aparcar su flow endiablado y grabar un disco de pop. Bueno, free-pop, avant-pop o simplemente pop raro. Con ello quiero decir que Busdriver se dedica más a cantar que a rapear en este disco. Y sale airoso de ello: con una voz que es un híbrido desgañitado de Peter Gabriel, John Lydon y Horace Andy. Una de las cosas que más llama la atención de “Beaus$eros” es la producción, a cargo del belga Loden, compacta y sin fisuras: mientras que sus anteriores álbumes –salvo, quizás, el proyecto “The Weather”, junto a Daedelus y al MC vasco-americano Radioinactive– eran operetas que mezclaban diferentes estilos sin ton ni son, con él berreando encima, aquí se puede hablar de un mismo sonido, de principio a final ¿Y cómo suena? Pues entre el “Hello Mom!” de Modeselektor y el “Hello Nasty” de los Beastie Boys: hip hop electrónico con apretones típicamente raver.

Añádanle un gusto por el sonido del synth-pop y las melodías new wave, así como unas estructuras complejas, que alternan el gusto por lo épico con pasajes ambientales: no es difícil imaginarse a un fan de Rush o de los Cardiacs hincándole el diente. El tema “Bon Bon Fire” es una buena muestra de ello: una intro IDM, un estribillo con coros femeninos muy juguetones, una base funky con bajo reventón, cánticos redneck un tanto horteras, riffs y subidones rave, un puente muy beastie, un momento de psicodelia vocal a lo Panda Bear, crescendo, explosión y vuelta al estribillo. Claro, no todo es así: temas como “Kiss Me Back To Life” son casi, casi, pop convencional, si le quitáramos los detalles barrocos y el derroche de intensidad: a veces canta con las vísceras en la boca. Sin duda el exceso marca este álbum: a veces lo eleva y otras lo lastra, pero eso es parte de su identidad musical: tan solo se puede canalizar, si no pierde la gracia. Más liviana pero no menos rara es “Feelings”, una especie de R&B con aires chinescos y voces a lo Sa-Ra pero pasadísimas de vueltas, o el rap clásico y vacilón de “Here’s To Us”, que empieza con una frase que debería aprenderse en todas las escuelas de diplomacia: “You’ve got the face of an impaled vagina”, dice. Hay también momentos innecesarios: invitar a Sierra Casady de CocoRosie para que repita, en francés, “blue électrique” es hipsteridad porque sí. Con todo, éste es un álbum en el que descubres algo nuevo a cada escucha y un paso adelante muy valiente en su carrera. Queremos más y mejor.

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