Among The Leaves Among The Leaves

Álbumes

Sun Kil Moon Sun Kil MoonAmong The Leaves

7.8 / 10

Aunque Mark Kozelek ha compuesto y cantado algunas de las canciones más tristes y satisfactoriamente deprimentes de la historia, en su discurso y su manera de proceder siempre ha destacado un profundo sentido del humor, muchas veces encubierto en un cinismo inapelable, que despistaba y desconcertaba a sus seguidores, quizás aliados con una idea ficticia del ex líder de Red House Painters como un tipo solitario en permanente estado de melancolía creativa pero también personal. En realidad, o eso han comentado quienes han podido tratarle de cerca en sus recurrentes giras por España, Kozelek es un tipo ingenioso, chistoso, divertido y amante de la buena vida y las mujeres, como si el personaje torturado de sus grabaciones, sobre todo las de la primera época de Red House Painters, y el hombre de carne y hueso que busca posibles groupies entre el público y gasta bromas perversas a altas horas de la madrugada siguieran dos caminos opuestos en su particular trayectoria. Más follador que rompecorazones, más golfo que romántico.

Diría que en todos los discos que ha firmado, bien con su primera banda, bien en solitario o bien como Sun Kil Moon, su último proyecto estable, siempre ha habido espacio para el humor y el sarcasmo. Pero quizás nunca tanto como el que reserva para “Among The Leaves”, su nuevo álbum, quinto bajo el paraguas de Sun Kil Moon, y con el añadido de que lo utiliza para reírse de sí mismo. Este es uno de los ejes temáticos del disco, la mirada hacia uno mismo desprovista de compasión, flagelación o lamentaciones y repleta de nostalgia corrosiva. “Sunshine In Chicago” es el mejor ejemplo posible para ilustrar todo esto. En ella canta, inspiradísimo, algunas de sus mejores letras: “Sunshine in Chicago makes me feel pretty sad, my band played here a lot in the 90s / when we had lots of female fans and, fuck, the all were cute / now I just sign posters to guys in tennis shoes”. Kozelek rememora los años dorados al frente de Red House Painters en contraposición a un presente menos glamoroso y excitante, casi como se hubiera convertido en una versión folk-rock del Mickey Rourke de “El Luchador”, sin el exceso de bótox y con un circuito de salas y público menos decadente que el de la película.

“I Know It’s Pathetic But That Was The Greatest Night Of My Life” habla de su encuentro con una atractiva joven rusa en el backstage de un concierto en Moscú, y vuelve a hacerlo con el mismo tono autoparódico, entre el patetismo y la épica del perdedor. Pero “Among The Leaves” es algo más que un cúmulo de dardos envenenados, y especialmente graciosos, contra sí mismo; también es una cruda y directa desmitificación de la vida en la carretera y de la rutina de un músico de clase media. No lo hace con el tono de quien está de vuelta de todo, sino de quien ha estado ahí arriba, en la cima, y con el tiempo ha sabido relativizar y quitarle hierro a su involución hacia un estrato mediático y popular de perfil más bajo y modesto. Entre relatos desapasionados de giras interminables, fans extraños, hoteles deprimentes en el Reino Unido, encuentros furtivos y fugaces, anécdotas delirantes y bromas referenciales –las citas a John Denver o a “Grace Cathedral Park” en “UK Blues” son un gag en sí mismas– el ex Red House Painters suma un brillante capítulo a la contra crónica del rock y su vida de ensueño, uno de los más completos y redondos discos que ha grabado en estos últimos años.

A esto ayuda también la particular estructura compositiva del álbum, que en un 60% del total está interpretado únicamente con una guitarra de cuerdas de nylon, instrumento con el que, a conciencia, el californiano ha compuesto todas las canciones. Ya en la recta final de “Among The Leaves” Kozelek deja que se sumen al aquelarre algunos de sus colaboradores para darle un sonido más de banda al álbum, pero precisamente es la primera parte del mismo, la que nos presenta al cantautor en solitario y en píldoras breves de dos o tres minutos, en la que brilla más y mejor este nuevo territorio de exploración sonora de esencia más intimista y menos de grupo al uso. No se echa de menos la versión más derivativa de su discurso, y de hecho estas composiciones agradecen que el cantante no se deje llevar por sus pasajeras pájaras instrumentales –los célebres solos de guitarra o los loops de repetición cien por cien kozelekianos– y que se concentre a pleno efecto en la orquestación de un folk de melodías y estribillos exultantes que nos reconcilia con la mejor versión de nuestro antihéroe favorito.

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