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Manel ManelAtletes Baixin De l'Escenari

8.2 / 10

Sólo quien no haya sufrido la música en catalán de los últimos veinte años (salvo una pequeña parte de los artistas, y una parte de los años, especialmente los últimos) puede posicionarse en contra de Manel. Después de la increíble cantidad de basura a todos los niveles, y me refiero a las letras de una poesía cutre, a las melodías de una ramplonería propia del peor copión del cliché sajón, y a la obscenidad de cómo dos generaciones sin talento se han vendido a la sopa boba de la subvención –todas esas copias de discos compradas por el presupuesto público para nutrir las mediatecas de las biblios, esa sobreexposición en la televisión pública mientras todo lo demás no existía, esas cuota impuestas en festivales–. Luego llegaron bandas como Antònia Font (baleares, pero en la misma lengua, una lengua que sonaba otra vez tan hermosa como es la catalana, rebosante de la luminosidad de nuestros mejores poetas) y más tarde la reinvención lingüística de Mishima, y la aparición de Manel (más otras bandas similares de perfil indie y folk), y hubo por fin una reivindicación de la calidad por encima del simple hecho de ser ‘en catalán’, del contenido por encima del continente. Una última observación para los que no habéis vivido nunca aquí: durante años, cantar en catalán era la mejor manera de justificar la salida de un disco de mierda, un disco que si hubiera estado interpretado en cualquier otra lengua no habría pasado ni el más riguroso control de calidad. En definitiva, era necesario que la elección de la lengua fuera un detalle secundario supeditado a la calidad de la música.

Con Manel hablamos de música, y con “Atletes Baixin de l'Escenari” hablamos de un tercer disco superlativo de Guillem Gispert y sus chicos, tras aquel “Els Millors Professors d'Europa” (2009) que descubría a una banda con una capacidad especial de resumir la vida sencilla en la ciudad con cuatro pinceladas de costumbrismo elegante y un lirismo bello y no forzado, y después con “10 Milles Per Veure Una Bona Armadura” (2011), un trabajo igual pero más relleno de instrumentos, de vientos y de cuerdas. Es cierto que la dimensión popular de Manel se ha sobredimensionado por causas un tanto molestas – celebrities locales comiéndoles una cuota de atención en los conciertos, a veces sin querer, otras veces queriendo; la pesadez con la que algunos fans nos intentan hacer creer, exagerando sin control, que ellos son lo mejor que nos ha ocurrido desde el “Blonde On Blonde”–, pero se debe entender y se puede justificar, porque estamos ante una de las carreras nacionales más sólidas y ejemplares que se recuerdan en tiempos. El nuevo álbum de Manel no suena tan recargado como el anterior, ni tan ligero como el primero, y por eso se le ha descrito como su disco ‘rock’ –también por influencia de una de las mejores canciones, la balada “Banda de Rock”, pero más por el título que por lo que dice la letra, que habla de la desintegración de la ilusión y la pérdida de una identidad estética: “Què va passar-li aquella banda de rock? / Potser una nit van fer un concert, final molt trist. / O van mirar-se després d’un assaig lent i infernal, / i ho van saber i ho van notar”–. Este es un disco rock por la sobriedad de la instrumentación, básica y cruda, guitarra, bajo, batería, coros y palabras de una gran sensatez, de una sobriedad envidiable.

No hay mucho más contexto que se les pueda aplicar a Manel. Lo que habla es la música, tan atemporal hoy como pudiera haber sonado en los años 70. Son artesanos de la canción, en ellas puedes encontrar ecos tanto de Serrat como de Smog e incluso Radiohead (en el comienzo de “Mort d'un Heroi Romàntic” no es difícil escuchar también las campanillas de “No Surprises”, aunque luego cambie–, y explican historias con las que es fácil identificarse, más allá de diferencias de clase, de idioma materno y de gusto personal, y es que incluso ellos se ríen de su estética monolítica acudiendo al funk en el hit “Teresa Rampell”, que habla de una salida nocturna en busca de aventuras románticas ( “Que ve l'amor, que ve l'amor, / que ve l’amor sonant com un exèrcit de timbals / L'amor ja es va propagant com un incendi forestal”). Ningún altibajo recorre este “Atletes Baixin de l'Escenari” de título robado a los gritos histéricos con los que Constantino Romero quiso poner orden entre el desfase fiestero de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92: desde “Ai, Yoko” i “Vés Bruixot” el álbum alcanza una gran altura y de ahí no se baja. ¿Continuista? Sí, es cierto que lo es. No hay grandes innovaciones, incluso es una contracción si lo comparamos con el lujo instrumental de “10 Milles...”. Pero es la imagen de unos Manel fuertes, confiados en lo que hacen, y con la inspiración todavía intacta. Los fans ya han hecho bien escuchándolo y comprándolo (nuevamente, han sido número 1 de ventas en España, como lo fueron Llach y Serrat), y los haters, esa caterva rabiosa, harían bien en escucharlo, al menos para ver que sus argumentos no tienen base.

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