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Volkswagen Polo

¿Cómo es posible que haya gente que odie la playa?

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Volkswagen Polo te trae las confesiones de un marciano enamorado de la Tierra #APoloTierra

Franc Sayol

10 Junio 2015 06:00

(Fotografías interiores de Martin Parr)

Me daba pánico ir a la playa.

Un amigo que pasó unos meses en la Tierra me la había descrito como un lugar infernal. Me había hablado de un calor insoportable, de un agua muy sucia, de una gente muy gorda y de una arena que se empeñaba en penetrar todos los orificios de tu cuerpo.

Pero estaba muy equivocado.

La playa es lo mejor que me ha pasado desde que hace tres meses aterricé en este planeta.

Ya está, ya lo he dicho.

Me da igual que se me tache de frívolo. Me da igual que mis compañeros de expedición prefieran pasarse horas encerrados en los museos. Me da igual Gaudí. Me da igual la Alhambra. Me da igual el Palacio Real. A mí lo que me gusta es tostarme en la arena. Sí, Viceversa escribieron la canción pensando en mí.

Quizá sea la arena caliente, que me recuerda a las colinas de Marte. Quizá sea la suavidad de la brisa, en las antípodas de las brutales corrientes marcianas. Quizá sea la manera en que el olor a crema solar se mezcla con los aromas procedentes de los chiringuitos. Quizá sea el graznido de las gaviotas. Quizá sean los estilismos grotescos y los deportes absurdos. Quizá sea todo.

Sea como sea, adoro la playa.

Me encanta sentarme en una silla plegable y ver a la gente pasar.

Gente que luce con orgullo su proyecto de melanoma con tatuaje tribal. Gente embutida en bañadores minúsculos y gafas reflectantes. Gente que ha entendido que la decencia es un concepto antediluviano. Gente avanzada.

Y no, no voy por los culos y tetas. Me inspiran mucho más los cuerpos descuidados.

Me fascina el poder emancipador que tiene la playa. La gente se pasa el año metiendo barriga en la oficina pero cuando llega el verano no tiene ningún problema en soltar las lorzas al viento. Es la magia de la playa.

Además, para qué mentir. El desfile de michelines me hace sentir mejor con el cuerpo de cincuentón que, por equivocación, escogí al llegar.

Me gustaría tener uno de esos cuerpos de gimnasio que pueblan la arena. E ir con amigos que tuvieran los abdominales tan marcados como yo. Y que nuestra única preocupación fuera dejarnos ver. Quizá jugar un poco con una pelota. Quizá ponernos crema. Quizá hacernos selfies. Valorar la belleza de las cosas simples.

Vivir con un cerebro cinco veces más desarrollado que el humano es un agobio. Siempre he querido ser un cazurro. Y en la playa puedo admirarlos en su hábitat natural. Es como un safari de neuronas menguantes. Es precioso.

Y las familias. Ah, las familias. En Marte hace tiempo que las abolieron por considerarlas ineficientes. Con lo bonito que es verlas llegar a primera hora de la mañana. La madre intentando no clavarse una sombrilla mientras hace malabares con cuatro cubos de arena, dos rastrillos, tres pelotas y un par de palas. El padre cargando una nevera del tamaño de un contenedor de reciclaje. Y los dos niños corriendo hacia el agua como ñus en una estampida suicida.

Y una vez instalados, los niños se pelean entre ellos. Y los bocatas se rebozan en arena. Y las cervezas se recalientan. Y el periódico que intenta leer el padre acaba convertido en una suerte de papel maché. Y todos se gritan entre ellos, acompasados como un ballet cacofónico. Sí, las familias en la playa son la constatación de cuán elevado es el sentido humano de la convivencia.

Lo que más me gusta de la playa es ponerme moreno. Cuando descubrí que eso era posible entendí por qué los humanos siempre seréis una raza superior. Puede que vuestras capacidades físicas e intelectuales sean limitadas, pero hay poesía en vosotros. No hay mejor manera que rendir pleitesía al Dios Sol que dejarse fertilizar por Él. Y eso es exactamente lo que significa ponerse moreno.

Pero si hay algo que me fascina por encima de todo es el mar. Sí, creo que el mar es la verdadera razón de mi amor por la playa.

Veréis, si hay algo que obsesiona a la civilización marciana es la búsqueda de agua. Llevamos millones de años intentando sacar el máximo partido a las escasas reservas de nuestro planeta. Estamos convencidos de que es lo que necesitamos para vivir una existencia verdaderamente feliz. Nos encanta nuestro planeta, pero con un océano sería un paraíso. Y cuando fui a la playa por primera vez entendí que era posible.

La arena, las rocas, los colores, el aire... ahora cada vez que voy es como estar en casa. Pero mucho mejor.

Marte mola, pero la Tierra mola más. Demuestra que tienes ADN terrícola participando en el concurso para llevarte un Polo.


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