And Stardeath And White Dwarfs With Henry Rollins And Peaches Doing Dark Side Of The Moon And Stardeath And White Dwarfs With Henry Rollins And Peaches Doing Dark Side Of The Moon

Álbumes

The Flaming Lips The Flaming LipsAnd Stardeath And White Dwarfs With Henry Rollins And Peaches Doing Dark Side Of The Moon

7.3 / 10

The Flaming Lips  The Flaming Lips And Stardeath And White Dwarfs With Henry Rollins And Peaches Doing Dark Side Of The Moon WARNER BROS

Hace ya algunos años, Wayne Coyne, líder de The Flaming Lips y poseedor de esa voz tan frágil y melódica que todos conocemos, dijo que el instrumento musical que tocaba en realidad era todo el estudio de grabación. Sus The Flaming Lips, obviamente, son los maestros de los cliffhangers sonoros en la experimentación musical (tanto en la producción como en la sonoridad), así que ya sabemos que Mr. Coyne, efectivamente, se divierte como un enano tras la mesa de mezclas y nosotros, afortunados consumidores, degustamos luego el alud cromático presente en casi toda su obra. Sus pócimas más humeantes, en 1997, nos brindaron aquel ente amorfo y palpitante, “Zaireeka”, y hace prácticamente nada nos enteramos de que aquel ente en cuestión era un embrión ( “Embryonic”, 2009) aficionado a las distorsiones, a los bajos con altavoz y a los sintetizadores ondulantes. Y llegados a este punto, después de estrecharle la mano al mundo mainstream con “The Soft Bulletin”(1999) y haber protagonizado el devenir de una carrera discográfica con sus más y sus menos, sus etapas gloriosas y sus experimentos más radicales, después de haber vivido entre lo previsible y lo imprevisible y haber vuelto, con el ya mencionado “Embryonic”, por la puerta grande cuando más lo necesitaban, nos regalan éste disco de título desatado, “The Flaming Lips And Stardeath And White Dwarfs With Henry Rollins And Peaches Doing Dark Side Of The Moon”.

Uno podría esperar de este grupo una reedición del sonido del anterior disco antes que hacer una visita fetiche a Pink Floyd que, de buenas a primeras, debería haberse producido antes o después, pero no ahora. Me refiero a que si tú haces una revisión de un clásico tan bestia como “The Dark Side Of The Moon” (1973), la haces para no desperdiciar tu exceso de energía típico de los jóvenes descarados, o la haces desde la perspectiva de la experiencia vital que da la edad. En uno u otro caso, ¡tatachán!, tienes una obra de culto. Pero estos “labios llameantes” parece que han concebido El Gran Cover como un disco de transición, pegado en el tiempo y en el espacio a “Embryonic”, y del que más que escuchar a The Flaming Lips versionando Pink Floyd, les vemos hacerlo (o intentarlo), a pesar de usar como escudo las colaboraciones de Stardeath And White Dwarfs, la verborrea de Henry Rollins y la voz porno de Merrill Beth Nisker (aka Peaches). Sea como sea, ocurre que se han plantado delante de Pink Floyd, su banda fetiche, y ante un disco, además, grabado en la retina invisible de nuestros oídos. Y si “The Dark Side…” es un gran disco, lo es por varias razones. Y si éste “(blablablá) ...Doing Dark Side Of The Moon” no lo es, como mínimo debemos concederle la osadía de intentarlo.

Ya desde el inicio de “Speak To Me”, la producción suave y dulzona es sustituida por el mundo subterráneo de los Flaming más una distorsión guitarrera, que no está mal; quiero decir, es una declaración de intenciones típicamente Coyne: “vamos a hacer lo que nos salga de ahí sin mordazas ni ataduras”. Pero con “On The Run”, que viene justo después, dan una vuelta de tuerca al que parecía el fondo de escritorio de una película de terror y la interpretan como un “Blade Runner” de discoteca. “Time / Breath” era algo retro y acariciable con todos aquellos relojes haciendo tic tac que ahora se pierden en el mecanismo de respiración tipo loop en el reprise de “Breath” que se han inventado. Algo parecido ocurre con el Temón Absoluto “Money”: conceptualmente, disfrazarla como un robot está bien, pero escuchando la versión de 1973 creíamos vislumbrar la ansiedad de un ludópata ante el skyline de la ciudad de Las Vegas. Y es que, en asuntos de producción, un grupo debe hacer un pensamiento previo y tratar de balancear sus virtudes y defectos con las del disco a versionear. Y debemos decir que ante discos medianías, ciertos tics no se notarán, pero ante obras maestras, ¡ay!, cualquier falta de inventiva puede jugar en tu contra e incluso aniquilarte. En éste trabajo hay de todo. Aciertan en algunos casos (en “Any Colour You Like” el boogie espacial le da una vitalidad inusitada al original que hace que tengamos que redescubrirlo de nuevo) y fallan en otros (la poca imaginación sonora en “Brain Damage” o el centrarse únicamente en la atmósfera de “Us And Them” dejando de lado los pequeños crescendos que había antes). Pero eso sí: la voz de Coyne (y su interpretación), se ponga como se ponga, es un arpa tocada por arcángeles que siempre sobrevolará lo nuevo de estos The Flaming Lips y que mejora su reflejo del pasado (para muestra un botón: “Time / Breathe” es, vocalmente, una sesión de hipnosis pura y cegadora).

En definitiva, era previsible que iba a suceder esto. Hace tiempo, el reconocido escritor de ciencia ficción Isaac Asimov se negó a hacer un test de inteligencia porque dijo que lo tenía todo en su contra. Si demostraba no ser superdotado, el mito de su capacidad intelectual caería como un gordo en una piscina. Y si demostraba serlo, no ganaría nada con ello, pues es lo que se esperaba de él. En el caso del disco que nos ocupa, era de esperar que The Flaming Lips dejaran de lado sus pretensiones de codearse con la obra magna de Pink Floyd para hacer, sencillamente, una relectura sin más de los jefazos de la filosofía progresiva y psicodélica aplicando el sonido que ellos saben hacer. Pero deben aprender que hay veces en que la perfección es para mirarla/escucharla y no tocarla. Esto es lo que ocurre con la falta de humanidad de “Money”, o con “The Great Gig In The Sky”, tema inmejorable donde Merrill/Peaches se masturba en directo haciendo que olvidemos lo verdaderamente importante: la sensibilidad y el aroma soul que había detrás.

Jordi Guinart

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