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Álbumes

Robert Owens Robert OwensArt

7.8 / 10

Robert Owens Art COMPOST

Camisa Burberry de cuadros abrochada hasta el último botón. Jersey de pico gris Benetton. Afeitado helénico. Colonia Armani Lui por todo el cuerpo. G-Shock negro reluciente. Chaquetón Lacoste negro abrochado con pulcritud. Levi’s 511 azul metálico. Nike Blazer en los pies. Raya de nieve preparada en la mesilla. Robert Owens en la cadena de música. Bailes sensuales delante del espejo. Sabes que esta noche toca follar. Sabes que eres un jodido seductor. Sabes que, con Owens susurrándote al oído que eres Dios a ritmo de deep house, te podrías meter en la cama con Duffy y Kirsten Dunst a la vez y te llamarían al día siguiente porque querrían más. Vuelve el hombre. Vaya si vuelve.

A pesar de sus convicciones religiosas, lo de Robert Owens es lubricidad y seducción en estado puro, la clase de voz que te hace pisar la calle como si fueras un caramelo sexual a disposición de las mejores pericas. El tipo tiene garganta y tiene tablas. Muchas tablas. Los más jovenzuelos seguramente no sabrán que, a finales de los años 80, el tipo se convirtió en la voz del sonido Chicago: sus escalas, falsetes y graves adornaron incontables himnos del género e hicieron mover las tetitas de las jacas discotequeras de la época con una clase y un regusto sexy que pocos vocalistas poseen. De hecho, su asociación con Larry Heard todavía resuena en los Manuscritos del House Muerto. Desaparecido en combate a principios de los 90 (dicen que se dedicó a dirigir una librería cristiana de su propiedad, no es coña), volvió a los ruedos clubbers al cabo de una década gracias a sus colaboraciones con cerebros de la nueva ola electrónica como Photek o Layo & Bushwacka! (seguramente gracias a estos últimos su nombre volvió a sonar con fuerza), pero sus alumnos más aventajados, léase Mr. White o Tyrone Power, ya le habían arrebatado los primeros cajones del gorgorito housero.

Pero Owens no se deja pisar así como así, no en balde suya es la costilla de Adán de la que surgieron los imitadores. Supongo que por eso ha decidido dejar clarito quién manda en este terreno y lo ha hecho con un caldo de dos tazas que despeja toda suerte de duda: sigue siendo el amo. Larry Heard, Atjazz, Show-B y Beanfield le acompañan desde la cabina de producción en un larguísimo viaje de 19 tracks en el que nuestro héroe pone a prueba todos sus registros. Desde los agudos hipersexuales de la acídisima y profundísima “Exhale And Breathe”, pasando por los susurros al más puro estilo Barry White de “One Love”, hasta las inflexiones R&B de chulapa con clase de “Step Inside The Moment”, Owens ofrece un recital de maestría vocal, apoyándose en un corolario de ritmos que van de la pista a la cama de agua y se sostienen sobre dos ejes inamovibles: profundidad y alma. En “Art” encontramos su lado más disco, en “Moments” le inyecta elegancia soul al deep más minimal, en “Cherish Your Love” se pone rollo Café del Mar con un vibe perezoso y veraniego que da gustirrinín, en “Be Your Own Hero” bucea en un lago de acid house en pelota picada, en “Black Diamond” y “Pipe Dreams” le da una lección a Craig David y le enseña lo que es el R&B como cura sexual.

Y, aunque en las baladas a media luz como “Wonderful” o “Reach Inside” humedece bragas con sólo arquear la ceja, sus mejores momentos acontecen cuando apunta al dancefloor, porque lo hace con estilo, con un respeto reverencial por el soul electrónico y el deep house más sofisticado, y sin olvidar nunca las enseñanzas del legado Chicago. En esta categoría entran piezas redondas como “Ancestral History”, “Unique” o “Rise”, posiblemente los mejores minutos de esta prolongada inmersión, pequeños himnos de un esplendoroso álbum que no huele a comeback: huele a justicia.

Óscar Broc

Robert Owens - Art

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