Ashes & Fire Ashes & Fire

Álbumes

Ryan Adams Ryan AdamsAshes & Fire

8 / 10

PAX-AM

Puede hablarse, sin miedo, de resurrección. Porque el tipo que fue capaz de inyectar algo de tristeza (y efervescencia adolescente o la adrenalina de “To Be Young (Is To Be Sad Is To Be High)”) y codos en la barra ( “The Bar Is A Beautiful Place”) al bucólico alt country de los 90 (resumiendo: The Jayhawks), ha vuelto. Y por fin está, una vez más, solo. Porque si con su primera banda (aquella en la que aún escondía su nombre), Whiskeytown, firmó algunas de las que, aún hoy, figuran entre las mejores canciones de su carrera ( “Excuse Me While I Break My Own Heart Tonight”, “Turn Around”), con la segunda, The Cardinals, fue capaz de edificar una (doble) obra magna (aún hoy injustamente tratada: “Cold Roses”) y un disco casi redondo ( “Jacksonville City Nights”), para luego dejar que el invento estallara en mil pedazos (o dos álbumes: el perdido “Cardinology” y un desconcertante “III/IV”, hasta la fecha, su última referencia). Pero, afortunadamente, los Cardinals son historia. Y Ryan está, una vez más, solo. Y lo que ha hecho en “Ashes & Fire” es fundir el espíritu melancólico de las dos entregas de “Love Is Hell” ( “Come Home”) con el exquisito alt country hundido de “29” ( “Rocks”) y la apacible americana de Whiskeytown ( “Do I Wait”).

Producido por Glyn Johns (el clásico de los 60, por sus manos han pasado desde los Beatles y Bob Dylan hasta Emmylou Harris y los Eagles, y quizá esa sea la razón de que todo suene tan clásico), “Ashes & Fire” recupera, pues, al Adams desaparecido (¿acaso no suena la lánguida “Invisible Riverside” mejor que casi cualquier corte de “Easy Tiger”?), aquel que (guiños a su adorado death metal aparte, o el álbum perdido: “Orion”), parecía haberse esfumado para siempre. Norah Jones, Benmont Tench (de Tom Petty & The Heartbreakers), la guitarra y el piano (el piano que convierte “I Love You But I Don’t Know What To Say” en el corte esmoquin del disco, que es también el más intenso) acompañan al chico (triste) de Jacksonville en su erizante (y electrizante, emotivamente hablando) travesía.

Laura Fernández

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