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Muerte de un niño de trece años

Al final es uno de los tuyos el que ha hecho una barbaridad que no entra en cabeza alguna y se ha llevado a un niño por delante. Por eso queda en nuestra historia negra

Está contento. Es la primera vez que Guillermo va al estadio a ver a su equipo. Le acompañan su padre, Joaquín, su madre Pilar y su hermano Ignacio, que tiene diez años. Guillermo tiene trece.

Joaquín toma esta foto:

Son casi las cinco de la tarde y la familia vuelve a acomodarse, el partido va a empezar. El Espanyol y el Cádiz salen al césped y en la megafonía del estadio de Sarrià suena el himno.

Real eres, tu nobleza justifica el adjetivo.

Acto seguido, Joaquín está vencido sobre su hijo Guillermo, tratando de arrancarle algo que se le ha clavado en el pecho. Le saca del cuerpo un cartucho metálico de quince centímetros de largo. Hay humo y un charco de sangre y cuando la Cruz Roja se lleva a Guillermo, el padre tiene las manos abrasadas.

El niño morirá quince minutos después en el Hospital Clínic, con la tráquea y la carótida seccionadas.

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Fue un 15 de marzo de 1992, hace ahora 25 años.

"Yo tenía la misma edad, y también me llamo Guillermo. Recuerdo que al día siguiente en el colegio me dijeron 'oye, cuando he visto en la tele esto me he acordado de tí'", recuerda Guillermo Sarmiento, aficionado perico que aquel día también estaba en el Gol Sur de Sarrià con su padre y con su hermano. Como la mayoría de espectadores, no supo lo que había pasado hasta llegar a su casa. Ferran tenía 14 años y era "un periquito enganchado al equipo gracias al EuroEspanyol". "Cuando llegué a casa mi madre estaba bastante nerviosa porque además de que el chico era más o menos de mi edad, evidentemente en aquella época no había forma alguna de contactar conmigo", dice el hoy presidente del grupo de animación Pirates RCDE.

"Cuando volví, me dijo mi padre 'se ha muerto un niño'", recuerda Ferran Marín, expresidente de la Asociación de Pequeños y Medianos Accionistas del Espanyol.

Socio desde el 86 y con 20 años entonces, acababa de salir de la mili. "Estaba en Gol Norte y y vi una figura en el suelo y al poco la Cruz Roja que se la llevaba. Recuerdo también a la Policía Nacional llevándose a dos personas de la tribuna nueva: eran dos adultos y no se les veía preocupados. Yo no lo relacioné con aquello".

"Estaba en el Gol Norte —cuenta Baptista Silanes, entonces un miembro de la peña de Sant Adrià de 22 años— y recuerdo la sensación de que pasaba algo porque tengo la imagen de algún jugador de los que estaba posando para la foto levantando la cabeza como para mirar hacia arriba".

"Los jugadores estábamos por el partido, aunque notamos cierto revuelo", reconoce Javier 'Mágico' Díaz, titular blanquiazul aquel día. "Recuerdo que era contra el Cádiz porque para mí, que me llamaban 'Mágico', era el primer partido contra 'Mágico' González". Pero ninguno de ellos se enteró hasta después del partido, aunque el niño había fallecido en el minuto 15 de la primera parte. "Ni siquiera después de ducharnos teníamos una información demasiado amplia", asegura el central Mino.

Pero ya tenian la base de lo que hoy Javier Clemente, entrenador del club barcelonés en la época, nos describe como "el peor recuerdo de Sarrià". A Guillermo le había matado una bengala que había cruzado el estadio de lateral a lateral, más de 70 metros.

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Una bengala de socorro marítimo de las usadas por las embarcaciones en alta mar. Y disparada por Franco Vila, de 39 años, que había acudido aquel día a Sarrià con sus hijos y un amigo de estos y una bolsa con cinco proyectiles. Era la segunda bengala que lanzaba. "Me acerqué a la reja, poco antes de que empezara el partido. Los niños tenían las pequeñas, las que despedían humo de colores. La que accioné yo solo provocó bastante ruido y un humo gris. Cogí la otra y realicé la misma maniobra, destapar el cilindro por abajo y por arriba y tirar de la anilla. Pasó lo mismo y pensé 'vaya porquería de bengala', dijo en el juicio.

Sería condenado a seis meses de prisión por imprudencia. Y el Espanyol a pagar 42 millones de pesetas a la familia de Guillermo por "falta de previsión incontestable". María Pilar, la madre, afirmó haber elegido el anfiteatro por un motivo muy concreto: "creíamos que era el lugar del estadio donde podíamos estar más seguros". La familia pasaba los fines de semana fuera de Barcelona, pero vieron en aquel domingo de primavera una inmejorable ocasión para un plan alternativo: por la mañana irían a votar —elecciones al Parlament, las cuartas ganadas de manera consecutiva por Jordi Pujol— y por la tarde aprovecharían para llevar a sus dos hijos por primera vez a Sarrià. En casa de Guillermo, una niña nacida al año siguiente ayudó a superarlo. El padre continuó yendo al fútbol, aunque en ocasiones abandonaba el estadio por el ambiente agresivo.

La opinión pública se sacudió. Los jugadores no eran ajenos. "Estábamos consternados. Que se le clave a alguien una bengala en el pecho no es muy común", dice hoy 'Mágico' Díaz. Kiko Narváez, presente aquel día como delantero del Cádiz, lo vivió "con incredulidad. No entendía nada", nos asegura. "Ya no se va a poder ni ir a un campo de fútbol", se lamentaba en su día el presidente del Espanyol Julio Pardo.

Fue uno de los últimos coletazos de lo que Sarmiento define como "otro fútbol. Recuerdo que mi padre vino de la semifinal de la UEFA contra el Brujas con la coronilla vendada porque le habían dado en la cabeza con una pila. Antes era otra experiencia". Se endurecieron los controles de acceso. "Al siguiente partido nos registraron bien a todos los de Gol Norte", explica Silanes. "Yo iba con cazadora vaquera y camiseta heavy y me dio mucha rabia; protesté porque los que habían provocado aquel desgraciado accidente eran gente de tribuna, seguramente vestidos de otra manera".

Llamativamente, y mientras en el Camp Nou el gerente blaugrana Anton Parera se defendía de los controles selectivos afirmando que "no es nuestro feeling cachear a espectadores de tribuna", Boixos Nois y Ultrasur hicieron "huelga" de bengalas en los siguientes partidos de Barcelona y Real Madrid. Pero que a partir de entonces se prohibieron las bengalas no es verdad: ya lo estaban. El artículo 67 de la Ley del Deporte de 1990 fijaba sanciones de entre 100.000 y 5 millones de pesetas por la introducción de estas o de fuegos artificiales en un estadio de fútbol.

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"Te fijas en el año, el 92, y la historia te suena como que fuese mucho más antigua aún. Además, como el 92 es un año emblemático en Barcelona, esto parece incluso de otra época", nos dice el periodista Carlos Marañón, hijo del máximo goleador de la historia perica y presente aquel día, con 17 años, en Sarrià. "Pero te mentiría si te dijera que cambió mi manera de ir al fútbol", añade. Tampoco lo hicieron las de Sarmiento, Silanes o Marín.

En pocos meses, la televisión y la radio ocuparon y desocuparon minutos de debate sobre "el fenómeno ultra". Aunque, como apunta Marín, "aquello no tuvo nada que ver con violencia ultra, fue más bien una prueba de lo peligrosa que puede llegar a ser la estupidez humana".

"¿Si nos afectó? Seguro, pero ya sabes cómo es el mundo, funciona todo de manera vertiginosa", confiesa Mino. Su compañero 'Mágico' Díaz corrobora que en el vestuario "durante la semana se habló de ello, pero con como toda mala noticia la vida sigue".

La vida ha seguido, menos para Guillermo, 25 años más. Pero la sensación es que aquella fatídica tarde está "tristemente olvidada en el mapa perico", en opinión de Marañón. "Las razones creo que son evidentes; hay una víctima y un autor, pero nadie puede culpar al máximo rival, ni siquiera a un rival, o al árbitro. Ni siquiera hay de por medio hooligans, policía o el gobierno de Thatcher como en Hillsborough, donde todo el mundo podía posicionarse: al final es uno de los tuyos el que ha hecho una barbaridad que no entra en cabeza alguna y se ha llevado a un niño por delante. Por eso queda en nuestra historia negra".

La muerte de Guillermo Alfonso Lázaro fue la tercera muerte que el fútbol dejó, indirectamente, en Barcelona en catorce meses. Le precedieron Fréderic Rouquier, brigada blanquiazul de 20 años apuñalado por boixos nois cerca del estadio perico, y Sonia Rescalvo. Transexual de 45 años, fue asaltada mientras dormía en el Parc de la Ciutadella por seis neonazis con carnets de Boixos Nois. Murió, según la sentencia, "de una lluvia de patadas en la cabeza".

Odio.

Ausente en el caso de Guillermo. Quizá porque, como dice Marañón, "aquí lo que hay es una tragedia pura".

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