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"Mis amigos de verdad no quieren que esté en el barrio"

Brian Fernández se enganchó a la cocaína con 20 años y ahora vuelve a triunfar en el fútbol argentino

Hace 42 días Brian Fernández se saltó un entrenamiento del Racing de Avellaneda. No fue por gusto, sino que le dio un bajón anímico por el tratamiento al que se está sometiendo por sus adicciones.

El futbolista argentino de 22 años lleva dos luchando por quitarse definitivamente de la cocaína y en el club le entienden.

En 2015 dio positivo en dos controles antidpoing y le cayó una sanción de año y medio. Ahora que está desintoxicado, necesitaba apoyo materializado en minutos de juego. Por esa razón, el 18 de mayo Racing decidió cederle provisionalmente al Sarmiento de Junín, de la Primera B, para que jugara. Le ha ido que ni pintado: 3 goles en 5 partidos.

Reconoce que se está volviendo a sentir futbolista después de estar 7 meses en una clínica de desintoxicación en Tijuana.

"Cambié la rutina en Junín. Desde el mediodía hasta las cinco es horario de descanso, no hay nadie en la calle. Me parece que así tiene que ser la vida. Encontré la paz de nuevo ahí. En México estaba encerrado en una montaña, arriba de todo. Ni el sol veía. Siete meses me clavé ahí adentro. Me jugué una mala pasada y la pagué. Mucha gente no sabe lo que uno vivió", explica el delantero en La Nación, consciente de que el cambio de aires ha relanzado su carrera y su vida.

En las últimas semanas le llama gente de todo el país para decirle que es un ejemplo, sobre todo padres de jóvenes que están enganchados a alguna droga.

"No tengo problemas en hablar de lo que me pasó. Consumí, me jugó una mala pasada, me sacó del fútbol un año y medio. Lastimé a muchas personas, a mi mamá, a mí mismo. Sobre todo me lastimé yo. Son obstáculos que tengo que pasar. Es una pelea día a día".

Fernández se crió en el barrio Yapeyú, en Santa Fe, jugando partidos callejeros para llevarse algo de dinero rodeado de drogas y delincuencia. Sus verdaderos amigos, que conocen perfectamente por el infierno por el que ha pasado, evitan que vuelva a sus orígenes.

"Acá en Buenos Aires, o en Santa Fe, tengo millones de amigos. Pero es como dicen: son los amigos del campeón. Hay amigos del barrio que son amigos de verdad, pero no son esos 50 que yo tenía antes cuando iba. Los que me hacen bien y me cuidan, me sacan, me llevan a pescar. Ellos no quieren que esté en el barrio, me llevan para otro lado", dice el goleador.

Entro en la clínica de Tijuana a petición de su representante, Cristian Bragarnik, que mantiene relaciones profesionales con el Xolo mexicano. Aunque le agradece el gesto, odiaba el centro.

" Yo sabía que iba a un lugar para recuperarme, pero no sabía las reglas. Hablaba una vez por mes, una hora, con mi mamá. Si va algún chico de aquí, creo que no lo aguanta. Se tira en el avión antes de llegar. Eran todos de Estados Unidos, yo no entendía nada. No me podía comunicar. Siete meses aguantando. Pero me la banqué muy bien. No veía una pelota ni a palos. Hacía ejercicio, pero no era lo mismo. Fue jodido. No la pasé bien. Sufrí".

Cuando salió de allí siguió con el tratamiento sin estar interno en un centro Quilmes, pero dejó de ir cuando conoció a un par de chavales que se acabaron suicidando. Ya no lo necesita.

Las charlas con los psicólogos y los entrenamientos con el Racing, donde ha vuelto tras triunfar en Sarmiento, son suficientes.

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