Ask The Dust Ask The Dust

Álbumes

Lorn LornAsk The Dust

8 / 10

El sonido de Lorn es lo más cercano a la desolación industrial y al nuevo ocultismo de este turbulento comienzo de siglo que nos contempla. Nothing Else todavía permanece en el iPod dos años después de irrumpir a puñetazos en mi vida y mostrarme el sendero hacia las tinieblas. Algo hizo clic en mi interior, había encontrado un alquimista que hacía exactamente lo que me pedía el cuerpo: beats arrastrados, bombos de grupo heavy, graves satánicos, efectos digitales que parecían sacados de un thriller enfermizo de Lucio Fulci, contundencia rapper, postales futuristas de una lobreguez atenazadora, teclados ectoplasmáticos…

A pesar de la sencillez de los componentes, Lorn consiguió empaquetar dichas constantes en un envoltorio que no sonaba a dubstep, hip hop, wonky, illbient, giallo o ambient, sino a todo a la vez. Era un marca de fábrica que el tipo ha mantenido viva para delimitar con vallas electrificadas su personalidad como músico. “Nothing Else” terminó convirtiéndose un viaje a una tierra extraña, llena de sombras amenazantes y lúgubres melodías de sintetizadores, una dimensión creada por los espíritus para provocar escalofríos y devorar el alma del dueño de los auriculares. Era necesario escribir el segundo episodio de esta Biblia Negra. Llevarlo a otro nivel.

Ahora, el misterioso beatmaker estadounidense moldea con más soltura la plastilina tóxica que nutre a sus esculturas grotescas, buscando formas algo más orgánicas y enriquecidas que los patrones blindados de su anterior álbum. Tengo la sensación de que los consumidores de Lorn no desean giros copernicanos, pero agradecen los despuntes evolutivos que se aprecian en las nuevas tribulaciones del nigromante. Así pues, “Ask The Dust” retoma los acontecimientos allí donde se quedó el relato anterior y, desde la inmejorable plataforma Ninja Tune, enriquece la literatura gótica del escribano con algunas variaciones estilísticas que, aunque pocas, resultan enormemente alimenticias.

Esta vez, nuestro hombre ha decidido poner voz a algunas partes de la Creación. Curioso y gallardo movimiento, pero Lorn no hace las cosas gratis: el invento funciona y de hecho ya lo probó tímidamente en el último track de su anterior álbum. Su afectación vocal cavernosa, inquietante y deformada, tinta de un negro muy vivaz piezas como “Weigh Me Down” –dubstep zombi barroquísimo, algo demencial– o “I Better”, con unos recitados estilo Darth Vader que te congelan las gónadas. También hay ligeros desvíos hacia el funk, como “The Well”, pero con los códigos que definen su universo, es decir: tostando los sintetizadores en el reactor principal de Fukushima. Incluso hay curiosos experimentos con lo que se intuye que es percusión real, como las baterías venenosas de “Dead Dogs”.

En “Ask The Dust”, Lorn se gradúa. Aquí descansan obras maestras sin paliativos. Hablo de la aplastante “Diamond”, uno de esos beats industriales marca de la casa que se arropan de sonidos apocalípticos y teclados épicos, y parecen extraídos de un Quato agonizante. Hablo de “Everything Is Violence”: glitches, ruido blanco, ritmos nerviosos y unos sintetizadores que hacen que a los gatos se les erice el pescuezo y pensemos en sociedades secretas o extraños sacrificios. El azufre y las psicofonías siguen siendo la droga favorita del escurridizo productor. “Mercy” te hace crujir las entrañas con un redoble de tambores espectral y efectos de ouija, pero el ejemplo más abrasivo de inspiración es “Ghosst(s)”: sangre y vísceras en formato digital, sintetizadores afiladísimos cayendo en espiral asesina, breaks descompuestos, subgraves que te hacen temblar la campanilla… El rugido de ultratumba del nuevo beatmaking alcanzando el nirvana. Me flipa este crío. Portada, concepto, música, estética y filosofía rozan la perfección. Mejor dicho, MI perfección. Lorn y su carnaval de la muerte. Polvo somos y en polvo nos convertiremos.

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