An Awesome Wave An Awesome Wave

Álbumes

Alt-J Alt-JAn Awesome Wave

7.7 / 10

En 1993, cuando Prince se cambió el nombre por un símbolo, aquello significó un movimiento revolucionario, casi incomprensible. Unos cuantos años después un puñado de punk-funkers neoyorquinos causaron un revuelo similar cuando escogieron como nombre artístico !!!, causándole a un monton de catalogadores de discos un increíble dolor de cabeza, y para quien quisiera hablar de ellos un severo trauma lingüístico. Pero en estos días es de rigor mirar más allá del alfabeto para escoger el nombre de tu banda. No hay más que ver el witch-house, o lo que quede de él: con nombres como †††, oOoOO y ///▲▲▲, eso parece una competición por ver quién da con el nombre más difícil de buscar en Google.

Ahora tenemos nombres que no sólo se resisten a las búsquedas de internet, sino que también específicos de algunos sistemas operativos. La banda llamada ▲, en verdad, nunca llegó a darse cuenta de que el símbolo triangular que utilizaban como nombre sólo se podía escribir con facilidad en ordenadores Apple, así que también utilizan el nombre Alt-J (que es el atajo del teclado para escribir ▲). Es una decisión típica de la banda, cuyo enfoque avanzado para la música se acaba atenuando por causa de sus esfuerzos para asegurarse de que nadie queda excluido en sus maneras de hacer las cosas. Es un equilibrio difícil de conseguir en un álbum de debut, pero “An Awesome Wave” lo borda.

Empieza de manera muy extraña, con una intro seguida de un interludio, aunque en verdad “Intro” es una canción propiamente dicha, y bastante bonita, por otra parte. Empieza lentamente, con murmullos de piano y una guitarra que se recubren mutuamente, antes de que un monstruoso bloque de bajo y de teclado acabe partiendo en dos la estructura y haga su primera aparición la voz extraña de Tom Newsom, cálida pero ligeramente espeluznante. Los mismos elementos se combinan en “Fitzpleasure”, cuando Newman lanza un misil en forma de letras indescifrables que baja rodando hacia una intro a cappella, y el teclista Gus Unger-Hamilton detona una línea de bajo que hace temblar los cimientos para sellar la destrucción. La cosa acaba redondeándose con acordes de guitarra certeros, muy a lo Link Wray. Es alucinante.

El otro momento memorable llega durante el primer single, “Breezeblocks”. Justo cuando te estás acomodando en una canción preciosa y ligeramente twee, llena de suaves y persistentes voces y las cuerdas de un dulcémele, todo desaparece de golpe y entra una línea de bajo estridente que sube el tempo, allanando el camino para uno de los números vocales en grupo más (¿sólo eso?) cautivadores de la historia del pop reciente, con todos los miembros de la banda uniéndose para vocalizar el lamento “Please don’t go / I love you so”, que consigue sonar caluroso y descorazonador a la vez. Incluir un pequeño coro resulta un movimiento misterioso, pero la ejecución es excepcional, sobre todo cuando las letras podrían sonar fácilmente trilladas. Hay vigor.

No es la única vez que la banda tira de los métodos de folk inglés tradicional. El primer interludio consta por completo de armonías a cappella, pero aunque las lancen con pasión y envueltas en reverbs propios de una iglesia de pueblo, no suena del todo convincente –además, seguro que pillaron un buen rebote cuando The Futureheads les arrebataron hace unas semanas el honor de ser la ‘primera banda indie a cappella del mundo’). El tramo central del álbum, con “Matilda” y “Ms”, tampoco deja huella, la primera por ser tan empalagosa como una caja barata de chocolates de San Valentín, y la segunda por ser poco audaz y anémica, al menos en comparación con buena parte del álbum. Los interludios que salpican todo el disco también corren el riesgo de aparecer tanto como descartes desechables como de viñetas para cumplir el expediente.

Y si sirven para cumplir el expediente es, básicamente, por el fuerte sabor que tiene este disco en su conjunto. “Dissolve Me” brilla con esa suerte de extrañeza psicodélica 80s de la banda de Julian Cope y Martin Hannet, Invisible Girls. “Tesselate” es algo distinta, un desvanecimiento letárgico que ocasionalmente chirría y hace un parón, sólo para mantenerte en pie. Casi da un poco de náuseas decir esto de una canción indie, pero a veces bordea en lo erótico. “Bite chunks off me”, suspira Joe Newman, olfateando de una manera audible como si llenase su nariz del aroma de un reciente trío. Brrrr.

Hay que reconocer que el truco de acelerar las frases y detenerse de golpe para darle empaque a la parte vocal lo emplean más veces de la cuenta, y que en ocasiones los instrumentos suenan extrañamente separados los unos de los otros (¿demasiados overdubs?), pero, con todo, sigue siendo un debut increíble e impresionante. Su nombre puede sonar algo minimalista y poco acogedor, pero su música es prácticamente todo lo opuesto a esto. El departamento de marketing de Apple probablemente está esbozando en este momento las líneas maestras de un contrato inminente.

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