Air Museum Air Museum

Álbumes

Mountains MountainsAir Museum

8.1 / 10

Mountains  Air Museum THRILL JOCKEY

De todos los proyectos que en los últimos años han jugueteado con la estética del drone y ese larguísimo flujo constante de sonido monocromo, a chorro como salido de una manguera, ha sido Mountains el que, muy posiblemente, más se haya acercado a la idea emocional de la calidez. Quizá porque nunca han sido constructores conscientes de drones –en los primeros LPs, “Mountains” (2005) y “Sewn” (2006), grabados en su propio sello Apestaartje, había un sonido más arenoso que granítico y, todavía, se percibía perfectamente la diferencia entre los instrumentos acústicos que les daban esa cualidad folk inherente y el tapiz de field recordings que dominaba el espectro más electrónico de su estética–, Mountains sorprenden de manera inesperada en este “Air Museum” que afianza su relación contractual con Thrill Jockey. Sorprenden porque es un álbum de estructura más rígida y efecto más hipnótico, dándole una vuelta a lo que ya habían conseguido en “Choral” (2009), un pequeño best-seller underground lleno de sonidos de órgano, guitarras terrosas y sintetizadores voladores.

Explican desde Thrill Jockey que los nuevos matices que alcanza “Air Museum” se deben a dos cambios drásticos en el procedimiento de grabación. Por una parte, Koen Holkamp y Brendon Anderegg han salido de sus pequeños cubículos domésticos y han trabajado, por primera vez, en un estudio de grabación profesional y bien equipado con el que han multiplicado las posibilidades de encontrar frecuencias y texturas útiles para su viaje espacial. Por otra parte, los instrumentos acústicos que siempre habían estado ahí –el rastro por el bosque que dejaban las guitarras y que conducía a la cabaña de John Fahey mientras escuchaba un disco de Brian Eno sentado en el porche, a la sombra de los arces– ya no se han procesado a través del ordenador –que los mantiene más limpios y nítidos–, sino a través de sintetizadores y pedales analógicos: surgen, por tanto, más ásperos y deformados, hasta el punto de que es imposible diferenciar si la fuente original de un sonido es acústica o sintética. Todo “Air Museum”, por tanto, suena como un gran sintetizador modular de los años 70 al que se le ha sacado brillo y se asoma al filo del altavoz con la refulgencia extasiante marca Mountains. Es, quizá, el álbum más extático del dúo teniendo en cuenta lo útiles que ya eran los tres anteriores –incluyendo los vinilos “Mountains Mountains Mountains” y “Etching”– para experimentar situaciones extracorporales.

En composiciones como “Thousand Square” y “Sequel” es donde se manifiesta mejor el cambio: laten con pulsaciones lentas de música cósmica alemana, como unos Mountains abducidos por las fases más meditativas de Tangerine Dream. Pero es un parecido casual, que añade carácter y épica, sin borrar en ningún momento lo que siempre se espera de ellos, por ejemplo, los minutos deslizantes de “Blue Lanterns Of East Oxford” o “Janaury 17”, vibrantes drones que crecen y se expanden como una burbuja hasta que, al final, de manera mansa y sin explotar, se encogen (y, a veces, conservando las cuerdas sin tratar, como en el final de “Backwards Crossover”, que concluye mansamente mecida por la guitarra). Como si a la música helada y brutal de Tim Hecker, por tanto, le atacara una ola de calor que la transformara, primero en agua, y más tarde en vapor. Así, con esa levedad y ese preciosismo, se desarrolla este nuevo álbum de Mountains que se sitúa, si no como el mejor de su carrera –sería mucho decir– sí como el más próximo y de impacto más instantáneo.

Javier Blánquez

Mountains - Live at the Triple Door

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