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Sports

El ídolo futbolístico que mató por cuernos y no fue condenado

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Mony, Delpierre y Paule protagonizaron el culebrón más dantesco que se recuerda en la historia del deporte

Omar Naboulsi

23 Diciembre 2016 12:58

Pierre Mony lo tenía todo. Era rico, guapo, famoso y jugaba al fútbol que daba gusto verlo. Al menos es lo que aseguran los que le vieron jugar. Su cara salía incluso en las pitilleras de los años 20, cuando era una de las estrellas de la selección francesa y uno de los mejores centrales del mundo.

El pueblo también le respetaba por ser un héroe de guerra, ya que recibió una medalla a la valentía por sus actuaciones con las Fuerzas Aéreas francesas durante la Primera Guerra Mundial.

Le iban tan bien las cosas que se compró un restaurante en Bolougne, Phénix, en el que pasaba muchas horas. Quizás demasiadas. Con 32 años, su vida se fue al traste de un día para otro. A las 23h de la noche del 15 de mayo de 1928, Mony cerró su restaurante para irse a beber con sus colegas a un bar de copas que estaba a la vuelta de la esquina. Sin embargo, antes de entrar sacó un revólver, lo cargó y lo puso en el bolsillo de su chaqueta.



Aparcado en la calle fuera del bar había un descapotable. Su dueño era Jean Delpierre, un campeón de ciclismo y piloto de carreras venido a menos que pasaba las noches emborrachándose. También era el mejor amigo de Mony.

Al entrar al bar, Mony se encontró a Delpierre con sus colegas y su borrachera habitual, cantando hasta que el bar cerró a la 1 de la mañana. La noche no podía acabar ahí, así que fueron a tomarse la úlltima a un hotel.

No parecía que fuese a ocurrir nada raro. Por la hora que era, los encargados del hotel tardaron en abrirles la puerta. En esa espera, Mony sacó el revólver de su bolsillo y le pegó cuatro balazos a Delpierre a quemarropa: la primera le atravesó el sombrero, la segundo le dio en el brazo izquierdo, otra le golpeó en muslo y la última perforó su abdomen.

Terriblemente herido, Delpierre llegó arrastrándose a una cafetería cercana, intentando parar las hemorragias. Mony se largó del hotel dirección al puerto, donde tiró su chaqueta y su revólver al mar.



Más tarde se dirigió a casa de un amigo y le pidió que lo llevara a Calais, donde su exesposa, Paule (de la que se había divorciado recientemente) y su hija se pasaban las noches con sus suegros. Mony esperó fuera de la casa hasta las 6 de la mañana, entró, besó a su hija y se fue. Quince minutos después fue a la comisaría de Calais y pidió ver al comisario, diciendo que había "hecho algo malo", pero el comisario no llegaba hasta las 8h.

No podía esperar. Cogió un tren de vuelta a Boulogne, entró en la comisaría y se entregó. Cuando fue interrogado explicó que sospechaba que Delpierre tenía un romance con su esposa. Delpierre pasaba mucho tiempo en el restaurante de Mony y solía quedarse a solas con Paule, hasta viajaron juntos a Niza.

Después del viaje, Paule pidió a Mony el divorcio y llevó a su hija a Calais. Mony se sintió deprimido y planeó la venganza. Admitió comprar el revólver con la intención de usarlo. Lo acusaron del intento de asesinato, con premeditación, de su supuesto mejor amigo.

Mientras tanto, Delpierre estaba en el hospital en un estado crítico. Acabó muriendo al día siguiente con una peritonitis de caballo.

Mony fue jugzado por asesinato. A pesar de ser un crimen pasional, había algo que los magistrados no entendían. ¿Por qué lo acabó matando si estuvo con él varias horas es misma noche riendo, cantando y bebiendo?

Entonces Mony explicó que la canción que Delpierre y sus amigos estuvieron cantando era "Manon", la ópera sobre un marido engañado y una esposa infiel. Los asiduos del restaurante habían apodado a Paule Mony "Manon". No lo pudo soportar.



La sala se solidarizó con Mony y demonizó a su mujer. El papel de víctima le salió perfecto. Tras 14 horas de juicio, el jurado absolvió a Mony. Por increíble que parezca le declararon inocente. Todos los presentes que abarrotaban la sala aplaudían. Mony se derrumbó sobre el escritorio que tenía enfrente a él, incapaz de creerse el veredicto.

El futbolista que había asesinado a su mejor amigo no tendría ningún castigo. A pesar del alivio, su reputación se fue a pique.

Los periódicos se hicieron eco de que la fama deportiva de Mony había permitido obscurecer la brutalidad del asesinato de Delpierre. Todo aquel respeto que se ganó en el césped se difuminó con la pólvora que desprendían sus balazos a Delpierre.

[Vía The Blizzard Football]






Jean Delpierre

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