Volkswagen Polo

Sexo, lágrimas y otras cosas que no tienen sentido sin gravedad

Volkswagen Polo te trae las confesiones de un marciano enamorado de la Tierra #APoloTierra

Una de las primeras cosas que me llamó la atención al llegar a la Tierra fue, claro, la fuerza de la gravedad.

En Marte, la gravedad es solo una tercera parte de la de la Tierra. No es exactamente la ingravidez que se experimenta en el espacio, pero la sensación es muy distinta a la de vuestro planeta.

Durante mis primeras semanas en la Tierra estaba tan fascinado por su efecto que me dediqué a apuntar en una libreta algunas de las cosas que nunca existirían en Marte debido a su reducida gravedad. Cosas que aquí dais por sentado pero que, en mi planeta, no tendrían ningún sentido.

Seguro que hay centenares más. Pero aquí os dejo algunas de las que más me llamaron la atención.

1. Las zancadillas.

Al poco de llegar me perdí en una de las calles más chungas de Barcelona. Ahí fue dónde presencié mi primera pelea.

Eran dos tipos extranjeros, ambos muy borrachos. En un momento del combate, uno de los hombres puso su pierna detrás de las de su contrincante y, con un movimiento brusco, hizo que tropezase con ella.

El sonido fue seco. Y a mí se me escapó una carcajada. Por alguna razón, el modo en que aquel hombretón había caído al suelo me resultó tremendamente gracioso.

Desde entonces soy adicto a los vídeos de caídas en YouTube. Por muchos que haya visto, el tortazo inesperado siempre me hace llorar de la risa. Y pensar que en mi planeta los leñazos nunca serán así por la falta de gravedad me hace llorar de la pena.

Por cierto, en Marte tampoco existe el concepto de pelea física. Los movimientos serían tan patosos y los golpes quedarían tan amortiguados que resultaría ridículo.

2. El paracaidismo.

Cuando me contaron en qué consistía el paracaidismo no entendí demasiado bien por qué a la gente le parecía tan excitante.

Claro que yo me lo imaginaba como saltar de un avión y quedarse flotando en el aire, moviéndote lentamente en horizontal.

Mi opinión cambió cuando entendí que la gracia estaba en el papel que jugaba la gravedad en todo aquello.

Entonces quise probarlo y sentí una sensación que no había experimentado en mi vida. Luego aprendí que se llamaba adrenalina, y que la gravedad era su mejor aliada.

3. Las básculas.

La primera vez que fui a un gimnasio me pregunté por qué había hombres que se subían desnudos a una pequeña plataforma y miraban hacia abajo.

Pronto aprendí que se trataba de una báscula, y que lo utilizáis para pesaros. En Marte no tenemos porque sería imposible que funcionasen sin que la gravedad nos empujase hacia ellas.

En el caso de que lo consiguieses, el peso que reflejaría la báscula sería muy inferior al real. Vamos, que sería un objeto de lo más inútil.

4. Las cerillas.

Uno de los vicios terrícolas a los que más rápido me aficioné fue al tabaco.

Me encanta fumar, especialmente puros habanos. Gracias a ello descubrí las cerillas, un invento que nunca podría funcionar en mi planeta.

Cuando la gravedad disminuye, fenómenos como la flotabilidad y la convección dejan de tener efecto. Así pues, cuando intentas encender una cerilla, el dióxido de carbono no sabe muy bien hacia dónde tiene que ir. Simplemente se queda alrededor de la llama, como un grupo de indígenas bailando alrededor de una hoguera.

Esto significa que, en vez de una llama con la forma a la que estáis habituados, se obtendría una bola de fuego con una temperatura mucho menor a la que se obtiene en la tierra, haciendo prácticamente imposible encenderse un habano.

5. Las lágrimas.

Nadie llora en Marte. Tenemos otras maneras de demostrar la tristeza.

Probablemente, esto se deba a que sería muy poco práctico. Tus ojos derramarían lágrimas igual, pero estas no caerían, y terminarían formando una bola de agua alrededor de tus ojos.

Sí, es una imagen absurda, infinitamente menos poética que la de un río cruzando un rostro compungido.

Suena extraño pero, a la larga, no poder llorar te convierte en un ser mucho más triste. Quizá por eso nos hartamos a antidepresivos mirando atardeceres rojizos, con la esperanza de que algún día sean azules.

6. El fútbol.

Me habían hablado de ello. Pero hasta que no aterricé en España no fui consciente de las pasiones que levanta el fútbol.

La curiosidad me hizo querer ver un partido de inmediato. Aunque no entendí todos los matices del juego, me pareció divertidísimo.

Cuando terminó el partido, lamenté profundamente que un deporte así nunca pudiese practicarse en Marte. A la que alguien quisiese hacer un pase largo, sacar un córner, o hacer una vaselina, por poner tres ejemplos, la pelota se iría a tomar viento y, ala, se acabó el partido.

Con lo que mola gritar “¡Gol!” como un descerebrado.

7. Los toboganes.

El otro día, paseando por la ciudad, pasé por un parque infantil.

Ahí me fijé en lo felices que parecían un grupo de niños que descendía por una pendiente de plástico a la que subían por una escalera.

Por los gritos de una madre supe que aquello se llamaba tobogán. Casi al mismo tiempo me di cuenta que los niños de nuestro planeta nunca podrían disfrutarlo.

Bueno, quizá sí, pero habría que idear algún sistema de sujección que... da igual, entonces los niños lo odiarían.

8. Los sujetadores.

La primera vez que tuve sexo con una terrícola me di cuenta que no todo siempre es lo que parece.

Pronto aprendí que para contrarrestar la fuerza de la gravedad existe algo que se llama sujetador con realce.

En Marte no serían necesarios, pero, en realidad, en Marte no existe algo tan bonito como los pechos de una humana.

Una vez más, ganáis vosotros.

9. El sexo.

Los marcianos nos reproducimos de forma asexual, con un sistema parecido al de las medusas.

Era algo a lo que nunca había dado demasiadas vueltas. Hasta que descubrí el sexo. Ese día maldije a mi especie. Pero, rápidamente, me di cuenta de que sería imposible echar un polvo en condiciones sin gravedad.

Las razones son múltiples. Para empezar, el cuerpo a cuerpo sería imposible sin algún método de anclaje o sujección, haciéndote sentir como en la consulta de un ortopedista. Además, el sudor y otras humedades derivadas del acto sexual camparían a sus anchas a modo de gotas flotantes, con el riesgo de que se depositaran en el lugar menos deseado. Por si fuera poco, lo más probable es que ambos acabaseis totalmente mareados a los pocos minutos.

Que no. Que por mucho que mole el sexo, no vale la pena.

¿Entendéis ya por qué quiero quedarme en la Tierra?

Marte mola, pero la Tierra mola más. Demuestra que tienes ADN terrícola participando en el concurso para llevarte un Polo.

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