America America Top

Álbumes

Dan Deacon Dan DeaconAmerica

9 / 10

Tres etapas en la formación musical de Dan Deacon hasta alcanzar aquí la cristalización definitiva de su ambición. Primero, la trituradora: “Spiderman Of The Rings” (Carpark, 2007), el origen de su boom en el underground, una alocada y confusa marabunta de samples y melodías que ponía en el mismo plano el enciclopedismo pop de Girl Talk con la psicodelia Beach Boys-iana en un mismo plano, con la densidad de un agujero negro; un disco sobrecargado en el que ya se traslucía su intención de cruzar canción popular y vanguardia experimental. Segunda etapa, alimentación: “Bromst” (Carpark, 2009) era su intento de poner todas sus influencias e intenciones en su lugar para demostrar que no era únicamente un creador bulímico que se alimentaba de estilos entrecruzados para luego vomitarlos, sino un creador a régimen de dieta equilibrada, sólo que con platos a rebosar: su último título en Carpark era otra sinfonía barroca que apuntalaba su técnica de songwriter, sólo que abrumada por sintes metastasiados y ráfagas de agudos saturados. Ahora, la tercera etapa, que coincide con su salto a Domino, es la de fertilización: “America” se ha quitado mucho lastre de encima, las canciones relucen, el barroquismo permite tibiamente que las influencias mayores avancen a primer plano, y lleva dentro la idea de avance, de creación de un orden nuevo. Deacon no ha perdido la ambición, pero lo más importante es que no ha perdido el olfato creativo.

“America”, que de primeras puede sonar a título patriótico, lleva dentro el mismo veneno que títulos como “Born In The USA”: es una reivindicación cultural y moral del país, pero en respuesta a la degradación social y económica de los últimos años. Dan Deacon no se ha escondido cuando las cosas han ido mal, y ha participado en Occupy Wall Street; también se ha planteado este trabajo como una colaboración con músicos cercanos e instrumentistas nuevos en su órbita, con la esperanza de que la unión de ideas y esfuerzos lleva al progreso. Por tanto, Deacon parece reclamar el regreso de otra ‘América’, más emprendedora, más social, más sensible, y lo hace con una colección de composiciones que remiten, a la vez, a la historia musical de Estados Unidos desde los años cincuenta hasta hoy, desde el rock’n’roll al minimalismo académico y hasta llegar al techno acompañado de lengüetazos de éxtasis: una tarea titánica –y hasta petulante, de haber caído en otras manos que él lleva hasta sus últimas consecuencias con éxito. No sólo es una victoria: es su mejor álbum, posiblemente. Tocará debatir si supera a “Bromst”, y aquí votamos a favor.

¿Cuáles son los argumentos estéticos de “America”? Como si estuviera pensado para plancharse en vinilo (y escucharse en este formato, y no en ningún otro), hay un grupo de cinco canciones iniciales –la cara A– que lucha por inventar una nueva modernidad para el pop en el siglo XXI, y una suite ambiciosa, de cuatro cortes enlazados y unidos por el título común “USA”, que desarrolla el lenguaje avantgarde-sinfónico (como un encuentro entre Animal Collective y Aaron Copland) de Dan Deacon, en la línea de sus últimos trabajos fuera del mercado discográfico como su banda sonora para “Twixt”, de Francis Ford Coppola, o sus obras para ensemble “Ghostbuster Cook: Origin Of The Riddler” y “An Opal Toad With Obsidian Eyes”, de los que recupera aquí un gusto por una percusión dinámica y casi coral. El primer segmento de “America” comienza con una tormenta de tambores y un laberinto de arpegios en “Guilford Avenue Bridge”, entre la marcha militar y los racimos de notas repetidas de Terry Riley –con inyección de ruido eléctrico– para dar paso a una canción preñada de optimismo, “True Thrush” y chispazos raros, y que logra brillar en su cruce entre despreocupación hippy y pesadez psicodélica, de la que “Lots” –con el volumen subido hasta el punto de distorsionar– es una especie de encore space-rock, como Spiritualized puestos de peyote. Llega luego “Prettyboy”, otra pieza espacial que suena como una versión extendida, y con piano romántico, de la intro del “Halcyon” de Orbital –o sea, la felicidad absoluta– y se cierra con el glam cacofónico de “Crash Jam”.

Pero el tour de force está en los cuatro movimientos de la suite “USA”, donde ya suenan violines y xilófonos en abundancia y Dan Deacon echa el resto en una demostración de conocimiento del lenguaje avantgarde. El primer segmento, “Is A Monster”, parece una versión de Fuck Buttons –sobre todo, sus temas más ‘olímpicos’, con fanfarria de trompetas y épica– con (imaginarios) arreglos orquestales de Philip Glass y (también imaginario) cameo vocal de los bros de Animal Collective –debe ser algo intrínseco de Baltimore, como la unión de los tres lados de un triángulo–, y que desemboca en “The Great American Desert”, un título que evoca piezas como “Grand Canyon Suite” (de Ferde Grofé) pero que tiene más la textura de pop maximalista con efectos de videojuego. La tercera parte, “Rail”, evoca el crecimiento y expansión de Estados Unidos –el ferrocarril como vertebrador de la nación– al más puro estilo Steve Reich, con clarinete, xilófono y un bucle de percusión que, no por casualidad, imita el de la pieza “Different Trains” hasta que la música, una vez más, se desliga de su referencia directa, crece en otra fanfarria de gloriosa felicidad y concluye en “Manifest”, que es como volver al principio, al chorro de ruido, la percusión rabiosa y el clímax caótico: un disco circular, pensado al milímetro, ejecutado con atrevimiento, un golpe encima de la mesa de un Dan Deacon que ha venido a decirnos que ya basta de tratarle como un freak. Hay que tratarle, a partir de ahora, como uno de los más grandes compositores americanos vivos.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar