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Famélica legión en bici: por qué Mussolini odiaba el ciclismo

En su cabeza, todo parecía tener sentido

A Mussolini no le gustaban los rojos. No le gustaban los negros. Tampoco los judíos. No le gustaba la justicia social, no le gustaba la paz y no le gustaban las heroínas partisanas. Toda esa colección de aversiones del maniático Duce ya la conocíamos, pero que en ella se colaba un insólito asco por el ciclismo no tanto.

Teniendo en cuenta que negarle a un italiano que el Giro d'Italia es la competición más bella del mundo es un suicidio dialéctico comparable a defender la sobrecocción de la pasta, ¿qué mosca le había picado a Mussolini contra el deporte de las dos ruedas?

¿Por qué, según el historiador Daniele Marchesini, aconsejaba echar clavos en la carretera por la que debía pasar la Corsa Rosa?

¿Era porque precisamente ese es el -poco 'masculino' para un fascista como Dios manda- color que desde hace más de cien años luce el líder de la prueba, en homenaje a las páginas del diario que creó el Giro, La Gazzetta dello Sport?

No, pero por ahí van los tiros. Uno de los mayores disparates ideológicos de Mussolini fue el Uomo nuovo. Este hombre nuevo debía prácticamente fundirse con el Estado fascista, y no tener apenas rasgos propios que lo diferenciasen de una masa con una fuerte convicción colectiva que uniese el esplendoroso pasado de la Roma imperial y con una proactividad expansionista en el momento presente. Este soldado de la patria sería una mezcla entre fuerza bruta y obediencia.

"El fútbol gusta al fascismo porque es un deporte de equipo en el que la jerarquía es importante, es la subordinación a una mente organizadora", decía Mussolini, según cita Marchesini en su libro L'Italia del Giro d'Italia. "El ciclismo, por contra, es un deporte individual, en el que lo que más importa es uno mismo. Todo lo que hace el ciclista lo hace solo: encontrar algo que comer, buscar un sitio para dormir, reparar la bici. Cada uno está solo contra todos los demás".

Ahí Mussolini se viene arriba: "Es un deporte de pobres, de una Italia andrajosa y hambrienta. La victoria queda desfigurada por la fatiga. En cuanto baja de la bici, el campeón resulta ridículo".

¿Y esa fijación por los hombres hercúleos y repeinados, Duce?

Mussolini se hacía llamar uomo sportivo y dejó fotos nadando, montando a caballo o jugando al tenis, pero apenas le conocemos cerca de una bici ni se esforzó mucho en disimular que el Giro se la traía al fresco. A pesar de que para él era una obsesión la educación física de los italianos varones siempre como parte de una especie de entrenamiento cotidiano para la conquista, no supo ver en el ciclismo más que un deporte de proletarios con sed de aventura.

No supo ver que apenas ningún ciclista, por bueno que sea, puede ganar solo las pruebas más duras.

No vio que el paisaje de la carrera ofrece un oasis sensorial a las tensiones diarias del trabajador en la fábrica.

Obvió la grandeza improductiva, por puramente humana, del pedaleo de hombres convertidos en dinamos orgánicas.

Despreció, ayudado por la ceguera de los futuristas, un vehículo amable con su entorno en contraposición al automóvil, ese ataúd con ruedas a quien el fascismo vio como símbolo del progreso.

No intuyó que el primer ganador del Giro, Luigi Ganna, sería después fabricante y donaría diez bicicletas a la Brigada Garibaldi del PCI en la Resistencia. No vio lo fundamentales que miles de bicis para llevar y traer correo y armas entre los partisanos y partisanas que finalmente liberaron una Italia hecha escombro por sus delirios totalitarios. Algunas de esas heroínas, como la posteriormente célebre periodista Oriana Fallaci, tenían apenas 14 años.

O quizá sí intuía todo eso Mussolini, y por eso odiaba tanto lo que representaba aquella famélica legión sobre dos ruedas.

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