Bambaataa Eats His Breakfast Bambaataa Eats His Breakfast

Álbumes

Neil Landstrumm Neil LandstrummBambaataa Eats His Breakfast

7.5 / 10

Neil Landstrumm  Bambaataa Eats His Breakfast PLANET MU

De toda aquella generación díscola del techno británico, la que compartía intereses en la abstracción y el martillo pilón, es Neil Landstrumm quien más lejos ha sabido llegar y más intacto su prestigio mantener. No era el primero de su generación –la estrella era Cristian Vogel, el purista Mark Broom, y por detrás se situaba una camada de niños levantiscos que vomitaban pedazos de hardware por las esquinas de los clubes entre los que encontrábamos a Tobias Schmidt, Subhead y Dave Tarrida–, pero mientras los otros se han ido quedado en un techno dislocado y arrítmico –aunque cada vez menos–, o mostrando la bandera blanca de la impotencia ante una competencia feroz, más joven y con más hambre, es Landstrumm el que finalmente ha sabido encontrarle una solución a su pasado en el 4x4 inestable –que se llamaba antaño ‘wonky techno’– y darle la forma exacta que exigían los tiempos de la edad post-irónica del rave. Una forma que a muchos complace y a otros estomaga, a todo esto.

Tras salir de la cueva de Tresor y su propio sello Scandinavia –que aún mantiene como editorial, aunque sea Planet Mu la casa con derecho a colocar el logo más grande en los LPs y a escoger el número de catálogo–, Neil Landstrumm ofreció a Mike Paradinas un discurso que podía traer cola: proponía mantener el método de trabajo de brutalidad electrónica y rítmica anárquica, pero despreciando definitivamente el lenguaje del techno. El escocés prefirió las líneas de bajos de tremendo grosor –eran los días del grime y al hombre le había pegado fuerte el minimalismo cavernícola y seco de Mark One– y poco a poco fue tirando por ahí. “Restaurant Of Assassins” (Planet Mu, 2007) fue un shock para casi todos los que lo escucharon, porque ahí se abría una puerta en la electrónica experimental: tenía velocidad de techno duro, rebote de grime y aristas afiladas de IDM –volviendo la vista atrás, lo que más se le pudiera parecer era un viejo vinilo editado en Warp, el “Freaky Deaky” de Lex Loofah, que era una chaladura entre el intelligent techno y bajos elefantiásicos–, y quizá resultó ser tan denso y futurista que muchos se paralizaron a la hora de elevar el verbo o luchar por el disco en la confección de listas de lo mejor del año. Pero aquel año, Neil Landstrumm lo mereció todo.

Fue con el siguiente, con “Lord For £39” (Planet Mu, 2008), cuando le llovieron palos. Concretamente, los que azotaba Simon Reynolds contra su lomo (de manera injusta). Reynolds, que un año antes había defendido el disco anterior, tachó esta continuación de artificialmente recargada y excesivamente autoconsciente. La creía barroca, y como el “Where Were You In ’92?” de Zomby, un pastiche neo-rave que empieza y acaba en sí mismo, incapaz de generar una tendencia que no sea la del revisionismo paródico. Le achacaba a “Lord For £39” ser una exageración, una monstruosidad, una deformación como de espejo convexo de una realidad pasada, y cuyo único motivo para existir fuese su propia dinámica interna de chascarrillo y broma privada. Algo de razón en parte tenía Reynolds: era un disco farragoso, tremendo, en el que cada tema era un caos organizado de chatarra analógica, influencias de Rustie copiadas y enmendadas a su manera, pero a la vez un disco que aportaba significado al wonky surgido del dubstep más allá del techno y del rave. Si el wonky es una trituradora de hip hop, ragga, hardcore, dubstep, IDM y techno acorazado, Landstrumm era capaz de definir el género por acumulación. De todos modos, las críticas de Reynolds sonaron más altas que las de sus defensores, y Landstrumm quedó en entredicho.

“Bambaataa Eats His Breakfast”, pues, puede ser la manera de autoafirmarse, recoger el guante y batirse en duelo. Es una bagatela de media hora con la que le dice al mundo que él tiene un lenguaje propio –y no prestado– y un pasado aprovechable. También suena, de entrada, más limpio y aliviado que el álbum anterior: sin tanta sobrecarga de información, con un hilo conductor menos ambicioso y más llevadero. No deja de ser un disco wonky en el que, estratégicamente, están situados todos los elementos fundamentales –punzadas de riff hardcore, melodía de videojuego, basslines como hipopótamos, breaks que trastabillan, textura analógica de cacharro estropeado, citas con sorna a estilos pasados como el electro(funk) o el techno de la escuela de Frankfurt que perfeccionó The Mover, dubstep exagerado, hasta melodías de jazz y una alfombra de brotes ruidosos que aparecen al tuntún–, pero con una extraña armonía interior que alivia las jaquecas. O igual es sólo la duración del trabajo, que concentra en media hora lo que en otros llevaba el doble de tiempo. En cualquier caso, éste es el resumen: Neil Landstrumm gana en orden, en intención y en recursos; sabe lo que quiere, cómo hacerlo y cómo presentarlo. Su problema es que, a pesar de avanzar en la parte estética y conceptual y bordarlo en la técnica, su música sigue siendo una chaladura electrónica que deja a los freaks del skweee escandinavo como personas que van al trabajo vistiendo traje y llevando un maletín en la mano. Pero aquí no nos gustan los trajes.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar