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Sports

La tragedia de (no) ser Nobita

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Solo Doraemon y su gorrocóptero pueden salvar ya la cabeza de Bartomeu, el presidente del Barça apodado Nobita, tras un verano desastroso

Ignacio Pato

04 Septiembre 2017 17:16

Si somos como se nos ve, el presidente del Barcelona es Nobita. Josep Maria Bartomeu sabe que su apodo es el del amigo de Doraemon. Lo dijo aquí: "soy Nobita porque Messi es Doraemon; lo soluciona todo". Su mote está tan integrado en la cultura popular que algún programa deportivo sensacionalista ya ha ilustrado algunas de sus declaraciones con la canción de este anime de 1969 de fondo. A Bartomeu hasta le han puesto en su wikipedia Nobita vete ya:



Es una pena para él que no sea verdad. En realidad poco paralelismo hay aparte del relativo parecido del presidente Bartomeu con el miope niño incapaz tutelado por un gato cósmico azul. Cuesta imaginarse a Messi con un tapón-borrachera dándole priva a Nobita, como @calitat y Paula Cantó reflejaron en este análisis de la serie en El Confidencial. Cuesta imaginarse a Bartomeu en un plan tan sórdido como Nobita acosando sexualmente a Shizuka. Cuesta imaginarse que Bartomeu pueda ser tan cabrón como Nobita cuando no está recibiendo collejas. Y joder que si cuesta imaginarse al hierático Messi con una gorra de hélice.

A Bartomeu se le ha torcido tanto el verano que hasta le ha aparecido el fantasma de la moción de censura. Siendo serios, lo tiene mucho más crudo que Nobita.

Gris empresario criado en ESADE, heredó la presidencia del Barça en 2014 tras la renuncia de su jefe Sandro Rosell, hoy durmiendo en Soto del Real por blanqueo desde mayo pasado. En julio de 2015 ganó las elecciones bajo el lema Bo pel Barça y sobre la ola del triplete que acababa de ganar el club culé con el tridente Messi-Suárez-Neymar. Legitimar su imagen de interino y hasta de okupa de la presidencia parecía logrado, pero no este verano su gestión parece haber tocado fondo.



El perfil bajo de Bartomeu ha sido una losa para muchos socios blaugrana en lo tocante a la imagen del club. Durante la temporada pasada, Piqué pareció erigirse en portavoz de facto con sus quejas a los árbitros. La respuesta del club fue errática: pidió a sus jugadores que no lo hicieran aunque apoyó verbalmente a Piqué tras la multa que recibió. También la directiva de Bartomeu pareció ir a rebufo del defensa cuando este criticó los valores del Real Madrid.

En un año marcado por Liga y Champions merengues, buena parte de la afición conectó con las palabras de un Piqué que, en el fondo, evocaban la vuelta a una línea más dura de orgullo culé. A un laportismo sin Laporta, si se quiere, para combatir una etapa actual que les ha hecho acordarse de los años de plomo del primer nuñismo.

Y como Messi es muy bueno pero no Doraemon, el Barça cerró la temporada con una Copa del Rey ante el Alavés en la que tenía mucho más que perder que que ganar.

Tampoco han gustado las declaraciones del presidente sobre la presunta sequía de La Masia, diciendo que Xavi -precisamente el capitán había dicho que el club se había "dormido" en este aspecto-, Piqué o Iniesta eran el problema al suponer un tapón para la aparición de nuevas perlas.



Pero lo peor estaba por llegar. El PSG le entró a Neymar y este se dejó querer. El vicepresidente deportivo Jordi Mestre dijo que "Neymar se queda al 200%", Piqué tuiteó que su amigo, también, se quedaba, y el socio volvió a preguntarse qué estaba haciendo la directiva para evitar que le quitasen a Neymar, que este pusiera sus intereses personales por encima de los club o las dos cosas a la vez. Sucedió eso último, Al-Khelaifi puso 222 milones de euros y dejó al barcelonismo, habituado a ser un equipo comprador, con una herida de vulnerabilidad cuya llaga tardará en curar.

Y tardará porque precisamente Bartomeu, a quien también se acusa de fomentar un excesivo protagonismo de la Messi-Neymar-Suárez, no ha sabido gestionar la única parte buena de esa amputación: el cashflow del fichaje más caro de la historia. El Barça, més que un club, ha recibido calabazas multiplicadas por tres. Ni Verratti, ni Bellerín ni Coutinho. La guinda ha sido el esperpento final de otro fichaje frustrado, el del francés del Niza Seri por 40 millones, rematado con una retirada blaugrana a última hora y un "es la primera vez que nos pasa" de un avergonzado Bartomeu.

Pero el dinero de Neymar ya no está. De hecho, el Barça se ha gastado diez millones más de lo ingresado por el brasileño comprando a Semedo, Deulofeu, Paulinho y Dembelé, cuya presentación fue otro drama para Bartomeu. Empezó dos horas tarde y casi 18.000 personas pidieron su dimisión.

En el cátering, ni rastro de dorayakis. Y lo que es peor, ni un triste gorrocóptero a mano para salir pitando.



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