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Sports

Falsa mafia, falsa droga y falsa pedofilia: cómo perdonar a un traidor que nunca lo fue

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Fue obligado a salir del club de su ciudad por acusaciones falsas. Ahora su acosador ha sido condenado a cuatro años de prisión

Omar Naboulsi

14 Marzo 2017 15:42

Los mercados de fichajes esconden historias dificilmente imaginables. Detrás de los millones, los faxes a última hora y los teléfonos echando humo, están los futbolistas y sus vidas.

En el verano de 2010, Fabio Quagliarella, napolitano de nacimiento e ídolo de su afición, dejó el Nápoles para irse a la Juventus solo un año después de su llegada. Los aficionados azzurri se tomaron este adiós como una traición gravísima, parecida a la que se vivió este verano con Gonzalo Higuaín.

No parecía que fuesen a perdonarle en la vida, pero este fin de semana cambiaron las tornas con una pancarta en la Curva A de San Paolo: "En el infierno que has vivido, enorme dignidad. Nos volveremos a abrazar, Fabio, hijo de esta ciudad".



Pero, ¿por qué la afición perdona 7 años después a un jugador que se fue a uno de sus eternos rivales?

Es algo complejo. Quagliarella en realidad nunca quiso irse de Nápoles. Le obligaron. Un policía le extorsionó acusándole de diversos delitos y enviando cartas al club napolitano, que acabó por ceder y luego vender a Quagliarella a la Juventus. Jamás hizo pública esta realidad hasta que condenaron al policía en cuestión hace tres semanas.

Siete años sobrellevando amenazas de muerte de los hinchas por una traición que nunca cometió. Cinco de acusaciones falsas a manos de un policía aprovechado.

"Me llamaban infame, tenía que esconderme cada vez que volvía a ver a mi familia para evitar discusiones y peleas", explicó el delantero en el programa Le Iene. "Mi gente es maravillosa, pero no sabía lo que pasó de verdad. Me decía a mí mismo 'un día todo saldrá a la luz'. Y el día llegó".



El acoso a manos del policía fue peor que el escarnio público. Raffaele Piccolo, un agente de la Polizia Postale italiana (la sección de la policía que se ocupa de delitos informáticos) empezó siendo amigo de Quagliarella y acabó siendo su verdugo.

Lo conoció por un problema con las contraseñas de sus redes sociales y le abrió las puertas de su casa, donde pocos meses después empezaron a llegar cartas anónimas. "Fotos de chicas desnudas, amenazas, me relacionaban con droga, con la mafia, con pederastia, con amaños de partidos. Cientos de cartas". Unas amenazas inventadas que llegaron hasta al padre del jugador, al que le decían que iban a matar a su hijo, que el edificio donde vivía iba a explotar. Una vez hasta le hicieron encontrar un ataúd con la foto del delantero napolitano.

La familia Quagliarella estaba aterrorizada y Piccolo era el único policía en el que confiaban. "Nos decía de no tocar las cartas, que iba a buscar las huellas dactilares, que él se encargaba de la investigación". Mientras tanto el agente se limitaba a pedir camisetas, entradas al estadio y autógrafos. “Siempre afirmaba que estábamos cerca de encontrar al culpable y nos pedía de no contar lo que estaba pasando a nadie. Yo, obedecí. Sólo mis padres sabían. Ni mis hermanos”, confiesa Quagliarella.



Las cartas de Piccolo no llegaban solo a casa de Quagliarella. Algunas las enviaba a la Direzione Distrettuale Antimafia acusando de mafioso a uno de los mejores amigos del futbolista, que acabó siendo investigado por la policía.

Otras iban directamente a la sede del Nápoles. Tan terribles eran las acusaciones que el presidente Aurelio De Laurentiis decidió que lo mejor para la entidad era deshacerse del jugador.



“Íbamos a jugar a Suecia e iba a ser titular. De repente en el vestuario me dijeron que no jugaría ni un minuto porque me habían vendido. A la Juve", relata Quagliarella. "De Laurentiis me echó solo por estas cartas. Tras las calumnias, enviadas a la sede del Napoli en 2010, el presidente me dijo que dejara de vivir en Castellammare. Al principio me llamaba cada día. Luego, no me volvió a hablar más".

Verlo con la camiseta de la Juventus le rompió el corazón a la ciudad. "Decían que lo hice por dinero, pero en la Juve ganaba lo mismo que en Nápoles. Los tifosi me insultaban, molestaban a mi familia, quemaban mis camisetas... eso, sin embargo, demostró todo lo que me amaban. Si hubiera sido uno cualquiera, mi venta le habría dado igual", reflexiona.

La pesadilla de las cartas destrozó su sueño de triunfar en el equipo de su tierra. Él, que soñaba con ser el capitán del Nápoles. "Sin todo esto, estaría todavía en el Nápoles. Sólo marqué 11 goles, pero para mí son como 100. Me dolía demasiado, no sabía cómo contar lo que me pasaba".


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No hizo falta. Tras cinco años de infierno epistolar, el acosador cometió un error. “Un día Piccolo me dijo que le estaban llegando amenazas a él también,  poco después nos vimos en un bar y le pedí enseñarme los mensajes. Me dijo que los borró. Ahí empecé a sospechar”, explica Vittorio Quagliarella, el padre del futbolista.

Vittorio fue a la comisaría y comprobó que las demandas interpuestas junto a Piccolo por las cartas recibidas nunca llegaron a presentarse. La policía investigó y tardó poquísimo en desenmascarar al policía. Cuatro años y ocho meses de prisión por acoso ha sido la condena, aunque entre apelaciones y prescripción igual no pasa ni un día entre rejas.

Fabio Quagliarella tiene ahora 34 años y quiere volver a vestir la camiseta que besó hace 7 años, aunque esté a gusto en la Sampdoria. El hijo de Nápoles busca culminar el sueño que le obligaron a dejar de tan mala manera.








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