Sports

Maracanã, de catedral del pueblo a descampado para gatos

Tras un proceso de ruinosa elitización, el mayor templo del fútbol mundial es un monstruo de cemento y deudas que nadie quiere

Más de 860.000 turistas recibió Río de Janeiro solo para pasar la última noche del año 2016 en la tradicional Réveillon de Copacabana. De entre ese número de personas, las posibilidades de que unas cuantas decenas de miles se acercasen a visitar Maracanã eran altas: el estadio es, tras el Cristo Redentor del Corcovado, la segunda atracción más visitada de la ciudad carioca.

Se lo encontrarían prácticamente convertido en un descampado para gatos. En las gradas faltan unos 7.000 asientos y los vestuarios y el césped están en un estado lamentable. La acumulación de basura en los aledaños es directamente catalogable como una porquería. De noche no hay seguridad ni luces que lo iluminen, Maracanã está muerto.

Se lo encontrarían, en condicional decimos, porque muchos van allí a ciegas. Primer problema: "el gobierno, a través de su web de turismo, no informa de que el estadio está cerrado para los visitantes. Muchos vienen se hacen la foto y se van", nos dice la periodista —y vecina del estadio durante 40 años— Cristina Dissat, que a través del blog Fim de Jogo está denunciando el abandono de Maracanã.

"Imagínate el Prado o la Sagrada Familia cerrados", compara el periodista de Globoesporte Alexandre Abreu Gontijo.

El origen de todo hay que buscarlo en el litigio entre el Comité Rio 16 y la concesionaria privada, Maracanã SA, propiedad de Odebrecht, la constructora que ha tenido que pagar la multa por soborno más alta de la historia, como ya contamos aquí. La segunda cedió a la primera el estadio del 30 de marzo al 30 de octubre para los Juegos. La condición, devolverlo como estaba, no se ha cumplido, denuncia la empresa. Desde el Comité, se defienden alegando que había otros pagos prioritarios, como —agárrense— los 17 millones de euros adeudados a 12.000 personas que devolvieron entradas de los Juegos.

Odebrecht, que tiene la concesión del estadio durante 31 años más, se ha cansado.

Así que ahora Maracanã es un monstruo de cemento y deudas que nadie quiere.

Excepto los ladrones.

"Los robos aumentaron después de las Olimpiadas porque la seguridad fue disminuyendo. Ha habido quienes se han llevado monitores cargados a la espalda. El estadio lleva desde el 30 de diciembre hasta hoy sin iluminación y los robos van evolucionando: la última noticia que hemos tenido es que se están llevando trofeos y bustos", se lamenta Dissat. También han desaparecido extintores y hasta piezas de cobre de las mangueras.

No es difícil adivinar quién es el mayor perjudicado: el aficionado.

Empezando por los hinchas de Flamengo y Fluminense, que juegan allí sus partidos. Ambas torcidas —enormes en cifras: el Fla tiene a gala ser el club con mayor número de aficionados del planeta con una comunidad de 35 millones de fieles— no saben si están viviendo el fin de su casa futbolística. La calamitosa culminación de una obra premundialista que costó 1 billón con 300.000 reales, casi 400 millones de euros. Y que llevó al exgobernador de Río, Sérgio Cabral, a la cárcel. "Sabíamos que tenía que modernizarse, pero la gran mayoría de los ciudadanos no queríamos una obra tan grande. Ahora Maracanã ya no es un estadio para el público más humilde. No hay sector de precios populares", critica Dissat.

El cambio es radical, porque Maracanã siempre fue para todos casi siempre. Hasta 2005 una remodelación no mató la Geral, la tribuna a ras de césped, con mala visibilidad pero precios muy, muy económicos y un público arrebatado conocido como los Geraldinos. Prácticamente todo Río ha tenido hasta hace tres años la capacidad económica de ver un partido de fútbol en O Maraca.

Y eso significa haber visto mucho.

Desde su inauguración, casi: el Maracanazo. Construído para el mundial de 1950, 200.000 personas (!) escucharon en el flamante estadio antes de la final de aquel campeonato las palabras del alcalde Mendes de Morais: "¡Cumplí la promesa de construir este estadio, ahora cumplid vosotros la vuestra y ganad la Copa del Mundo!".

No contaba con Uruguay, que ganó 2-1 con un gol de Alcides Ghiggia, que siempre tuvo a bien recordarnos que "solo tres personas han silenciado Maracanã: Frank Sinatra, Juan Pablo II y yo". La leyenda urbana dice que hubo suicidios en Río. Brasil dejó de jugar de blanco y se consagró a la camiseta amarela.

Quien estuvo allí en algún momento de 1969 vio a Pelé marcar el gol número mil de su carrera. En su césped se divirtieron Tele Santana, Rivelino, Sócrates, Júnior, Romário, Adriano o Zico, a quien le gustaba celebrar sus goles —golazos— en el Fla con el populacho de la Geral. Suyo es un impresionante récord: marcó 333 veces en Maracanã.

Maracanã ha sido, en fin, escenario del mayor escándalo sobre un césped sudamericano, cuando en un Brasil-Chile de 1989 el portero visitante Rojas se autolesionó con una cuchilla de afeitar fingiendo que estar herido por una de las bengalas que se lanzaron desde el público. También allí se han roto récords de asistencia a conciertos de pop.

Pocos lugares han estado tan cerca de desmentir que un edificio sea inerte. "Antes de la megaobra, el estadio tenía escuelas de fútbol y otras actividades físicas con precios especiales", nos recuerda Dissat. "Ya no existe, ya no hay ningún área que podamos considerar social o para la población local. Ya sirve solo para el espectáculo".

El espectáculo.

Hay quien dice, como el exdirector de márketing de la gestora Maracanã SA, que de la Geral nadie se acuerda porque era "insalubre e incómoda".

Es la gourmetización del fútbol.

La pregunta es si hay que educar el paladar de un descamisado que ha celebrado un gol de Zico casi tocándole.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar