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3 buenos motivos para relativizar socialmente el éxito de Rafa Nadal

Deportista extraordinario, sí. Representante de la sociedad española, no

Ayer Rafael Nadal logró varios hitos históricos: nadie en la historia había ganado 10 veces Roland Garros. Además, se ha convertido en uno de los jugadores que ha ganado su primer y último Grand Slam con más diferencia de años (en 2005 su primer Garros y doce años después su décimo). Este último lo consiguió de una forma increíble: cediendo solamente 35 juegos en todo el torneo (Borg ganó en el 78 cediendo solamente 32) y sin ceder ni un solo set. Estos datos, sumados a su palmarés, lo convierten en uno de los mejores tenistas de la historia y en el mejor jugador de todo los tiempos en tierra batida.

Justo en el momento en que Wawrinka fallaba su volea de revés desde el fondo de la pista y Nadal se tiraba al suelo boca arriba llevándose las manos a la cara, muchos de los que somos sus fans y seguidores nos emocionábamos al pensar lo increíble de lo que acababa de conseguir. Cuando el año pasado se retiró por una lesión en la muñeca y después de que el año anterior hubiera sido eliminado por Djokovic en cuartos de final, muchos aficionados y algunos analistas vaticinaban el inicio de la decadencia de Nadal. Pero inesperadamente 2017 está siendo el año de los viejos rockeros y tanto Nadal como Federer se han repartido más del 90% de victorias entre los torneos de pista rápida y los de tierra.

Fue terminar el partido y miles de aficionados, periodistas, políticos y equipos de comunicación se apresuraban en redactar ingeniosos y certeros tuits. Nadie quería perderse la fiesta. De repente, el maestro de ceremonias avisaba de que iba a sonar el himno español. Plano de la bandera de España. Se funde con primer plano de Nadal. Se emociona. Llora. No es complicado imaginarse a Albert Rivera de pie en casa, en shorts y con un polo, su gintonic y pensando: “Esta es la España que yo quiero”. Para el líder de Ciudadanos, el tenista ejemplifica a la perfección que ambición y humildad (dos palabras que su partido utiliza habitualmente en sus lemas) no son contradictorios.

En el maremagnum que ayer celebraba lo de Nadal (casi 4 millones vieron el partido), no deja de ser curioso que muchas de las personas que se esmeran en separar deporte y política sean de las primeras que se apresuran en decir que “Nadal representa a España”. Pero Nadal no representa ni debería la quintaesencia del actual ciudadano español. Por tres motivos:

1) La analogía de que el éxito de Nadal se sustente solamente en trabajo y sacrificio esconde otros motivos igual o más centrales que ese. Cuando su padre vio que empezaba a despuntar, habló con su tío Toni y le ofreció centrarse exclusivamente en entrenar a su sobrino y cobrar por ello. En el mito del emprendedor como un “self-made man” que lo consigue todo con “ambición y sacrificio” -como diría Rivera-, falla un poco que los Nadal hayan sido una familia exitosa en los negocios y que por tanto a Rafael Nadal no le ha faltado nunca de nada.

Puestos a ser tramposos, se podría decir que Rafael Nadal ha sido lo que es gracias a que su familia les pagó una Renta Básica a él y a su tío para poder dedicarse a lo que más les gustaba.

2) El modelo educativo en el que se sustenta el éxito de Rafael Nadal dista mucho de basarse en “el trabajo por proyectos” -el modelo constructivista y que poco a poco va triunfando en el sistema educativo español- y en el fomento del aprendizaje significativo. El modelo educativo de Nadal, contado por su propio tío en conferencias, entrevistas y en algunos libros, es un batiburrillo intuitivo que mezcla una especie de disciplina militar con el conductismo psicológico.

Andre Agassi, en el libro autobiográfico que publicó el año pasado, contaba que su padre llegó a darle speed para que jugara más despierto, y que una vez lo consiguió y fue el número uno, se sintió tremendamente solo. Y aunque no parezca el caso del español, dado que cuenta con una red familiar que lo apoya, lo cierto es que los éxitos deportivos de Nadal no deberían encumbrar y legitimar un modelo educativo que se basa en muchos preceptos que la pedagogía contemporánea ya ha ido descartando.

3) Nadal es el tenista del siglo XXI, pero cierta masculinidad que representa se quedó en el siglo XX. En un mundo que tiende de forma orgánica hacia las relaciones más abiertas, donde el feminismo ha establecido y sigue deconstruyendo una crítica hacia los relatos que refuerzan el amor romántico, Nadal ha presumido en más de una ocasión de llevar toda su vida con su novia de siempre y ella cumple en los espacios públicos con lo que se esperaba de las mujeres de hombres exitosos en lo público: discreción.

Por otra parte, la composición de la familia de Nadal sigue una estructura patriarcal. Su padre es el capo de los negocios, tanto la madre de Nadal como Xisca, su pareja, se dedican a “temas sociales” a través de una Fundación que han creado para el caso. Sin hacer una enmienda a la totalidad y sin negar que obviamente hay valores rescatables en el modelo de clan (la lealtad, sin ir más lejos), lo cierto es que muchas familias españolas son mucho más complejas y con estructuras no patriarcales. Así que el hecho de que Nadal sea el perfecto deportista-guerrero no lo tiene porque convertir en un ejemplo de masculinidad canónica para la sociedad española.

En definitiva, Nadal es sin duda uno de los mejores deportistas de todos los tiempos. Es emocionante ver cómo ha pasado de ser un joven hortera que ganaba por agotamiento a sus rivales llegando siempre a golpes imposibles, a un tenista maduro que ha mejorado su revés, su saque y que es capaz de anular a futuras promesas como Thiem o al gana-finales Wawrinka. Es, de hecho, muy emocionante ver que hace historia en el tenis y en el deporte consiguiendo gestas que nadie antes logró. Pero por favor, no lo convirtamos en la quintaesencia de lo español ni en el espejo en el que los niños deben mirarse porque, claramente, todo lo que tiene de extraordinario como deportista lo tiene de ordinario como ciudadano.  

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