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Barcelona jugable: la ciudad quiere que los niños vuelvan a la calle

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Barcelona está orgullosa de su equipo profesional, pero en sus calles está prohibido jugar al fútbol. El ayuntamiento quiere ahora cambiar una ley que ha expulsado a muchos niños del espacio público

Ignacio Pato

06 Agosto 2017 06:00

Si Vázquez Montalbán levantara la cabeza, volvía a morirse. En la plaza que lleva desde hace ocho años su nombre, los niños no pueden jugar al fútbol. Su barrio Xino ahora es el Raval, y aunque ese cambio lo llegó a ver, no alcanzó a conocer la llamada ordenanza de convivencia de 2006.

La misma que establece multas de entre 750 y 1500 euros por jugar a la pelota en la calle. Ahora el ayuntamiento de Barcelona quiere eliminar esas sanciones.


Prohibido jugar a la pelota en la Plaça Manuel Vázquez Montalbán del barrio del Raval

Prohibicionismo desproporcionado

El equipo de gobierno de Ada Colau quiere modificar una ordenanza que ha sido duramente criticada por movimientos vecinales y sociales por legislar en base a una libertad entendida -à la Isaiah Berlin- más como un concepto negativo que positivo, en base a un liberal y pseudo derecho "a no ser molestado".

Fuentes municipales nos aseguran que a partir de septiembre iniciarán los trámites para cambiar una ley que "ha proyectado un imaginario prohibicionista, una ordenanza que parte de una corriente criminológica de tolerancia cero en la que Barcelona creó escuela". También hablan de la falta de proporcionalidad: la multa es, según la ordenanza vigente, la misma por organizar un partido en la calle que por cualquier tipo de comportamiento xenófobo, racista, sexista u homófobo.

La prohibición actual de jugar al fútbol en la calle se basa en una posible molestia del resto de vecinos. Algo que desde el ayuntamiento tildan de "concepto jurídico indeterminado". El resultado es un vecindario potencialmente legitimado para "forzar que la plaza esté en silencio" -añaden-, "cuando es natural que en el espacio público haya ruido de niños jugando".

La ciudad jugable

Ya están funcionando medidas concretas para permitir juegos con balón que en 2015 originaron 39 multas y en 2016, 10. Una de ellas es abrir patios de colegio cercanos a las plazas, como ocurre en la de Navas, en Poble Sec. En el Raval esta medida se ha implementado con una especificidad social: crear espacios ad hoc para el cada vez más popular cricket. "Se trabaja para tener un patio abierto en cada barrio, es una forma de ganar metros cuadrados de espacio público", afirma el equipo de gobierno.

En las plazas de Gràcia, lo que comenzó como un conflicto entre chicos que jugaban al fútbol y los camareros de las terrazas, con la primera reacción de estos de secuestrar el balón, ha acabado con una original iniciativa. Los jugadores llevan un balón de reglamento al comerciante y este se lo cambia, durante el tiempo que dure el partido, por una pelota de espuma.

El mayor cambio será cultural, asegura el ayuntamiento. María Truñó, directora del Institut Infància i Adolescència, está de acuerdo. "No podemos gestionar el espacio público desde la queja. El juego de los niños nos beneficia a todos. La presencia de niños jugando en la calle debería ser un termómetro de cómo se está cuidando la vida comunitaria. Es como las mariposas, cuya presencia es un buen indicador de la calidad del aire".

Ella también cree que "no puede flotar en el aire ese mensaje de prohibido jugar". Añade que "más juego favorece la vida comunitaria, es un efecto dominó. Este tema no solo afecta a familias con hijos, una ciudad más jugable nos beneficia a todos". Y cree firmemente que más niños jugando en el espacio público es sinónimo no solo de un espacio más humano, sino también más seguro. 


Cartel de prohibido jugar a la pelota en la calle Blai, una de las más turísticas de Poble Sec

Hacia una nueva Barcelona

En el equipo de gobierno de Barcelona creen que en el origen de la actual ordenanza se confundió convivencia con seguridad. En este sentido sostienen que 2017 es distinto a 2006, "cuando a los barceloneses les preocupaba más la inseguridad, pero ahora es el paro o los problemas que trae el turismo intrusivo". Una mirada de género o introducir la regulación de las 'rutas de borrachera' son otros de los objetivos de cambio en la norma.

Transformar el espacio público en bien común es la clave. No en vano gran parte del origen de Barcelona En Comú hay que buscarlo en Plaça Catalunya en mayo de 2011. El activismo del 15M del que se nutre el actual gobierno local ya irrumpió contraviniendo la ordenanza cívica.

Ni el ayuntamiento ni Truñó niegan un posible conflicto que podemos resumir en una palabra: balonazo. La solución pasa, en lo simbólico, por que la cartelería prohibicionista pueda ser sustituida por un 'juega con respeto'. En lo real, por la descentralización: que cada distrito gestione las plazas en base a sus peculiaridades. La actual ordenanza, se lamenta el gobierno municipal, "es una ley que cae sobre toda la ciudad pero parece casi pensada para Ciutat Vella, el distrito que se lleva el 57% de las multas".

Truñó apela a la solidaridad intergeneracional. Los mayores de hoy ya jugaron en las plazas. Los niños de hoy también serán un día personas que necesiten el descanso de un banco en una plaza. La directora del Institut Infància i Adolescència señala también contradicciones como "una sociedad que tiene aversión al riesgo, que tiene miedo y sobreprotege a la infancia, pero que sufre déficit de juego, con consecuencias tan nefastas como la obesidad infantil".

Barcelona es, paradójicamente, Ciudad Amiga de la Infancia. Así la nombró UNICEF hace diez años. "Queda en algo bastante formal", opina Truñó. "Hay mucho por resolver como para asegurar que Barcelona es una ciudad amable con los niños y niñas".


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