Beacons Of Ancestorship Beacons Of Ancestorship

Álbumes

Tortoise TortoiseBeacons Of Ancestorship

7.4 / 10

Tortoise  Beacons Of Ancestorship THRILL JOCKEY / POPSTOCK!

En una época en la que grupos como Animal Collective han tomado el testigo del rock que se abre camino hacia el futuro, el nombre Tortoise podría ser tan sólo un trasto viejo e inútil que ya nadie quiere. Cuando empezaron a llamar la atención, allá por 1994, eran necesarios: Tortoise simbolizaban la superioridad del intelecto sobre el músculo, de la experimentación sobre la rabia. Estaba en su apogeo el grunge, Kurt Cobain estaba a punto de volarse los sesos, el grupo más conocido de su Chicago eran aquellos primeros Smashing Pumpkins en los que Billy Corgan todavía no era un pequeño Hitler calvo y sin bigote, y como referencias de música en estudio sólo había un Steve Albini que se escondía en su torre de marfil y un Jim O’Rourke que no dejaba de ser una figura de culto como productor y cuya recompensa, pequeña, venía sobre todo de las buenas críticas que recibían sus discos en el grupo Gastr Del Sol. Y entonces salen Tortoise, con John McEntire fusionando rock de laboratorio y tecnología orgánica en sus Soma Electronic Studios, y la música underground cambió una vez más de forma.

En ese sentido, a Tortoise les pertenecen los noventa: con ellos llegó el post-rock –o sea, el escándalo; costó muchos años que los indies aceptaran tanta carga experimental, tanto desprecio hacia la voz y el formato de canción–, y se coronaron como un grupo de referencia, no ya internacional, sino histórica, con el legendario “Millions Now Living Will Never Die” (Thrill Jockey, 1996). A partir de ahí, Tortoise sufrieron cambios, entraron y salieron músicos –fue decisivo el intercambio de David Pajo por Jeff Parker, que fue como desprenderse del peso slowcore que cargaba el ex bajista de Slint para sumar la carga free-jazz del guitarrista de Isotope 217. Fue en “TNT” (Thrill Jockey, 1998) cuando Tortoise empezaron a enfangarse en un sonido más pesado, más culto, menos libre que antes pese a la creciente influencia de las armonías del jazz. La liquidez de la estructura tenía que ver más con la liquidez de la improvisación con instrumentos que de la maleabilidad del sonido electrónico en un estudio –había influencias claras del dub y la técnica de los DJs en los dos primeros discos–, y poco ha cambiado desde “Standards” (2001) en adelante.

“Beacons Of Ancestorship” es un reencuentro agridulce. Son los Tortoise de siempre en un momento en el que Tortoise ya no son indispensables. Su contribución al momento revolucionario del post-rock ya pasó, los laboratorios de experimentación en los que colisionan el modelo rompedor y el conocido ahora están más en la escena psicodélica, en los diferentes pabellones “Merrywheather” que las jóvenes bandas intentan construirse. Así que un regreso de Tortoise –y que conste que han tardado en volver, tanto que casi nos olvidamos de ellos: el feo y muy progresivo “It’s all around you” es nada menos que de 2004– implica la doble sensación de curiosidad por saber qué han hecho y el desinterés de quien sospecha que, hagan lo que hagan, ya no va a cambiar nada. He de confesar que así me he sentido al atacar la primera escucha de este retorno. Y sí, son los Tortoise últimos, los que suplen con buen oficio la escasez de ideas nuevas.

Descontando gestos de autoafirmación como “Yinxianghechengqi” –que viene a decir que los orígenes de Tortoise están en las bandas hardcore de los ochenta–, el comienzo de raíces –aparentemente africanas y caribeñas– de “Gigantes” y los muchos toques jazz que van apareciendo en los momentos más insospechados, lo mejor que tiene que aportar “Beacons Of Ancestorship” a estas alturas es la dedicación con la que Tortoise acuden a sus fuentes en el rock progresivo, una rama que sus detractores siempre señalaron con dedo acusador –“¡en el fondo son unos sinfónicos!”– pero que es un eje fundamental para comprender sus méritos en el pasado. Es este un disco de gran carga progresiva –arreglos pesados, con complicaciones artificiosas para dar una impresión de empaque innecesaria–, y en el que también abundan las texturas de viejos y aparatosos sintetizadores analógicos. No llega a ser el disco cósmico de Tortoise, pero podría haberlo sido: que me aspen si lo que suena en “De Chelly”, tan vibrante, tan solemne, tan aparatosa, no es un arpa láser, ese instrumento inventado por Bernard Szajner y que popularizara en sus conciertos megalómanos Jean Michel Jarre. Ésta podría haber sido su rentrée en el circuito gafapasta, explotando los cachivaches sintéticos y olvidándose de la batería y el bajo de otra época, pero con un disco así de indeciso se quedarán, una vez más, en su pequeña parcela. Lo han hecho bien, siempre lo hacen, pero lo han vuelto a hacer torpe. Las cosas van por otro lado, deberían saberlo a estas alturas.

Juan Pablo Forner

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