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A puñetazos en un partido de fútbol infantil: guía para leer este vídeo

Muchísimo más que unos padres pegándose

Hombres dándose de hostias. Niños en medio y mujeres intentando parar a los primeros. La escena se parece demasiado a un cuadro hiperrealista de la sociedad como para que digamos que es una pelea de fútbol.

Pero ha ocurrido en un campo de fútbol, en Baleares, y se ha convertido en el vídeo viral de la semana.

¿La enésima demostración de que el fútbol atrae a lo mejorcito de una subespecie humana erradicable? ¿Aficionados al fútbol dando otra vez vergüenza ajena?

Quizá más bien esas hostias torpes pero con mala intención, ese alarido de 'Por favor, señores, que hay niños', ese niño atropellado por varios adultos que a su vez están al borde de un accidente cardiovascular, esa dificultad al respirar y esa desesperada idea de llamar a la autoridad, la policía en este caso, para que todo acabe cuanto antes, no sean sino un rasgo más de la sociedad en que vivimos. Agresiva. Competitiva. Machista.

Y sí es cierto que a la infancia se la intenta proteger, como en el vídeo. De pequeños nos cuentan que tenemos que ser buenos en la escuela, que dejarle las cosas al de al lado y que haciendo trabajos en grupo es todo más divertido. Te apuntas a jugar al fútbol y controlar el balón, más grande que tu cabeza, es una odisea incomparable a lo bien que te lo pasas con otros niños. Hasta los Reyes Magos te traen regalos.

Luego pillas a los Reyes Magos tratando de convencerte de que no vives con ellos todo el año. Y del cole pasas al instituto. ¿Qué vas a estudiar? ¿En serio? ¡Pero si eso no tiene salida! Sigues jugando al fútbol, pero la diversión no es la misma. El entrenador te dice que todo en esta vida se consigue con esfuerzo y tú, y tú, lleno de granos y con ganas de conocer gente, de salir, de entrar, te preguntas si no es suficiente el esfuerzo que haces para llevar una buena media a la selectividad. Y aunque no conoces aún la palabra meritocracia, te caes del guindo. Vas por la banda y escuchas a un padre del equipo rival.

—¡Éntrale fuerte a ese, no seas nenaza!

Eres un obstáculo para el éxito de su hijo. Con el balón, porque solo hay uno. El día de mañana, porque en la entrevista de trabajo solo hay una vacante. Descubres el juego de suma cero y que en la vida no hay demasiados empates.

—¡Eres un puto desastre!

Motivación a la brava. Cuanto peor, mejor. Descubres, también, que en el eminentemente masculino mundo del fútbol, los cuidados no es algo que se trabaje demasiado. Que cada chaval venga con su autoestima ya jodida desde casa.

—Para esto me haces venir. Vámonos que ya estará tu madre con la comida lista.

Y así es. Ni los hombres se quejan, ni entran flojito al rival para quitarle la pelota, ni tu madre ha dejado la cocina un sábado a mediodía si no es para ir a verte jugar y tener que poner paz si los machos del lugar deciden medirse la imbecilidad.

Porque también, claro, hay peleas entre padres. Como la del vídeo. Gente adulta que comparte un mismo código y un mismo espacio peleándose por una decisión que a uno puede hacerle perder y a otro ganar. Como echar un currículum.

O insultos racistas. Que todo el mundo sabe que solo hay en el fútbol porque jamás nunca se oyó a decir a nadie en un bar que vaya con el chino que además de quedarse con todos los negocios, y de servirte una tortilla precocinada, encima te saquean la tragaperras.

O machistas, homófobos. Porque todo el mundo sabe que vivimos en una sociedad que no lo es.

Al fútbol no se juega en un limbo social. Todo lo que ocurre alrededor de las dos porterías es una reproducción de las relaciones que mantenemos a diario, las que se nos imponen y las que fomentamos.

Sin filtros, en crudo. Por eso en casos como este nos horroriza.

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