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La historia que demuestra por qué es imposible "pasar" del racismo

Carlos nació en Colombia pero lleva 22 de sus 32 años viviendo en Galicia. En los campos le siguen llamando 'mono' y no piensa tolerarlo más

Carlos Arturo Sánchez Rojas debería ser un futbolista más en 2017, si no fuera por un par de pequeños datos. Uno es que nació en Barranquilla, Colombia, hace 32 años pero vive en Galicia desde los 10. El otro es que no es de raza blanca.

Estos dos datos, en apariencia biográficos, se tornan políticos para los racistas de los campos del grupo 5 de la Primera Regional gallega. Es en esa división, como jugador del San Martín de Vilaxoan, donde Carlos Sánchez recibe los últimos insultos que lleva aguantando 22 años.

"Mono", "negro" o "negro de mierda": no demasiado originales, pero sí suficientes para hacerle dudar de si seguir o dejarlo. "Me asquea el fútbol", llegó a decir cuando hace un mes el vaso se colmó en un partido contra el Marcón. Al final de ese partido varios compañeros le tuvieron que agarrar para no enzarzarse con los agresores. Entró al vestuario, dijo que no podía más y se fue caminando 4 kilómetros hasta su casa para tranquilizarse. Hasta ese momento -y Sánchez asegura que lleva los mismos años, 22, tanto jugando como escuchando insultos racistas- ningún árbitro lo había reflejado en el acta.

Su madre, con quien llegó desde Colombia a Pontevedra siendo un niño, dejó de ir a sus partidos hace tiempo porque no lo soportaba. Muchas veces los insultos procedían de otros niños a imitación de los padres.

El caso nos recuerda al de Zaida Moro, la chica de 14 años que quiso dejar el arbitraje después de que un machista la gritase que mejor se dedicase a trabajar en un club de prostitución. Finalmente la asturiana decidió continuar adelante, como ahora Sánchez.

"Todo el mundo te dice 'pasa de todo' ante los insultos. Pero yo no tengo que aguantar insultos. No me da la gana, no puedo pasar de esto", dijo en La Voz de Galicia. La gente "no entiende que te afecta y te crea una tensión emocional de la hostia", dijo a El País. Quiere que la Federación tome medidas. " Ya no por mí, o por los insultos racistas, sino por los niños que vengan detrás. Que los clubes expulsen de los campos a las personas que insulten, y a los clubes que lo permitan, que se les sancione".

Esa es la gran lección de Sánchez: no pasar, no relativizar, no normalizar lo que solo puede ser inaceptable.

Y derrotable.

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