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Unas tijeras como arma para solucionar una rivalidad de miles de muertos

La pelea más gore del baloncesto europeo tiene detrás una horrible colección de cadáveres

Los grandes torneos siempre se recuerdan por hechos muy concretos. Una remontada sonada, un lanzamiento anotado en el último segundo, una equipación muy particular... o una pelea tan bestia que convierta un pabellón de baloncesto en un ring de lucha libre improvisado.

En el Eurobasket de Francia'83 se vivió una de las trifulcas más gores de la historia del baloncesto. Italia se llevó el oro del campeonato ganando en la final a España, pero de aquel Europeo todos recuerdan otro partido de los Azzurri. Se jugó el 30 de mayo de 1983, en Limoges, en la quinta y última jornada de la primera fase. Yugoslavia era el rival, quien ganaba pasaba a semifinales y el perdedor se quedaba fuera. En aquella época italianos y yugoslavos se odiaban a muerte.

Aquello del fair play lo reservaban para los entrenamientos, o ni eso. Jugadores como Slavnic o Kikanovic exhibían un juego físico durísimo en el equipo de los Balcanes. Fueron los mentores de Drazen Petrovic en su primer torneo con la selección absoluta con 18 años.

Delante tenían el genio de Meneghin y el impacto del leñero Sachetti. Ninguno de los dos equipos se cortaba un pelo a la hora de repartir estopa.

La rivalidad entre los países se remontaba a 40 años atrás, cuando las Fuerzas del Eje decidieron invadir a Yugoslavia durante la II GM. Tras recibir bombardeos y ataques aéreos sin prevo aviso, los yugoslavos le declarararon la guerra a la Italia de Mussolini y la Alemania nazi en el 1941, aunque acabaron sucumbiendo a sus ataques.

Dos años después, con la caída del ejército italiano y los Aliados deseando ocupar su territorio, el Mariscal Tito se tomó la venganza por su mano. Se cargó italianos colaboracionistas que quedara en Yugoslavia y los enterró en las simas del Carso, una especie de pozos naturales con cientos de metros de profundidad, conocidos como foibes.

En esos foibes de la península de Istria aún están los cuerpos de decenas de miles de italianos asesinados por el Partido Comunista de Yugoslavia.

Antiguamente en Eslovenia era costumbre arrojar a los criminales en las foibe y sacrificar un perro negro lanzándolo en la fosa para despreciar las almas de esos criminales. Tito repitió la tradición sin canes de por medio. Unos eran fusilados, otros arrojados vivos y a otros les ataban de dos en dos, aunque solo uno recibía el tiro mortal antes ser lanzados a la fosa. Muchos de esos cadáveres siguen allí sin localizar, ya que solo en Istria están catalogadas más de 1.700 simas de hasta 200 metros de profundidad. Hasta hoy solo 570 cuerpos han sido extraídos de esas fosas.

Sin embargo, esta tragedia fue camuflada. A los Aliados no les interesaba demonizar a Tito, que se había mantenido al margen del Pacto de Varsovia.

Siempre se rumoreó un acuerdo tácito entre los gobiernos yugoslavo e italiano después de la guerra, por el que Italia dejaba de investigar los asesinatos de Tito a cambio de que Yugoslavia hiciese lo mismo con los crímenes de militares italianos en su territorio durante la guerra. Lo comido por lo servido.

El caso es que con tanto en juego y un episodio tan negro detrás, el partido era de los de cuchillo entre los dientes.

Después de una primera parte con body checks criminales y juego sucio por norma, Italia cogió una buena ventaja en la segunda hasta que estalló toda la tensión acumulada.

La pelea se produjo a 5 minutos del final, con 74-62 en el marcador. Petrovic apareció en el suelo justo bajo el aro italiano, con Gilardi junto a él. Sachetti agarra del pelo a Vilfan, que estuvo a punto de pegarse con Meneghin.

Kicanovic explota con una patada en los testículos a Villalta, ya con titulares y suplentes enzarzados en una discusión en plena pista. Entonces empieza lo serio, con Sandro Gamba, el seleccionador italiano, persiguiendo a Kicanovic, y éste, Slavnic y Vilfan encima de las mesas de prensa dando patadas a todo el que se acercaba. Mientras tanto, los demás siguen pegándose sin parar en el parquet.

Como colofón, Grbovic suelta un puñetazo a Meneghin por la espalda y se acerca a su banquillo. Nadie sabe el qué, pero el tirador yugoslavo busca algo.

Parece que lo encuentra. Vuelve corriendo hacia Meneghin con unas tijeras en la mano que había cogido del botiquín antes de ser detenido por la policía. Dino Meneghin le miraba con superioridad, eso sí, como si le estuviese retando.

No hubo expulsados -quizás porque deberían haber echado a todo el mundo- y el partido se reanudó después de que Grbovic guardase las tijeras. Italia ganó por 91-76 y Yugoslavia quedó eliminada.

Hace ya unos doce años, en el homenaje que el Partizan de Belgrado le hizo a Djordjevic por su retiro en el Pionir, Grbovic le regaló a Meneghin unas tijeras en memoria de aquella pelea.

El tiempo todo lo cura, incluso las guerras más salvajes.

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