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Sports

El niño bonito, el tirano, el triste Dražen

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Un día como hoy moría el jugador más odiado y genial del baloncesto europeo. Nacía la leyenda de Dražen Petrovi?

I.P.

07 Junio 2017 13:48

Los lugares donde nació y murió son casi un resumen de la segunda mitad del siglo. El primero fue Šibenik, un pueblo croata invadido por nazis alemanes y fascistas italianos y más tarde objetivo del ejército federal yugoslavo. El último, una gris y lluviosa carretera alemana cerca de Múnich transitada por cientos de camiones de mercancías. Su coche acabó empotrado contra uno.

Eso pasó un día como hoy de hace 24 años. Dražen Petrovi? venía de jugar con su selección pero se separó de sus compañeros en Frankfurt porque en vez de volar a Zagreb quería encontrarse con su novia Klara y conducir juntos hasta la capital croata.

Tenía 28 años y era quizá el mejor jugador europeo de la historia. Le ayudó su obsesión por el baloncesto. Se levantaba a las 7 de la mañana para tirar 500 tiros antes de entrar al colegio. También su madre colaboraba en el camino. Biserka llegó a defender a su hijo de una pelea a paraguazo limpio contra los rivales. Esa imagen de niño bonito de pelo ensortijado que jugaba con la lengua fuera y llegaba a anotar 112 puntos en un partido se mezclaba a veces con la de un diablo. Eso era para los equipos europeos para quien convirtió a la Cibona de Zagreb en sinónimo de morder el polvo.



De hecho le odiaban. En el Palacio de Deportes, cuando jugaba contra el Real Madrid era habitual un silbido infernal y el pataleo de las gradas supletorios cuando lanzaba tiros libres. También era costumbre el cántico 'Sï, sí, sí, hijoputa Petrovi?'... hasta que Ramón Mendoza le vistió de blanco. Entonces comenzó a cantarse 'Sí, sí, sí, me mola Petrovi?'. El yugoslavo seguía sin darse tregua: entrenaba como un poseso y si hacía falta pedir las llaves al encargado del pabellón para estar tirando en solitario hasta las tres de la madrugada, lo hacía.



Después, parecía normal que anotase 62 puntos en una final de Recopa, como ante el Snaidero Caserta en el 89. Sus compañeros, eso sí, no le miraban demasiado bien. Según parece, al otro peso pesado de la plantilla madridista, Fernando Martín, no le hacía mucha gracia el evidente individualismo del yugoslavo. Entonces llegó la NBA, Portland.

Allí Petrovi? fue uno más. No le hizo bien un equipo rígido, que tenía ya una estrella -Clyde Drexler- y un quinteto titular fijo, e incluso una ciudad anodina que parecía también desentonar con su desmelene anárquico. De postre, lesiones. Para combatir la depresión deportiva cambió de costa. En New Jersey Nets se le unió otra preocupación: la guerra de los Balcanes. La imagen de su pueblo, de su familia, entre fuego de morteros, no solo le distanció de su amigo íntimo, el serbio Vlade Divac. También le empujó de nuevo al trabajo compulsivo. Entrenaba todo el día, tiraba, pero no solo, también ganó una masa muscular fundamental para la NBA machacándose en el gimnasio.

Consiguió demostrar que era una estrella en la Costa Este. En el allstar un Stephen Curry de 4 años, en el regazo de su padre Dell, llegó a compartir banquillo con él.


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Minutos. Puntos. Playoffs. Consiguió demostrar que era una estrella en la Costa Este. La temporada siguiente, la 93-94, pintaba muy bien en New Jersey, con su preciado cromo estrella: Petro.

Nunca llegaría. Dormía en el asiento del copiloto cuando un brutal impacto detuvo su reloj de oro a las 17:20 del 7 de junio de 1993.

Šibenik

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