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Sports

Medio siglo de la muerte que cambió la historia del dopaje ciclista

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En directo y atiborrado de anfetas y coñac, Tom Simpson se desvaneció intentando hacer historia en el Tour. Sus últimas palabras fueron 'subidme a la bici otra vez'

Omar Naboulsi

13 Julio 2017 16:58

Tom Simpson cambió, a su manera, el deporte por el que se desvivió. Su figura sigue más viva nunca , aunque este mes de julio se vayan a cumplir ya 50 años desde que falleció en el Mont Ventoux encima de la bicicleta. Fue el primer deportista profesional que murió por culpa del abuso de sustancias, y todo el mundo lo vio.

Su úlimo día con vida fue el 13 de julio de 1967, en la etapa número 13 del Tour de Francia. Quizá fueron demasiados treces para que acabara bien.



Muchos discuten si Simpson ha sido el mejor ciclista británico de la historia, pero nadie se atreve a dudar de que haya sido el más carismático. Prueba de ello es que se sigue celebrando en Harworth -al este de Inglaterra- una carrera anual con su nombre, además de tener un museo en la ciudad.

En 1967, a los 29 años, era una de las personalidades del momento en el Reino Unido. Se había probado el maillot amarillo del Tour'61 y había ganado el Campeonato del Mundo de fondo en carretera en el 65. En su palmarés había algunas de las carreras más míticas, como Flandes, Milán-San Remo o París-Niza.



Era un obseso del Tour.

El escritor William Fotheringham lo explica en su libro Put me back on my bike, cuyo título hace referencia a las últimas palabras de Simpson antes de morir: "subidme otra vez a la bicicleta".

"Cuatro días antes de morir, Tom se confesó a Geoffrey Nicholson, de The Guardian, y le dijo: 'Debo demostrar que soy un hombre Tour, que puedo ser peligroso. No tengo más excusas'", relató Fotheringham.

Por mucho empeño que le ponía Simpson, estaba gafado con la competición francesa. En 1966 tuvo que abandonar al caerse en el descenso del Galibier, un año antes corrió bajo mínimos por una infección y dos atrás se contagió de la lombriz solitaria. En el 67 sabía que la única manera de llevarse un posible gran contrato era completar un buen Tour, ya sea "terminando entre los tres primeros, vestir el maillot amarillo cinco o seis días o ganar un par de etapas de prestigio y acabar entre los diez mejores", tal y como él mismo llegó a detallar.

Estaba tan convencido de que iba a ganar aquel Tour con el equipo Peugeot que antes de viajar a Francia pagó la entrada de un Mercedes y se despidió de su esposa en la estación de Gante diciéndole: "Te veo en París... de amarillo".

No se trataba de soberbia. Ni siquiera de un optimismo irracional. Simpson tenía un plan para llevarse el gato al agua.



"Tom me dijo que quería ganar el Tour y que se fijaría dos o tres puntos donde atacar. El objetivo era llegar a la crono de la última etapa con menos de tres minutos perdidos. 'Si lo consigo, ganaré el Tour', me aseguró", ha recordado en varias ocasiones  su mecánico de confianza, Harry Hall.

Esos puntos claves eran el Galibier, el Ventoux y el Puy de Dome, aunque las cosas se torcieron a las primeras de cambio. En el Galibier sufrió una diarrea que le dejó a 8:20 del líder, el francés Roger Pingeon, que se mantenía de las rentas conseguidas en una escapada.

A pesar de la debacle estomacal, su desventaja con los favoritos para ganar el Tour no superaba los cuatro minutos.



La etapa del Mont Ventoux le esperaba. Era su momento para pegar el bocado definitivo y acercarse a lo más alto de la clasificación, estaba todo pensado.

Viéndolo con perspectiva, la estrategia era una locura, ya que el Mont Ventoux es una de las etapas más sufridas para los ciclistas solo por las fuertes corrientes de aire que soplan en su cima. La ascensión se desarrolla por una carretera inhóspita y estrecha en medio de un paisaje lunar, siendo peligrosa para los participantes. De hecho, desde 1951 solo se ha recorrido la etapa en 13 ocasiones.

Para más inri, aquel 13 de julio amaneció con un calor de esos que no te dejan ni pensar con claridad, y Simpson aún arrastraba la diarrea.

Subió los 11 primeros kilómetros con los mejores, hasta que se descolgó. Minutos después de distanciarse, empezó a zigzaguear con la mirada perdida. Poco más tarde, a dos kilómetros de la cima, se cayó.

"Yo le dije que el Tour había terminado para él pero Tom insistió: 'No, no, levántame, levántame'. Lo hice y tras unos metros volvió a derrumbarse. Le sujetamos y le tendimos en la carretera. Tenía los pies atados a los rastrales y seguía agarrado al manillar. Cuando conseguí soltarle los dedos no pude evitarlo y pensé en el rigor mortis. Ahora sé que Tom murió sobre la bicicleta", asegura el mecánico.

"Le hicimos el boca a boca y fue inútil. Luego lo intentó el médico de carrera, Pierre Dumas. Pero la cara de Tom ya era de cera, sin sudor".



Lo trasladaron en helicóptero hasta el hospital de Aviñón, pero ingresó cadáver. Los médicos dijeron que causa de la muerte de Simpson fue una deshidratación, que unida a un golpe de calor, terminó provocándole una insuficiencia cardiaca.

Lo del dopaje se lo ahorraron, pero en su maillot encontraron dos botes vacíos de anfetaminas, las mismas pastillas que localizaron en los coches de otros equipos.

En aquella época era muy habitual que los corredores las mezclaran con coñac en medio de las carreras. Simpson no supo ver que un cóctel de alcohol, anfetaminas y una deshidratación de caballo por la diarrea a 40 grados a la sombra podía acabar con él.

Las imágenes del británico tambaleándose y recibiendo las asistencias médicos dieron la vuelta al mundo, y la Unión Ciclista Internacional impuso los análisis de orina partir del siguiente Tour. Siempre se ha dicho que, al menos en la última edición que pudo correr Simpson, los demás ciclistas dejaron las anfetas por miedo, aunque siempre había algun valiente al que le podía el hambre de victoria.



Al año de morir, se levantó un monumento en la cuneta donde cayó Simpson. Cada temporada la visitan Helen, su viuda, y Barry Hoban, uno de sus gregarios. Ambos se casaron meses después, pero esa es otra historia.

Actualmente, esta lápida de granito es un lugar de peregrinaje para ciclistas y aficionados de todo el mundo, donde dejan sus flores y objetos como bidones o gorras. Este año no ha sido excepción, aunque el Tour'17 no pase por el Mont Ventoux.

Todo en memoria del hombre que cambió la historia del dopaje ciclista.


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