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Björk BjörkBastards

7.2 / 10

El otro día alguien me dijo: “Mónica, Omar Souleyman es una puta mierda”. ¡Jamás! Es complicado, pero no es una mierda. He encontrado mi última coartada para este argumento dándole por casualidad al play al último disco de remixes de Björk. Yo a la islandesa no le hago ni caso nunca; sé que goza de tal exposición que me la acabaré comiendo. Y me gustará algo. Ni el remix del sirio para “Crystaline” ni el resto de los 12 temas que contiene el álbum son nuevos. “Bastards” es la selección –más por criterios de narrativa y cohesión que por razones de calidad– entre el material publicado en la serie de ocho EPs de remixes que inició hace algunos meses. No nos engañemos, ni criterio de selección ni hostias. Ella quería coger los que le saliera de ahí, pero ¿qué les dices a los que se quedan fuera de la selección? La cuestión, que la tía ha tirado por su monte de esnob y le ha quedado una cosa la mar de Björk: bizarreo de señora culta y vivida oriunda de una de las naciones más raras del planeta.

A veces satura –a mí que Matthew Herbert aparezca tres veces me rechina–, pero hay que reconocerle a la islandesa que, esa animadversión que tiene por lo normal, acaba dando frutos exóticos y sabrosos. “Bastards” es una chirimoya dulzona y jugosa que acumula la glucosa, sobre todo, en las aportaciones dobles de Death Grips y Omar Souleyman. Como ya hemos dicho, el remix del sirio para “Crystaline” es espectacular; la melodía de la original crece sobremanera con la aportación de esas dulzainas MIDI. El resultado en “Thunderbolt” no es tan sublime pero destaca sobre el conjunto. Como también destaca de manera colosal lo que Death Grips han hecho con “Sacrifice” y “Thunderbolt”. Obviamente, la mierda que facturan los autores de “No Love Deep Web” es la clase de discurso que Björk amaría hacer si tuviera 20 años menos. No sorprende que ese brebaje de hardcore y beats pueda adaptarse a los virulentos giros de la voz de la “medio lapona” y catalizarlos. Brillante es también lo que ha hecho 16-Bit. Su rehecho de “Hollow” es un tema de dubstep clásico construido a cachos de orquestación sinfónica; un viaje onírico con dos dimensiones claras: una rave DMZ de 2003 y un capítulo de “Se Ha Escrito Un Crimen”.

Ni el mejor Hudson Mohawke ni los mejores These New Puritans os los vais a encontrar en “Bastards”. Con el primero no hay problemas de cohesión, ese “Peaches And Guacamol Remix” de “Virus” sigue la línea narrativa del resto del álbum, pero no es la versión más excelsa del escocés. Aquí Björk puede que se haya dejado llevar por el hype de tener a un productor de Kanye en los créditos. These New Puritans (otros que se han ido enrareciendo para bien con el paso del tiempo) han sido muy originales con el rollito del misterio de las voces búlgaras, pero se hubiera agradecido y mucho todo el armamento medieval que usaron en su último disco. Les pongo pegas a estos dos artistas, pero he de decir que pasan la criba, como lo hacen también Alva Noto y The Slips que, dentro de su particularidad, firman los minutos más accesibles del disco y no obligan a saltar de track por tedio (Matthew Herbert no aporta nada mejor a las originales) o por mal gusto (Current Value).

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