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Cómo dejar de ser el hijo tonto del mercado laboral

Poco antes de que Satanás fichase para siempre al dictador Franco, los futbolistas españoles espabilaron y pasaron de esclavos a sindicalistas

En los 70, poco antes de que Satanás pagase la cláusula de rescisión del dictador Franco, los futbolistas eran como un hijo tonto. Caros pero tutelados.

A pesar de que su producción de goles y triunfos se traducía en dinero para sus empleadores, no estaban considerados como trabajadores por cuenta ajena. No cotizaban a la Seguridad Social, y de accidentes laborales como las lesiones se ocupaba una mutua gremial. El futbolista, en caso de conflicto laboral no podía acudir a la Magistratura de Trabajo sin jugarse la retirada de la ficha, equivalente a una jubilación a los veintitantos. Es una historia que Fernando Cuesta desentierra en La pelota yeyé, editado por Rema Y Vive.

De esclavitud técnica califica Cuesta aquella situación. El trabajador del balón no tenía estipulados límites de horario ni de jornada, y podía ser reclamado por su club a discreción para cualquier acto corporativo. Existían reglamentos internos de comportamiento, con limitaciones insólitas como la de no estar fuera de casa pasadas las 12 de la noche o la de tener en permanente estado de revista el traje que el club le daba a cada jugador a principio de temporada. Algunos, como el Málaga, llegaban a prohibir a sus chicos jugar a las cartas o bañarse en la piscina del hotel. El Derecho de Retención hacía el resto: el jugador no podía irse del club por su propia voluntad, y al expirar su contrato este era renovado unilateralmente con una mínima mejora.

Esta traslación del paternalismo franquista al fútbol se rompería a través de un exjugador, José Cabrera Bazán, doctorado en Derecho e integrante de la rama sevillana -Alfonso Guerra, Felipe González y Luis Yáñez- del PSOE. Suyo fue el estudio fundacional que denunció estas condiciones y él fue el moderador del histórico primer congreso -a puerta cerrada y con mucho miedo a las represalias aún- de la Asociación de Futbolistas Españoles, la AFE, el primer y único sindicato de jugadores del país. Junto a él, aquel 26 de febrero de 1976, estaban Amancio, Iribar o Rifé.

Solo un mes después, el Manresa, de Tercera, protagonizaba la primera huelga del fútbol español por la deuda de 8 millones de pesetas que mantenía el club barcelonés con sus jugadores. El club trataría de reventar la reivindicación a la manera clásica de la patronal: sustituyendo a los trabajadores por esquiroles forzados, en este caso jugadores juveniles. Perdieron 1-9 contra el Huesca. La Federación, embrión de la actual LFP presidida por Tebas, dejaría claro en qué lugar de la lucha estaba sancionando a los huelguistas entre uno y dos años sin jugar.

Hubo más huelgas, y el Derecho de Retención murió: en 1985 nacía la cláusula de rescisión que, si el jugador abonaba -con ayuda de su club pretendiente- le liberaba.

Sin embargo, tal y como recuerda Cuesta en su catálogo de jugadores de finales de los 60 y principios de los 70, junto a los futbolistas pop como los melenudos Pons o Becerra, los niños bien tipo Charly Rexach, Manolo Velázquez o el playboy de La Romareda Carlos Lapetra, los leñeros Ovejero o Goyo Hacha brava Benito, también hubo rebeldes pioneros.

Como Jorge Alberto Mendonça, uno de los mejores delanteros de la historia del Atlético de Madrid. El angoleño, además de ganar una Recopa formando ataque junto a Adelardo, Peiró y Collar, se pasó la mitad de su carrera diciendo que aquello no acababa de llenarle, hizo pública su pertenencia a los pésimamente vistos por la dictadura Testigos de Jehová y se decía que repartía biblias casa por casa, mientras amenazaba con dejarlo todo para ocuparse de una fábrica de detergentes. Le ganó en el año 72 un juicio de casi dos millones de pesetas al Mallorca llegando hasta el Supremo, que efectivamente dio validez al caracter de trabajadores de los futbolistas. Ahí se quebró todo. Los tribunales le daban la razón a la tesis de Cabrera Bazán, y sentaban jurisprudencia con la frase "hay dedicación íntegra, absoluta y permanente al servicio del club, que a efectos laborales posee la calidad de empresario, que compensa la total dedicación del jugador y que impide cualquier otra actividad que le permita subvenir a sus necesidades y a las de su familia".

Otro atlético, el portero Zubiarrain, también iba a presentar batalla. Con 26 años, le retiró una ciática y el vasco llevó al Atlético a los tribunales, exigiendo cobrar el total de lo que le quedaba por contrato. Zubiarrain ganó, y gracias a ello comenzaron a verse lesiones graves o irreversibles como la suya como accidentes de trabajo.

Otro adelantado iba a ser Quino, andaluz de Triana e hijo del poeta del 27 Juan Sierra. A Quino le hizo el Betis un contrato profesional bastante chusco cuando tenía 18 años -debería haber tenido ficha de juvenil- y quedó atado al club verdiblanco de por vida... O no. Porque ante el interés del Real Madrid, el jugador se rebeló. Amenazó incluso con retirarse a los 24 años, y será una pelea con el presidente bético en el descanso de un partido la que acabe postrándole a entrenar solo, apartado de sus compañeros. Le acabarán "dejando" fichar por el Valencia, pero lo importante es que al poco de retirarse de verdad, se convirtió en el primer presidente de la AFE. Sus compañeros le prefirieron a su rival, el ex-Athletic Ángel María Villar. Bajo su mandato los jugadores lograron entrar en la Seguridad Social.

Hoy el tópico manda que el futbolista profesional es un privilegiado, pero esto solo es cierto en la cúspide de la pirámide. Datos como los de la última encuesta del sindicato internacional FIFPro - un 41% cobra tarde, un 45 percibe menos 1.000 dólares al mes, el 29% se ha visto obligado a cambiar de club contra su voluntad- demuestran que la reivindicación sigue siendo más necesaria que nunca para la mayoría del colectivo. 

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