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7 momentos de terror y épica que cambiarán tu visión del tenis 180º

Latinos raquíticos, apuñalamientos, coñac, vómito táctico... ¿pero esto no era el deporte de las élites?

Sí, vale, Jimmy Connors es famoso. Pero no tanto el hombre que le enseñó su característico revés a dos manos: Pancho Segura. Hablamos del considerado mejor tenista del mundo en el 50 y el 52, ecuatoriano y el primer latinoamericano en conseguirlo.

Segura apenas sobrevivió a su propio parto, y sufrió un severo raquitismo que le dejó como herencia las dos piernas en forma de U y no demasiada fuerza en los brazos. El revés a dos manos no era solo un gesto técnico, sino una necesidad en su caso. Patas de Loro, como era conocido, nació pobre y llegó a lo más alto de un deporte que siempre se ha movido desde su origen mejor entre las élites que entre el populacho.

La historia de Segura es una de las que pueblan Tenis en la luna (Melusina), que deconstruye una práctica nacida de la educadísima voz francesa 'tennez' con la que quien servía el saque advertía a su rival de que ahí le iba la bola.

Si Segura no lo tuvo fácil para triunfar, menos lo tuvo Althea Gibson, la primera mujer negra en ganar un Grand Slam. Nació en Carolina del Sur en 1927 un poco antes de que sus padres, cultivadores de algodón golpeados por La Gran Depresión, se mudasen al barrio neoyorquino de Harlem.

Pudo practicar el prohibitivo tenis gracias a una colecta de sus vecinos, que en vista de las habilidades de la pequeña con la raqueta no querían dejar pasar la oportunidad de contribuir a su crecimiento. En 1956 ganó Roland Garros, después el US Open, Wimbledon... Tuvieron que pasar décadas hasta que llegasen Venus y Serena Williams.

Aunque si ha habido una mujer que rompiese tabúes en tenis esta fue sin duda Suzanne Lenglen. Esta francesa de los años 20 fumaba, bebía algún que otro coñac entre set y set, llevaba vestidos cortos y, sobre todo, ganaba.

Lenglen ganó 31 títulos de Grand Slam y en todos los años que estuvo en activo solo perdió 7 partidos, ahí es nada. Fue la primera estrella reconocible de las pistas, después ya vendrían los Lacoste, Cochet o Borotra. Murió con 38 años y toda Francia lloró.

No tan pronto, pero sí en circunstancias dramáticas, murió Paul Iribe. Iribe era ilustrador, pintor y amante de la diseñadora Coco Chanel, que adoraba el tenis. E Iribe murió, precisamente, mientras jugaba un partidillo con su amada en su fastuosa mansión de la Riviera francesa.

Si nos atenemos a sus apariencias, bastante más caracter que el refinado Iribe tenía John McEnroe. Cabreado como una mona parecía ser su estado natural. Con el juez, con el rival, consigo mismo o con los tres a la vez, daba un poco igual: lo mejor para todos era que ninguna bola botase de manera polémica en la línea.

Además de no hacerle falta sardinas para beber agua, a McEnroe se le honra por protagonizar el considerado como mejor partido clásico de tenis, la final de Wimbledon'80. Björn Borg acabó ganándole tras cinco sets a muerte. Tan fuerte ha pasado el partido a la cultura popular que el cine plasmará pronto el partdo en una película en la que Shia LaBeouf hará de McEnroe.

Qué menos para el jugador que nos ha dejado una frase que resume perfectamente el hábitat social predominante de un partido de tenis: "Estoy en la pista luchando hasta la muerte ante una gente que come sándwiches de queso, consulta sus relojes y habla de la Bolsa".

No sabíamos si había más sarcasmo ácido o humor cómplice en la frase, lo que sí es cierto es que el tenis no nos ha dejado siempre episodios agradables. Quizá el más tenso fue el apuñalamiento de Monica Seles mientras disputaba un partido en Hamburgo. Era abril de 1993, y la tenista de la ex-Yugoslavia ya había ganado varias veces el Open de Australia, Roland Garros, el US Open y una vez Wimbledon, cuando durante un descanso un hombre se fue hacia ella y consiguió hundirla unos centímetros un cuchillo en la espalda.

El hombre, Günter Parche, resultó ser un hombre con problemas que a su vez era fan de Steffi Graf, la tenista alemana a quien Seles había destronado. La serbia, que en el momento del ataque era la número 1 de la ATP, estuvo dos años sin poder jugar.

Pero es cierto que en el tenis hay más gestas que desgracias, y una de ellas la protagonizó un chico de 17 años que consiguió sacar de quicio al mismísimo número 1 del mundo del momento, Ivan Lendl, en los octavos de Roland Garros del 89. Perdidos los dos primeros sets, Michael Chang puso en marcha una maquinaria de cambios de golpeo y también algo más.

En una de esas, Chang se marchó casi sin avisar a vomitar a los servicios. Para cuando volvió, Lendl se vio sorprendido por un Chang que jugaba prácticamente andando, lanzando globos hacia el fondo para recuperarse, entre golpe y golpe, de unos intensos calambres. Lo que no sabía Lendl es que estaba por llegar uno de los momentos más singulares de la historia de este deporte.

En el octavo juego, Chang sacó de cuchara, como si fuera un aficionado, de abajo hacia arriba. Lendl, ya totalmente descentrado, perdió el trono en un deporte en el que momentos fuera de lo normal como este se valoran doble.

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