Barking Barking

Álbumes

Underworld UnderworldBarking

6.8 / 10

Underworld  Barking COOKING VINYL

¡Ahhh, benditos años 90! Corazones azules. Costo apaleao. “Archive One” de Dave Clarke. Gafas con montura al aire. George Costanza. Mark Wahlberg en gayumbos. Primeros polvos. Detective Somerset. Primeras rayas. Etnies. Pete Rock & CL Smooth. Dubstar. Brandon y Brenda. Underworld. Ahí. Underworld. Llenaos la boca: UNDERWORLD. Si tuviera que elegir un grupo de música electrónica, ¡qué coño!, un grupo en general para definir tan sacra década, por Dios bendito que estaríamos hablando de ellos. La elección está tan clara que hace pupa y todo. En otras palabras, cuando consigues que “Born Slippy” se identifique como el himno absoluto de aquellos convulsos años –recordad “Trainspotting” y toda esa mierda– es que te has convertido en una marca universal, como Coca-Cola, Rimmel o Tupperware. Underworld ha trascendido con creces los límites puramente musicales para convertirse en una idea, un concepto, una forma de recordar lo bien que lo pasamos hace veinte años, drogados hasta las cejas, bailando como cretinos en cualquier rave. Para muchos, semejante status le concede al dúo el honor de estar por encima del bien y del mal. Y no hay vuelta de hoja si tenemos en cuenta lo bien que ha aguantado en comparación con otros iconos de los 90 que, con la cuarentena en la giba, se han dedicado a vivir de las rentas a golpe de mediocridad –no diré nombres, pero son los que estás pensando exactamente–, mandado al carajo su prestigio por un par de tours y una chequera nutrida.

¡Ahhh, amigos!, pero la constancia y el pundonor que Karl Hyde y Rick Smith le echan a este “Barking” después de tres años de silencio es encomiable. Son un ejemplo para los que pensamos que a los cuarenta y tantos el declive es imparable y la picha dejará de levantársenos en el momento menos pensado. Necesario aplaudir la elegantísima aceptación del ocaso que han mostrado los británicos. Fueron leyenda y gobernaron sin apenas oposición, pero ahora son uno más. Y no hacen pucheros. No se quejan. Como el jugador de fútbol que pasa del estrellato a los banquillos cuando la edad no perdona, pero cada vez que sale al césped se deja la piel y sigue aportando pequeños destellos de calidad y experiencia. No les avergüenza estar en el equipo reserva, de hecho parecen hasta disfrutarlo, y esa falta de amargura por lo que fui y soy ahora es fundamental: le da a su música una honradez indiscutible. Y aquí tenemos a unos Underworld que no tienen reparos en compartir mesa con otros big names, aunque la aportación de los invitados sea más tangencial de lo que muchos creen. Con Lincoln Barrett –conocido como High Contrast en el mundo del cómic electrónico; fue una estrella del drum’n’bass líquido hace algo menos diez años–, Hyde y Smith se lustran las uñas en la magnífica “Scribble”, un hit single de jungle noventero, pop atmosférico y sintes mesiánicos que funciona a pleno rendimiento. En “Bird1”, su alianza con Dubfire –antiguo hemisferio cerebral derecho de Deep Dish– deriva en un corte Underworld al 100%: bajo palpitante, beat sistólico con pisada technoide y, cómo no, los inevitables pasajes vocales marca de la casa. Con Mark Knight y D. Ramirez fabrican un monstruo bailable ultratmosférico a base ventosidades tranceras de lagrimón, sintetizadores dramáticos y canturreo pop pelín gáyer, en la línea del libro de estilo de los Underworld de toda la vida.

En esta tesitura de subidón buenrollista y pupilas ardiendo, resulta imposible abstraerse del trallazo progresivo con guitarras que comparten con el midas Paul Van Dyk. “Diamdon Jigsaw” es un trancesiberiano de pura felicidad que convierte nucas en escarpia viva: las melodías vocales y la épica de los teclados te hacen entrar de ganas de ser mejor persona y a darle un beso en la frente hasta al conductor del autobús. Eso sí, no se emocionen los que creen en milagros. No estamos hablando de un retorno por la puerta grande, ni mucho menos. Hace tiempo que Underworld perdieron el aura de grupo puntero. Sin embargo, las medianías no son desechables e incluso hay algunas joyas que merece la pena poner sobre el tapete. Me refiero a los ritmos deformes de IDM y post-dubstep que el dúo cocina junto a Appleblim y Al Tourettes en “Hamburg Hotel” y al electropop pastillero de “Moon Water”: épico, cheesy, cargado con melodías retro 80s y sintetizadores eufóricos; todo bien agitado y servido en copa Martini. No tienen las piernas de antes, claro que no, pero darles por muertos sería un entierro prematuro. Y ni tú ni yo somos Edgar Allan Poe. Óscar Broc

Underworld - Always Loved A Film

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar