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St. Vincent St. VincentActor

8.8 / 10

St. Vincent Actor 4AD

Hasta que decidió echar a volar en solitario, la multiinstrumentista Annie Clark compartía proyectos con estrellas del indie mesiánico norteamericano como Sufjan Stevens y The Polyphonic Spree. Hace un par de temporadas nos sorprendió con “Marry Me” (Beggars Banquet, 2007), lanzándose igual que sus compañeros a la reconquista de esa cima de belleza lírica y perfección barroca que hace cuatro años sublimara el inolvidable “Illinoise” del mitificado Sufjan. Su lustroso disco de debut fue el aviso de llegada de una personalidad musical aplastante que ahora se ve enfatizada con este milagroso “Actor”, un trabajo luminoso en apariencia pero oscurísimo por dentro, que ella recomienda si te gustaron los episodios más perversos de la serie de televisión “Historias Desde La Cripta” (1989-1996). Clark rehúye lo obvio y lo barato demostrándonos que al pop grandilocuente todavía se le puede dotar de grandeza, sin miedo a sonar denso sino celestial. Así lo demuestran once canciones inagotables, indescifrables, nuevas a cada escucha.

Con una empatía arrolladora, su voz embruja con un refinamiento sexy y sofisticado como el de Fiona Apple, Regina Spektor, Sarah Worden ( My Brightest Diamond) o su amiga Amanda Palmer. Tan completa o más que ellas, el potente cancionero de St. Vincent es un continuo regocijo para el oído que funciona como un engranaje de precisión suiza. Las canciones se ensamblan según una artesanía imposible en la que cada una encierra un giro de tuerca inesperado. Así va tomando forma un elegante torrente de pop en cinemascope que centellea con instrumentaciones hiperbólicas, ritmos mecánicos, florituras divinas heredadas de la Disney, progresiones irresistibles, guitarras que se incendian de repente, coros volátiles y, masajeándolo todo, su voz, esa voz impecable que reina sobre el desenlace en ascenso de “Black Rainbow”, que comanda el ímpetu de ese hit turbio que es “Actor Out Of Work” y que nos da a morder de “Laughing With A Mouth Of Blood” como si nos ofreciera una manzana envenenada.

Muy influenciados por el cine, todos los temas derrochan capacidad evocadora brillando como un destello continuo de paisajismo sonoro. Sus letras, en las que nos relata cual mujer desesperada las miserias y misterios de vecinos, extraños y amigos por demostrar, encandilan y abruman pero al mismo tiempo perturban, dejando al oyente desconcertado y sobrecogido por un juego de contrastes que enfrenta luz y oscuridad y que también queda ilustrado por las violentas sacudidas que interrumpen de repente el fluir preciosista de algunos temas. Ahora angelito y luego diabla, en esa capacidad camaleónica para saltar de lo blanco a lo negro radica la fuerza expresiva de “Actor”, aunque también precisamente eso devenga el principal obstáculo a la hora de que la propuesta no logre cuajar del todo entre oyentes inocentes. El gran respeto crítico cosechado y el rigor formal de St. Vincent no desdibujan ese carácter viciado y tóxico que ha provocado que por ahora su obra no haya sido acogida con todo el calor que merece (algo de lo que también se ha resentido, por ejemplo, Hanne Hukkelberg con su último trabajo). Por eso sería de recibo que hiciéramos un esfuerzo extra para intentar que este tesoro del pop de cámara no se nos pase por alto.

Cristian Rodríguez

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