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Los 'okupas' indígenas regresan a Maracanã

Las clases de tupí y la reforestación de un párking abandonado traen de nuevo la resistencia indígena a su histórica ocupación al lado del estadio

Una de las imágenes más feas que dejaron los preparativos del Mundial de 2014 en Brasil fue el violento desalojo del edificio conocido como Aldeia Maracanã, en 2013. Los evacuados por la fuerza eran decenas de indígenas que querían que el espacio abandonado fuera dedicado a la cultura indígena como lo fue hace un siglo, cuando fue donado a la comunidad aborigen.

Cuatro años, un Mundial y unos Juegos Olímpicos después, los ‘okupas’ indígenas (unos pocos, entre tres y diez depende del día, muchos menos que los 60 que por entonces residían allí) han vuelto a este emblemático edificio a escasos 20 metros del estadio que vio hace menos de un año al Brasil de Neymar colgarse el primer oro olímpico de su historia en fútbol.

Regresaron en octubre del año pasado, poco después de que los Juegos echaran el cierre y fuera desmontado todo el vallado y sistema de protección a su alrededor.

Las cosas han cambiado desde 2013. El espacio, parte del cual funcionó como párking durante los eventos deportivos, no está siendo usado por la concesionaria que lo regenta. Es Odebrecht, la contratista de obras que está en el ojo del huracán del Caso Lava Jato, uno de los mayores escándalos de corrupción del mundo.

El gobernador que mandó desalojarlos en 2013, Sergio Cabral —mismo apellido por cierto que el colonizador portugués al que se considera descubridor de Brasil   ahora está preso.

Y, sin horizonte de nuevos megaeventos y unas arcas públicas demasiado secas como para meterse en construir algo allí, parece difícil que los propietarios pidan ahora echarlos de nuevo.

 Poityra, en la Aldeia Maracaná / G.A

“'Aldeando' un párking”

Sin un desalojo en el horizonte, los indígenas se ocupan en replantar el amplio espacio de cemento que funcionó como aparcamiento durante Mundial y Juegos. Después de meses a pico y pala rompiendo el asfalto, ya brotan los primeros frutos de maíz y banana que han plantado desde su regreso.

También han plantado aloe vera, citronera, boldo y otras plantas medicinales. Y se conserva un gran árbol de jenipapo, cuya fruta además de ser comestible sirve para elaborar las pinturas de cuerpo de los indígenas.

“Queremos 'aldear' porque, de esta forma, otros indígenas que quieren venirse a vivir a la ciudad lo tienen más fácil”, cuenta José Guarajara, líder indígena que también da clases de tupí-guaraní los sábados. A la última clase asistieron unos diez alumnos.

“Lo que nos gustaría es que aquí hubiera una universidad indígena, que a nuestros ojos ya existe, porque trabajamos y enseñamos varios aspectos de nuestra cultura. Pero a ojos del Estado no”, añade. Zé, como le conocen los amigos, llegó a Río por primera vez en el año 92, para la conferencia de sostenibilidad Eco-92, en la que se habló de la cuestión indígena y su conflicto con los madereros que ocupan sus tierras.

La resistencia cultural también se da contra las agresiones verbales de algunos policías que hacen guardia delante del edificio. “Muchas veces nos dejan claro que no les gusta nuestra cultura o nos gritan que el lugar de los indígenas es la selva”, se resigna Zé.

Brotes verdes sobre el cemento de la Aldeia / G. A

Más de un siglo de resistencia

Las raíces de la reivindicación de este histórico edificio a pocos metros del Maracanã por parte de los indígenas se hunden en 1910, cuando el Servicio de Protección del Indio les cedió el espacio.

Durante los primeros años, el caserón sirvió como sede de dicha institución y entre el 53 y el 77 se convirtió en el primer Museo Indígena de la ciudad. Después, el museo fue transferido al barrio de Botafogo y el edificio quedó abandonado.

G.A

Después de años sin uso y convertido el Museo Indígena en un centro a merced del Estado que los indígenas no consideraban suyo, 20 indígenas decidieron ocuparlo en 2006. Durante años, residieron allí decenas de indígenas (llegaron a ser 60) y simpatizantes de la causa, rescatando tradiciones y una forma de vida propias de la selva en medio de la gran ciudad...

... Pero la proximidad del Mundial y los intereses económicos convirtieron a los indígenas en una molestia para la organización del evento deportivo. La resistencia a su demolición se unió a las causas para mantener el estadio de atletismo Celio Barros y el Parque Acuático Julio Delamare, cuyo uso social era mayor que el esperado de los grandes recintos que se construirían en los Juegos. La Justicia frenó las tres demoliciones.

Antes, en 2012, una resolución judicial que los indígenas tienen colgada en un poste con orgullo determinó que aquel área continuaba siendo área indígena.

El desalojo, de todos modos, se hizo efectivo en 2013 con gran agresividad de la policía, que lanzó gas pimienta a varios indígenas y activistas que apoyaban la causa “y también a niños”, recuerda Poityra.

Ella y Zé Guarajara, dos de los más activos indígenas de Río, vivieron otro episodio de violencia en julio del año pasado: ocuparon el Museo del Indio de Botafogo y les sacaron con agresiones.

Poco después, también el museo cerró. Poco se sabe de los motivos. En el cartel que algunos visitantes encontraron en su puerta, alegaban que estaba cerrado “en defensa de los indígenas”. Pero varios visitantes han lamentado en el Facebook del centro la falta de información sobre el cierre y sus causas.

La mayoría de indígenas que vivían en la Aldeia, entretanto, fueron realojados en casas de protección oficial, aunque eventualmente se suman algunos de ellos a la resistencia en la Aldeia.

Pero al final , los cinco o siete irreductibles que están allí día tras día son la muestra más viva y visible de la cultura indígena en la ciudad carioca. Son memoria viva para que no se pierdan más lenguas como las 1.100 que se han desvanecido en los últimos 500 años y para que no se olviden las agresiones (y asesinatos) que muchas tribus sufren cuando la industria maderera o el agronegocio decide explotar las tierras que pertenecen a los indios por ley a lo largo y ancho del país.

Los más de 30 años de lucha de Zé Guarajara no parecen desgastarle: “No me canso de luchar, nunca me cansaré —asegura— , porque si un líder se cansa, ¿cómo vamos a esperar que el resto de indígenas luchen?”.

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