Avalanche Music 1: Wiley Instrumentals Avalanche Music 1: Wiley Instrumentals

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Wiley WileyAvalanche Music 1: Wiley Instrumentals

8.3 / 10

Wiley  Avanlanche Music 1: Wiley Instrumentals AVALANCHE MUSIC

Richard Cowie no da tregua, y uno diría que es incluso más fácil seguir el ritmo de producción de Sasha Grey –actriz en más de 200 películas X desde 2006 hasta ahora, y el número no hace más que crecer– que el de este padre fundador del grime. Aunque algo errática, la carrera de Wiley nunca se ha visto interrumpida ni amenazada por otros vientos de la moda, y su volumen de trabajo acumulado se puede contar hasta hoy como inabarcable: discos en solitario, producciones para rappers de todo pelaje, maxis en vinilo para DJs férreos en su defensa del grime esquelético y bruto, featurings en plásticos ajenos, participaciones en grupos como Roll Deep y, para no olvidarnos, incluso un intento de ascender las cumbres del pop global –con la ayuda de Calvin Harris y todo– con el que casi se pega un costalazo. Un no parar de grabar, una cadena de montaje infatigable, Wiley. Desde su momento de eclosión en la escena subterránea del garage –kilómetro cero que podemos identificarlo con la referencia 15 de su sello Wiley Kat Records, la versión instrumental de “Ice Rink”, a la que seguirían después dos EPs más con colaboraciones vocales de los primeros MCs con solera que dio el grime: Kano, Dizzee Rascal, Tinchy Stryder: ahí se forjó en parte el género que hoy conocemos–, Wiley se ha venido colocando por sistema en la cabeza del pelotón de los productores más solicitados, en su caso por rápido, flexible y garante de resultados. Mejor con las máquinas que con el micro –y que esto no signifique que desdeñamos su flow: todo lo contrario–, Wiley es algo así como el RZA de las alcantarillas de Londres: sus deslices son muy pocos y su porcentaje de acierto elevadísimo.

“Avalanche Music 1: Wiley Instrumentals” es un disco que podría haber llegado mucho antes, pero que sale ahora porque sí, fuera de contexto, tan inesperado y lejos de una coyuntura favorable que podría ser oportuno incluso preguntarse el porqué. Porque una cosa el hype-grime, la revitalización de la escena gracias al aire que han insuflado en sus pulmones nuevos actores del gueto como DJ Magic o Elijah & Skilliam, y otra muy distinta los antecedentes en bruto, el documento en movimiento de una etapa de formación en la que –recordemos– al grime aún no se le había puesto nombre oficial, se jugaba con alternativas como 8bar, sublow o eskibeat –esta última etiqueta propuesta por el protagonista de este texto, al que siempre le han molado el hielo y los lapones–, y sólo se sabía que aquello que venía del East London, metálico e insistente, era un nuevo episodio en la fascinante evolución del continuum hardcore. Y ahí estaba Wiley, todavía acneico con un arsenal de beats repetitivos como el chocar de un martillo contra un yunque, haciendo saltar astillas de electrónica herrumbrosa que sonaba a sintetizador barato y caja de ritmos trucada. Los 22 cortes incluidos aquí recuerdan que el primer Wiley se escoraba mucho más hacia el dancehall que hacia el dinamismo del 2step de aquellos años –sus bases, y podemos tomar como ejemplos “Igloo” o “Jam Pie”, son como riddims rígidos sobre los que pueden improvisar sus rimas los MCs que pasen por ahí; evidentemente estaban pensados como material en bruto para pinchar y funcionar de sostén a la lírica en el club–, pero a la vez guardaban un cierto rescoldo funk que rebajaba la sensación de alienación que sí se notaba en otros nombres de la época: Musical Mob, el primer Dizzee Rascal –cuando no hacía pop y sí en cambio aquel “I Luv U” que marcaba el futuro más radical para la música urban–, etc.

Esto es, por tanto, un ejercicio de memoria y memorabilia, un rescate arqueológico de un momento que vivimos con pasión en su día y que ahora podemos comprender plenamente por qué: por la simultaneidad de abstracción y fiereza, de simplicidad y proyección hacia dentro. Al darle la vuelta a un calcetín, se nos revela la parte sucia, desteñida y gastada del objeto, y se esconde la de color más brillante, tacto más suave o costuras más laboriosas. El grime, en comparación con la tradición de la que venía –drum’n’bass, breakstep, UK garage– era esa reducción del hardcore a lo subatómico: “Fire Hydrant” es una base anoréxica, “April Fools” un riddim con giros humorísticos pero también más pelado que el bolsillo de Madoff. Cada corte, cada muestra del poder de síntesis y brevedad de aquel Wiley productor, es una exhibición asombrosa de kick&snare, de golpe y platillo, ocasionalmente con una armonía que completa el dibujo con un solo trazo de color. Si aquel “Gremlinz (The Instrumentals 2003-2009” de Terror Danjah que editó el año pasado Planet Mu es al grime lo que Picasso a la pintura, entonces esta recopilación tiene que ser algo así como Kandinsky, pincelada arriba, pincelada abajo. Ahora a ver con qué se descuelga en “Electric Boogaloo”, su nuevo álbum para de aquí unas semanas.

Claude T. Hill

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