Acousmatic Sorcery Acousmatic Sorcery

Álbumes

Willis Earl Beal Willis Earl Beal Acousmatic Sorcery

7.5 / 10

Le gustan la noche y las estaciones de tren. También el desierto. En 2007 se muda a Albuquerque para vivir cerca de él. Merodea por la ciudad como si fuese un indigente, empieza a cantar para conocer gente y al poco tiempo ya graba en casetes sus rudimentarias canciones. Lo hace armado de un karaoke, un micrófono de vertedero y una imaginación que le lleva a producir efectos especiales con cosas como grifos o bolsas de plástico. Cuando llega el momento de autopromocionarse, deja CDs desperdigados por los alrededores y reparte flyers con sus dibujos y su número de teléfono. En enero de 2010 uno de ellos llega hasta las manos de Davy Rothbart, quien decide sacarle en portada de Found, y la revista, que recopila curiosidades encontradas por ahí, se anima a financiarle la grabación de algunos de sus cientos de temas. De vuelta en su Chicago natal, se presenta al cásting de “X Factor”. No es seleccionado aunque tampoco se lamenta: en Nuevo México ya ha prendido la mecha y tras la publicación auspiciada por Found de una compilación suya con dibujos, poemas y 17 canciones, parece que la vida empieza a sonreírle. Mos Def le pega un telefonazo, es fichado por un subsello de XL Recordings y en abril de este año ya lo tenemos abriendo para SBTRKT.

El deseo de Willis Earl Beal se ha hecho realidad. Quería ser un artista de culto y, aunque eso mismo ya debería bastar para no serlo, su leyenda de alma errante le ha llevado a conseguirlo. Las once canciones de “Acousmatic Sorcery” no sólo le convierten en uno de los debutantes más interesantes surgidos recientemente sino en la gran revelación actual de una escena weird folk que necesitaba urgentemente de, al menos, un representante genuino. Disonante, naturalista ( “Hago arte porque tengo que hacerlo; es como vomitar”) y deliberadamente escabroso, Willis escribió estas once canciones sin expectativas de que fueran publicadas y en eso radican tantos sus virtudes como sus defectos. Hacen de sus limitaciones su razón de ser. Suenan feístas y desvalidas pero también carnales e inquietantes. Son canciones crudas, sin brasas ni aderezos, que hablan sobre la dificultad de relacionarse con los demás y que le fotografían tan indefenso como salvaje. “I’m full of shit and doubt” ( “Evening’s Kiss”); “I guess that it could be worse. I know it could be worse” ( “Monotony”); “I got a few looks from pretty women on my way to the latrine” ( “Angel Chorus”); “Is there some transcendental train for the ones who are none?” ( “Cosmic Queries”). Willis escribe con las tripas y su garganta de oro escupe las letras sin que él parezca apenas inmutarse.

“Acousmatic Sourcery” destaca, sobre todo, por su condición de disco desengrasante. Con sus raquíticas arpas, sus esbozos de rap paleolítico ( Swing On Low” o “Ghost Robot”, donde le vemos “freewheeling like I’m Bob Dylan”) y ese aspecto baldío que sólo despierta compasión, limpia el oído e invita a cuestionarse en función de qué debemos juzgar a un artista o, es más, cómo es necesario irse hasta los márgenes para tomar la perspectiva necesaria y otear el conjunto con claridad. Nuestro hombre transita por las cunetas de modas y tendencias. Tiene mucho de aquellos desequilibrados outsiders con quienes se le ha venido comparando (Wesley Willis, Daniel Johnston) y también de otros en principio no tan evidentes como Sharkula, con quien comparte la manera de venderse repartiendo pegatinas. Pero los héroes que él siempre menciona en las entrevistas son Jandek y Tom Waits –de herencia bastante obvia en cortes como “Take Me Away”–, y por sus canciones deja que se filtren recuerdos de antiguos cantantes de blues ( “Sambo Joe From The Rainbow”, “Bright Copper’noon”) o de los añorados Moldy Peaches ( “Evening’s Kiss”). La resaca de estos déjà vu’s deja tras de sí el rastro de un emergente talento, al tiempo que plantea todo tipo de sentimientos encontrados sobre su futuro. Lo mejor será no esperarse absolutamente nada.

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