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Dead Can Dance Dead Can DanceAnastasis

8 / 10

‘Anastasis’ es la palabra griega para referirse a la resurrección –y en un sentido místico, a la resurrección de Cristo dentro de la tradición bizantino-ortodoxa–, y es un título más que apropiado para el nuevo álbum de Dead Can Dance teniendo en cuenta que no editaban uno desde 1996, el año de “Spiritchaser” (4AD). Aunque, técnicamente, el dúo nunca se separó pese a asegurarlo así en 1998 –hubo una gira en 2005 de la que se extrajeron algunas grabaciones oficiales en directo; de mientras, Brendan Perry se dedicó a editar dos álbumes y Lisa Gerrard triunfó con su aportación a la banda sonora de “Gladiator”–, el resumen de este periodo de 16 años sin actividad discográfica queda sugerido de forma rotunda en la portada de “Anastasis”, un campo de amapolas –la flor de la que se extrae el opio– que viene a indicar que Brendan y Lisa se han despertado, sencillamente, de un largo sueño. Y qué dulce despertar es este “Anastasis” para una de las formaciones míticas de los años dorados del sello 4AD, coetáneos de Cocteau Twins y This Mortal Coil: una recuperación de la mejor forma –y mejor forma quiere decir discos como “Within The Realm Of A Dying Sun” (1987), “Aion” (1990) e “Into The Labyrinth” (1993)–, como si nada su hubiera detenido, como si –otra vez esa idea– sólo se hubiera interrumpido un descanso prolongado y profundo.

De igual manera que “Anastasis” es un título con una enorme carga semántica –algo habitual en Dead Can Dance, siempre más cercanos a la teosofía del Medioevo, la mística sufí y el simbolismo neoplatónico que al ‘rock’, a pesar de haberse iniciado en 1981, en su Austrialia natal, como banda gótica–, se encuentran aún más significados importantes en los títulos de las canciones. Uno es “Opium”, que conecta con el concepto del sueño y el olvido del campo de amapolas de la portada, y el otro es “Anabasis”, posiblemente en referencia al poema épico del griego Jenofonte que narra una expedición militar hacia las tierras ignotas del este Persa de un grupo de 10.000 mercenarios atenienses, porque de todos los discos de Dead Can Dance, éste es el que carga sus texturas y su investigación world music hacia la tradición del próximo oriente, como en “Agape” –que suena a banda sonora de festín babilónico u omeya– o en la citada “Anabasis”. Decían los simbolistas franceses del siglo XIX –Baudelaire, Verlaine– que occidente había sido un error, que había que mirar siempre a Persia para recuperar el refinamiento de la civilización: Dead Can Dance parecen estar de acuerdo.

Además de las habituales escalas exóticas, en “Anastasis”, se reconoce a los Dead Can Dance de siempre, ricos en instrumentos antiguos como zanfonas y salterios junto con sintetizadores, fanfarrias de metal y percusión de mil gamas cromáticas, siempre en persecución de ese estado de trance o éxtasis que tan bien queda resumido en la apertura triunfal de “Children Of The Sun” –conducida por Brendan Perry con su voz grave y el vuelo de tambores, cuerdas y una marcha de trompetas– y el tema que sobresale por encima del resto, “Return Of The She-King”, un aroma medieval –teletransportación a una corte occitana del siglo XII– con referencias telúricas como años atrás ya ocurriera en “The Song Of The Sybil” (incluida en “Aion”), reactualización de una canción tradicional mallorquina de trasfondo mitológico. Siempre con el juego de voces dual: canciones llevadas por Brendan o por Lisa en solitario a las que, al final, se suma el otro para crear un efecto de desdoblamiento sublime.

En resumen: bajo la fachada de una canción de apariencia exótica –geográfica o histórica–, Dead Can Dance siguen ocultando varios niveles de lectura e interpretación, una cultura vastísima –hoy quizá inútil, en estos tiempos superficiales– encaminada a tejer un mundo propio que también puede ser el profundo sueño producido por la adormidera de la portada. Y más allá de eso, está la revitalización de una banda inimitable, incomparable, de culto en todos los sentidos de la palabra, para una inmensa minoría. 16 años después, el regreso de Dead Can Dance podía correr el riesgo de ser decepcionante, pero ha sido todo lo contrario: vuelven como si se hubiera detenido el tiempo, como si el mundo no hubiera cambiado, porque su tiempo y su lugar son otros: están más allá, hacia la eternidad y el infinito.

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