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Álbumes

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7.8 / 10

Beak  Beak INVADA

Y se hizo la luz en Bristol. Un momento: ¿dije luz? Perdón: era una manera de hablar. Una exageración. Porque, incluso dando por sentado que la luz se haya hecho en el sentido más creativo del término, esto es más oscuro que las intenciones de los personajes de Skins o la pelusilla labial de la Pantoja. Un oscuro de noche cerrada y habitación tapiada. Un oscuro de bunker nuclear en el que Geoff Barrow ( Portishead) Billy Fuller ( Fuzz Against Junk) y Matt Williams ( Team Brick) parecen sentirse pero que muy a gusto.

Viendo los nombres de los implicados se corre el riesgo de pensar en un triángulo desigual en el que Fuller y Williams ejercen de escuderos de Barrow superstar. Es más: la presencia del británico parece la excusa ideal para ponerse a parlotear de Portishead, buscar paralelismos y semejanzas entre Beak> y “Third” y reducir este nuevo proyecto a la categoría de estreno de segunda, pero no. Nada de eso. Ni siquiera las supuestas declaraciones de Beth Gibbons –“oh, pensaba que sería mejor que esto”, parece ser que le dijo a Barrow– consiguen eclipsar la autonomía e independencia de un álbum profundamente radical en su concepción –solo primeras tomas, nada de correcciones ni overdubs, canciones prácticamente compuestas sobre la marcha– y mutante y turbador en el acabado.

Un detalle antes de zanjar definitivamente el expediente Portishead: mientras los autores de “Dummy” tardaron once años en tener listo su tercer trabajo, el estreno homónimo de Beak> se gestó en apenas doce días de estudio. Quizá por eso da la sensación de estar ante un disco en bruto y sin pulir; un álbum sin voces insinuantes ni melodías a las que agarrarse cuando llegan curvas pero con una extensísima colección de zumbidos, ritmos dislocados y líneas melódicos partidas por la mitad. Un disco profundo y complejo, con un algo de rareza apetecible, que suena a mil y una cosas y, sin embargo, se presenta lo suficientemente desfigurado como para poder presumir de personalidad aventurera.

Aún así, no estamos ante un álbum rabiosamente experimental, ya que entre esos bajos que rebotan haciendo boing, los ritmos como de latido cardiaco y las voces espectrales, se intuye la musculosa silueta del krautrock más clásico – “Pil”– y la hormigonera ralentizada del post-metal – “Ham Green”–. Y si le añadimos a la mezcla un poco de Can y Neu!, otra pizca de new wave funeraria, unos cuantos ritmos fibrosos y trotones, alguna que otra sacudida de ruido demencial – “Barrow Gurney”– e incluso un remanso de paz oceánica – “The Cornubia”–, lo que tenemos es un retrato más o menos fiel de lo que debe sonar en las cabezas de Barrow y sus secuaces cuando se ponen a pensar en música pura y libre de contaminación exterior. Hubiese quedado mejor que esto último hiciese referencia únicamente a Barrow, lo sé, pero qué le vamos a hacer: si presumen de formación democrática en la que cada una de las partes tiene el mismo peso, habrá que tratarles como tal.

Luis Izquierdo

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