Ay, Ay, Ay Ay, Ay, Ay

Álbumes

Matías Aguayo Matías AguayoAy, Ay, Ay

8.3 / 10

Matías Aguayo  Ay, Ay, Ay KOMPAKT

“Cuz that music has no groove, has no balls, no me hace pumpin’, pumpin’, pumpin’”. No le hacía pumpin’ al pillastre, por eso nos decía también que lo suyo era “bailar con un ritmo más nocturno, más profundo, más sensual, basta ya de minimal”. Y el tío Matías cerraba su speech con uno de los versos que más me persiguieron el verano del 2008: “qué es lo que bailo, otras movidas, más adelante, you gonna get”. Maldito genio. El tronchante maxi “Minimal” fue la confirmación más rotunda de mi idilio con este chileno huesudo de crianza germana, una canción que se mete en tus entrañas y te arranca una carcajada cada vez que la escuchas. Ahí es donde realmente aprecié el estilo de este trinquitilla electrónico, capaz de reírse de los tics de ese minimal ketaminoso tan de su diáspora, pero también capaz de mofarse de sí mismo y, si me apuran, hasta del oyente. El puente entre aquel maxi y el disco que sostienen nuestros morcillones dedos, esa pieza de cacareo pop y pechuga technoide llamada “Walter Neff”, parecía indicar que el acrílico y la peluca serían santo y seña de las nuevas aventuras del recluta Aguayo. Ahhh, pero Matías no es Priscilla, la Reina del Desierto, y en su particular viaje en autobús-caravana sus giros resultan menos previsibles y amanerados de lo que en principio cabría esperar. Hay pista de baile, sí; hay lentejuela, claro que sí, pero no la suficiente para considerar el segundo LP del chileno como un flash forward cumplido. Y eso le da todavía más crédito a su impredecible ingenio.

Aguayo entra en una tienda de disfraces y no sale en horas. Le gusta ponerse todo tipo de trapos, enterrar su auténtica personalidad en una masa de capas y mallas que van del miminalismo pop de C loser Musik (su proyecto junto a Dirk Leyers) a la sampladelia microscópica del celebrado “Are You Really Lost?” (Kompakt, 2006). Siguiendo su anárquica lógica, “Ay, Ay, Ay”, de nuevo en casa Kompakt, se deja de tonterías subatómicas y prefiere el telescopio, convirtiendo el esputo, el gritito, el pedo bucal, el gemido perruno y los gallos en la base de una tortilla alucinógena hecha con golosinas, drogas blandas y no apta para tenedores de madera. Esto es funk hecho a golpe de gargajos, gorgoritos, pows, paws hummms y ahhhhhhs; funk electrificado, sumido en un trance sensual y provisto de un aroma carnavalesco extraño y húmedo. Sólo Aguayo sería capaz de utilizar la voz como el arma de su propia revolución y convertir su guerra en una fiesta playera con acento latino. Hace los ritmos, los golpeos, los ruiditos, las melodías con su propia garganta y, lo que en otras manos (o debería decir otra boca) podría sonar a frivolité, en su estudio deviene en temazo tras temazo. Hit tras hit.

“Rollerskate” me parece un logro acojonante, como si escucháramos doo woop en el año 2400 o beat boxing para fornicar en la nave de “Solaris”: es infeccioso, perezoso, la voz de Aguayo sigue una melodía perfecta, fumada, el ritmo es p-funk, los samples humanos te llevan a otro mundo, los graves te dan gustito en los dedos de los pies… Creo que es mi canción favorita del 2009, lo juro. Y es que cuando el álbum discurre en este tono de psicodelia funkoide, cuando sólo nos mete la puntita (ni muy rápido, ni muy lento), Aguayo da lo mejor de sí mismo y nos controla desde las alturas, cual Sauron de la fiesta con ojete en llamas incluido. Si “Ritmo Tres” no es como fornicar, yo soy el Inspector Gadget: percusión electrofunk hecha con la boca, bajos enfocados al punto G (gordos, morcillones), voz arrastrada y en falsete, como si Prince se hubiera bañado en una caldera de ketamina. Me hace salivar. Me pasa lo mismo con “Desde Rusia”, donde el empleo del sample vocal alcanza el paroxismo: si prestas atención encontrarás toda suerte ruiditos descacharrantes del maestro escondidos bajo la alfombra, pero sólo si te despojas de la magnífica melodía y la percusión de flujo vagin…digo, digital. “Me vuelvo loca” parece una versión caribeño-alienígena de Beck. Y en el último corte, “Juanita”, se marca un cruce de influencias que van del pop a los latin beats (atención al acordeón, socios), pasado todo por el cedazo psicodélico de parches vocales y fraseados locos marca de la casa.

Incluso en las coordenadas que me producen más repelús –todo lo que suena a música africana, ruido tribal y taparrabos me ocasiona soriasis virulenta–, Matías se sale con la suya: ahí quedan la divertidísima “Koro Koro” –una mezcla imposible de electro, ritmos somalíes y despiporre calypso– y la samba galáctica “Mucho Viento”, una broma ligera que se disfruta con actitud risueña. Estamos ante un gran disco que no sólo proporciona endorfinas musicales a golpe de funk bastardo y rare grooves mestizos, sino que nos abre las puertas de un mundo cerrado en sí mismo, sin nada que se le parezca. Un disco que se mantiene en perfecto equilibrio entre el chiste y el temazo, con un claro afán por enterrar el minimal y a otra cosa mariposa. Sólo puedo decir que “Ay, Ay, Ay” sí hace pumpin’, pumpin’, pumpin’. Es profundo. Es sensual. Es lo que bailo. Otra movida. Más adelante… Todos juntos: you’re gonna get!

Óscar Broc

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