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El día que Maradona hizo de Cristo de los pobres

Dejad que los niños se acerquen a D10S, versión periferia napolitana

Puede que si has nacido en el siglo XXI no acabes de explicarte por qué Maradona sea un ídolo. De entender por qué ese gordinflón con dificultades para respirar, ese viejo prematuro con mil y una debilidades terrenales, ese padre de dos hijos fuera de su cristiano matrimonio, haya sido alguna vez lo más parecido a un Cristo de los pobres.

Rewind.

Invierno de la temporada 1984-85 en Acerra, un híbrido de barrio-ciudad 14 kilómetros al norte de Nápoles. Y es un invierno feo, gris y marrón, mojado y sucio, en un lugar no solo castigado por la pobreza: allí la resistencia civil a los nazis enrabietó a estos últimos hasta tal punto que cometieron una de sus peores represalias, matando a 110 lugareños.

Desde Acerra, en aquel invierno, un padre de familia llama a la puerta del SSC Napoli. Necesita recaudar dinero para pagar la operación que salvará la vida de su hijo. Su contacto es uno de los jugadores de la società, Pietro Puzone, que es de Acerra. La meta: que el Napoli de Maradona juegue un partido benéfico en la localidad.

El presidente Corrado Ferlaino se niega en redondo. El empresario que abandera la idea de un nuevo y gran Napoli que luche contra la desigualdad deportiva Norte-Sur no está a la altura: tiene miedo de que Maradona, por quien ese mismo verano había pagado más de quince millones de liras, se le rompa en el descampado de Acerra. La compañía aseguradora, la Lloyd de Londres, va más allá y pide como indemnización 12 millones de liras.

Pero Diego lo tiene claro: va a jugar en aquel lodazal, no importa a qué precio ni en qué condiciones.

Llega el día y la imagen es impagable: Maradona y sus compañeros del Napoli calentando entre coches aparcados, jugando a boxear y tratando de controlar los imprevisibles botes del balón en un barro duro que poco a poco se irá reblandeciendo. Le dio tiempo al Diego a hacer alguna que otra virguería de esas que luego marcarían sus legendarios, y musicales - inolvidable este montaje al ritmo de Life is life-, calentamientos en el San Paolo. Aunque el Comunale de Acerra tenía capacidad para 5.000 espectadores, aquel día había allí 12.000 personas.

Antes del partido, otra imagen para guardar. Que traigan a los niños, todo abrigo y gorros. Que posen con Puzone y Maradona.

Los ojos desde las barracas que hay junto al campo se clavan en Diego en cuanto empieza el partido. Otros siguieron el juego desde dentro de los coches. Y Maradona, como ninguno de sus compañeros del Napoli ni por supuesto de los rivales, escatimó esfuerzos aquel día. Corrió, se tiró al suelo a rematar, protestó, celebró los goles... y marcó dos, uno de ellos tras regatear a media Acerrana. La gente de Acerra invadió el campo, con el paraguas en la mano, para celebrarlo. Ganó el Napoli 4-0.

Fue la última vez que Maradona pudo hacer algo tan terrenal por los napolitanos. Después, se convirtió en el Dios que le devolvió toda su autoestima a una ciudad entera.

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