Trash

Mañanas de resaca, rollos de una noche y otras situaciones embarazosas, como nunca las hubieras imaginado

Drogas, condones, pastillas anticonceptivas, selfies explícitos. Por el contenido de su obra, se diría que Erin M. Riley es una persona bastante sexual y que le da bastante a los placeres del cuerpo. Que su arte sale de la reflexión sobre la intimidad y los rincones oscuros de lo sexual. Placeres que a veces pueden convertirse en culpa, en dudas, en dolor. Hasta ahí nada que llame demasiado la atención si uno conoce la obra de Tracey Emin u otros contemporáneos. La gracia, como ocurre con otros compañeros de generación, está en la reflexión sobre la técnica utilizada y en lo aparentemente obsoleto de la misma.

La adopción del tapiz como herramienta expresiva nos dice en primer lugar que Erin se toma su tiempo para entender las cosas. En boca de la autora: "El tapiz permite darle más tiempo a las imágenes, poder concretar rollos de una noche, pensar sobre los errores. Es una manera de analizar los detalles". De esta forma el soporte elegido se convierte no sólo en un puzle de colores atractivos, sino en la forma que tiene la autora de señalar aquellas escenas de su vida que son más significativas. Las que más le impactan y las que de alguna manera acaban conformando su particular universo.

Un universo poblado de imágenes que más de uno querría enterrar en lo más profundo de su memoria, pero que Riley prefiere dejar reposar, trabajar sobre ellas de acuerdo a una técnica que requiere tiempo y dedicación, para luego entregárselas al mundo de manera permanente. Y en gran formato. Algo que de paso le permite lanzar una reflexión sobre la necesidad, en la era del Snapchat, de prestar atención a todo ese cúmulo de imagenes fugaces en el que a veces parece que nos hemos convertido.

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