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Warner Bros.

Rarezas y locuras de los escritores más geniales

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Igual que Thomas Pynchon, autor de Puro Vicio, muchos maestros de la literatura fueron excéntricos como ellos solos.

Natxo Medina

11 Marzo 2015 05:17

Con treinta años, cuando ya había alcanzado el éxito literario, Yukio Mishima decidió que era hora de cultivar el cuerpo tanto como había cultivado la mente.

Durante los siguientes quince años entrenó sin interrupciones tres veces por semana. El lánguido escritor se convirtió en una bestia parda que solía hacerse fotos vestido de guerrero samurai.

Lástima que durante ese proceso algo hiciera crack en su cabeza. En 1970, acompañado de los miembros de su propia milicia privada, asaltó un cuartel, llamó a los soldados a dar un golpe de Estado y después se hizo el seppuku, un suicidio ritual bastante sangriento.

El genial escritor moría a los 45 años, víctima de su propia mente brillante. Un precio que han pagado muchos literatos a lo largo de la Historia.

Por suerte, luego están todos los escritores que, sin dejar de ser geniales, eligen vivir.

Vivir a su manera, eso sí.

Brillantes, gloriosos y un poco chiflados



Stephen King en pleno minuto de odio a los adverbios

La del escritor es una profesión bastante solitaria, y muy exigente. La mente puede resentirse y uno tiene que protegerla como pueda.

Por eso se dan muchos casos de escritores que han acabado desarrollando comportamientos tirando a raros, o hábitos de escritura ultraespecíficos. Por ejemplo:

  1. Charles Dickens escribía con un peine al lado. Lo utilizaba cientos de veces al día.
  2. Durante una época de su vida, James Joyce solía escribir tumbado boca abajo, usando un largo lápiz azul y vestido con una larga túnica blanca.
  3. Mientras escribía La Comedia Humana, Honoré de Balzac se tomaba unas cincuenta tazas de café al día.
  4. Edgar Allan Poe escribía en largas tiras de papel que formaba uniendo hojas con tiras de cera, y con su gata Catterina en el hombro.
  5. Vladimir Nabokov guardaba libretas de notas bajo la almohada por si se le ocurrían ideas en mitad de la noche.
  6. A Gertrude Stein le gustaba escribir en el asiento del copiloto de su coche, un Ford modelo T.
  7. Alejandro Dumas escribía todas sus ficciones en papel azul, la poesía en amarillo, y los artículos en rosa.
  8. Friedrich Schiller no podía escribir si en su escritorio no había un montón de manzanas podridas.
  9. Jack London se levantaba a las cinco de la mañana y escribía sin salir de la cama.
  10. Truman Capote escribía tumbado boca arriba en el sofá, con un vaso de licor en una mano y un lápiz en la otra; como confesó en una entrevista: "soy un escritor completamente horizontal"
  11. Stephen King odia los adverbios y nunca los usa. "El camino al infierno está pavimentado con adverbios", suele decir.

El mundo no es suficiente



Todas estas rarezas, sin embargo, palidecen en comparación con las de aquellos escritores que decidieron alejarse del mundanal ruido y defender su aislamiento con uñas y dientes.

Lo hizo J.D. Salinger después de alcanzar el éxito con El Guardián entre el Centeno, su primera y última novela.

Lo hizo también Bruno Traven, autor de El Tesoro de Tierra Madre, que se pasó la vida inventando seudónimos y diseminando mentiras sobre su vida para protegerse de los focos.

Y Thomas Pynchon, uno de los escritores americanos más reconocidos del siglo XX.

De él apenas se conservan unas pocas fotos de su época de estudiante y su servicio en la marina. Su expediente universitario se perdió, su registro militar se quemó, y no consta en ninguna parte que trabajara para Boeing, cosa que hizo durante varios años.

Aún así, sigue publicando novelas como Puro Vicio, que publicó en 2009 y cuya adaptación al cine se estrena esta semana en España.



Aunque no sepamos qué pinta tiene hoy día, sus letras nos recuerdan que en algún sitio su ingenio sigue vivo. Y eso, para nosotros, ya es más que suficiente.


Tened cuidado con la chispa del talento: podéis salir ardiendo





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