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El chico perfecto que predijo su propia muerte

Se publica 'Pistol', la extraordinaria balada del infeliz Pete Maravich

"De maravilla". Así es como se sentía justo antes de morir jugando una pachanga de baloncesto a los 40 años. No es lo único sobrecogedor que leemos en Pistol, la punzante biografía de Pete Maravich editada por Contra.

La de Maravich fue una vida que siempre orbitó alrededor de obsesiones. La primera fue la que su padre Petar, un hijo de migrantes serbios en Pennsylvania, le contagió por el baloncesto desde pequeño. Este creía firmemente en "el gen del baloncesto", que por supuesto su hijo poseía y solo tenía que perfeccionar entrenando, entrenando y entrenando.

Con guantes, ojos vendados o botando el balón sobre la acera atravesado tumbado sobre la parte de atrás del coche en movimiento, Pete acabó llegando al equipo de la universidad de Louisiana. Su padre hacía que grabasen todos los partidos que jugaba porque pensaba que cada movimiento de su hijo sobre el parquet cambiaría el baloncesto. También defendía rocambolescas teorías, como la de que para que el equipo ganase, Pete debía tirar 40 veces cada partido, una por minuto.

Le apodaron Pistol por cómo tiraba, parecía que desenfundaba el balón desde la cintura. Era tan bueno que la gente no iba a ver el partido, sino a él. Pronto aparecería en la portada de Sports Illustrated como un "rompecorazones" a quien las chicas, según la crónica de la época, ponían ojitos mientras murmuraban 'Pistol Pete es tan mono'. Parecía perfecto.

La bebida llegó antes que la NBA. Sus ojos amarillentos en mitad de una cara mortecinamente blanca no eran sino la portada de la resaca que podía llevar puesta Pete mientras jugaba. En 1970 fue seleccionado en el draft por Atlanta Hawks. El juego conservador del equipo y el hecho de que comenzase ganando dos millones de dólares no ayudaron a su integración en el vestuario. Tampoco se le daba muy bien hacer amigos: un efecto colateral de la excesiva protección de sus padres. Su introversión se confundía con hosquedad. Bebió más.

En New Orleans Jazz conoció la explosión del márketing en la NBA: Burger King invitaba a patatas fritas a cada espectador si el equipo alcanzaba 110 puntos en el partido. Con Pistol enchufado era muy fácil. Ya con 30 años, tuvo allí su mejor temporada en 1977, pero el título nunca llegó.

En 1980, con la rodilla sacando bandera blanca, lo dejó. Para entonces ya había hablado públicamente de una de sus obsesiones, la muerte: 'no quiero jugar en la NBA y morir de un ataque al corazón a los 40'.

No era la única fijación de Maravich, que quería vivir "hasta los 150 años". Además de una dieta vegetariana en la que hubo épocas en la que solo comía judías, su cabeza estaba secuestrada por la ufología. "Llevadme con vosotros", había pintado en el tejado de su casa. Cualquier cosa valía para paliar el vacío que deja la retirada y su patológica baja autoestima que sumados daban como resultado una fosa emocional.

En vista de que los ovnis no venían, se obsesionó con Dios. Tampoco sería él quien se lo llevase, sino la inadvertida falta congénita de una arteria coronaria.

El 5 de enero de 1988 Pistol Pete cayó a plomo al suelo. Tenía 40 años y estaba jugando al baloncesto, como temía.

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