Anxiety Anxiety

Álbumes

Ladyhawke LadyhawkeAnxiety

6.7 / 10

Riadas de haters y analfabetos del pop pusieron a caer de un burro a Ladyhawke hace cuatro años, escudándose en que la neozelandesa no hizo más que potenciar el mamarracherío ochentero y se creía una especie de Debbie Harry con síndrome de Asperger. ¿Y qué? Si tuviéramos que prender en hogueras inquisitoriales a las debutantes faltas de técnica y virtuosismo musical no ganaríamos para cerillas. En este barómetro sólo cuenta una cosa: los bukkakes de hits. Y, guste o no, su debut para Modular nos salpicó a todos en la cara con un arsenal de temas facilones y radiables en cualquier pista de baile cuyo dress code potenciara las hombreras y las chupas de cuero de Amancio Ortega. “Paris Is Burning”, “Dusk Till Dawn” o “Another Rainway” siguen siendo, años después, auténticos pepinazos. Y eso, por encima de cualquier inquina crítica que se le quiera dedicar a ella, es lo que cuenta.

Dicho esto, “Anxiety”, producido por Pascal Gabriel nuevamente, sigue en sus trece de firmar temas simples que se apoderen del cerebelo desde la primera escucha. Eso sí, dejándose llevar por la sobreproducción, los clichés molones de la new wave de radiofórmula y reduciendo a la nada los momentos estrictamente sintéticos. Ya no hay espacio para “Magic”, sino para un arsenal de temas a lo “My Delirium” que entran del tirón mejor que unas bravas a media tarde. La tacaña duración del disco ayuda.

¿Y por qué esta nota entonces? No, no he dejado de tomar la medicación que ella confiesa engullir en el tema titular. Dejando el fan que uno lleva dentro, hay que ser realistas y dejar claro que Ladyhawke, igual que Lana del Rey, nunca nos dejará tirados como Björk por culpa de sus nódulos. La pobre es la desgana andante y canta todo igual. Algo así como una robot al que si le quitas el guión se vuelve psicótica perdida (o más aún). No da más de sí la chica, pero es parte de su encanto. Guilty pleasure.

Lo mismo ocurre con la instrumentación. Da igual qué tema de su último disco te pongas, porque (casi) todos suenan igual. La misma batería, el mismo riff guitarrero, las mismas rimas consonantes de primero de primaria. Únicamente en “Cellophane” o, chuleando en la sesentera “Girl Like Me” (pese a no estallar y quedarse como una paja a medias), parece que se desliga de su sobada sombra.

Pero ya lo decía al principio, aquí cuentan los hits. Y haberlos, los hay. Las candidatas están bien claras. La muy Roxette “Gone, Gone Gone”, “Vanity” y su saturadísima guitarra, o el estribillo onomatopéyico de “Blue Eyes” reafirman a la neozelandesa como una aventajada del pop en cuanto a exportadora de bombas dignas de explosionar en medio de una tremenda ingesta etílica. Para el próximo disco, que esperamos que no se demore tanto como éste, la solución es bien fácil: mandar a Pascal Gabriel a la cola del paro. Una tercera entrega sin ningún ápice de innovación ya no da daría más de sí.

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